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  Fata Morgana Cristina de la Concha
 

9.Jun.08

 
 

 

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Fata Morgana

 
 

 

 
 

Un dar permiso de abusar

La ignominia, una minucia

 

 

 
 

 

 
 

Caminas plácidamente por el campo, por una ladera o por la calle solitaria, una calle tranquila donde no esperarías un acto de violencia, ni siquiera de agresión. Recién anocheció, no es hora de asaltos. No traes nada en los bolsillos, no cuelga nada de tus hombros, vas solo con tus pies y el relajamiento de una tarde de domingo contemplando tu ciudad desde un mirador. Ves a unos hombres en la distancia, su tórax hacia ti, la vista hacia ti, el empeine hacia ti.

 
 

        Estudias preparatoria, los ímpetus de la juventud te desbordan. Pronto la terminarás y sientes las ansias de tu ingreso en la universidad y todo lo que el futuro depara, de las notas musicales y las letras que brincan en tu mente buscando tus manos para caer en una guitarra o en un trozo de papel.

 
 

        Los hombres en la distancia en realidad te están rodeando. Andas tus pasos, irremediables, aun devolviéndolos por la ladera o por la calle o por el camino hacia el mirador son irremediables. El rumbo que tomaste habría sido el mismo, hacia la misma dirección. Es inevitable acercarse.

 
 

Puños, manazas y tu cuerpo estupefacto se mueve involuntario al sonido de cada golpe y es lo único que captan tus oídos. Te amagan, como bulto te toman por  la pretina del pantalón y te llevan. Preguntas sin respuesta se quedan en el aire. La confusión, la impotencia, la incertidumbre, el miedo, se apoderan de tu cuerpo, tu mente y tu alma amoratados, y, entre estas sensaciones, tu instinto de sobrevivencia te repite que esto no tiene que estar sucediendo.

 
 

         “Seguridad pública” es la instancia a la que pertenecen estos hombres y el entendimiento se hace más confuso. Percibes que por lo menos siete patrullas son las que acompañan a los hombres y la credulidad se aleja más de la conciencia hacia escenas de películas que has visto tanto.

 
 

         Pero no. Entre frases soeces y puñetazos en respuesta a tu desesperada pregunta, te transportan a un lugar que supones que es “barandilla” al ver que hay otros detenidos, pero no lo sabes de cierto porque nadie te contesta. Allí te retiran tus pertenencias, la camisa y la comunicación y te encierran. Los policías dicen a los demás detenidos que estás loco, que eres sicópata, que no se acerquen a ti. Sólo tienes dieciocho años y no sabes que estas escenas son lugar común.

 
 

Por fortuna, tienes a tu padre y una familia que te buscan al no verte llegar a casa, por fortuna alguien se preocupa por ti, alguien hace lo posible por aclarar la confusión y rescatarte del lugar y de esos hombres.

 
          La bruma comienza a desvanecerse y te enteras de que fuiste acusado de “incendiario”, de haber prendido fuego al cerro desde donde mirabas tu ciudad, pero el cerro no guarda señales de quema ni rastros de cenizas. Acusado de un delito federal, siete años de prisión, escuchas y sólo crees que la pesadilla continúa, no puede ser verdad que esté sucediendo. Se niegan a fijar fianza y luchas angustiosamente por desaparecer de ese escenario.    
 

¿Cómo comprobar que no hiciste algo de lo que no hay rastro?, te cuestionas, eres culpable hasta que no demuestres lo contrario pero la paradoja es que no tienes evidencias que presentar para demostrarlo. El cerro es seco, de vegetación ausente, poblado de piedras, esto se niega como evidencia. Acuden los testigos, alegan haber presenciado cómo tu mano encendía fuego. Después te llega la noticia de que estos declarantes se encontraban fuera de la ciudad ese domingo de los hechos. Unos policías declaran haberte visto encender el cerro con tus cerillos. La frase se reitera absurda en tu mente, encender el cerro con mis cerillos, ¿encender el cerro?, ¿con mis cerillos?, no tenías cerillos contigo esa tarde. Presentan tu encendedor como evidencia, lo que es un alivio para ti, la contradicción es contundente. El alivio es muy breve, hasta que te das cuenta de que esta evidencia es aceptada.

 
 

Días después, logras llegar por fin a tu casa, una fianza pagada por tus padres con grandes dificultades te hace salir de la cárcel. Tu vida ha cambiado radicalmente, ahora tienes que firmar en forma periódica en el penal, terminar tus estudios y comenzar a trabajar, pero la noticia se regó por la ciudad que no es muy grande, apareció en los diarios, la gente lo sabe y miradas de recelo, de suspicacia, de desconfianza y enojo se posan sobre ti. Las puertas de un adolescente se cierran antes de haber intentado llegar a ellas. Y no sabes que tú eres uno entre muchos y que historias como ésta se han escrito antes y continuarán escribiéndose.

 
 

No hay empleo para ti en la ciudad y decides irte a buscar camino en otro lugar, donde nadie sepa de tu pasado, te vas expulsado por una sociedad injusta, porque no hubo quién defendiera tu caso con eficiencia o porque no hubo quién lo defendiera simplemente, o porque no tuviste “palancas” o porque así estaba planeado que sucediera.

 
 

La tortura a lo largo de la historia, el abuso de poder, asesinatos en el mundo entero nos sacuden, dictaduras sometiendo sin piedad a sus pueblos, genocidios por racismo, por fanatismo, y sientes que tu caso no vale la pena cuando recibes una propuesta para hablar de ello, sientes que lo que sufriste es ínfimo al lado de todas esas atrocidades que se cometen en el planeta, que existen miles y miles de casos de desaparecidos, de gente en cautiverio por años, y qué lucha has de hacer si otros tienen más por qué luchar, más dolor que mostrar, más daño a sus personas, más perjuicios, más llanto...

 
 

¿Es, entonces, que no se debe hablar de esto que parece una minucia?, ¿no hablarlo no sería, entonces, aceptarlo?, ¿no ha sido así ya?, ¿aceptado como parte de la rutina?, ¿y no ha proseguido como película proyectándose una y otra vez en uno y unos y otros como un error incorregible o como una falta de ética profesional insuperable o como un remedio infalible de amedrentar y someter?

 
 

¿No es olvidarlo como un dar permiso a que la película continúe manteniéndose en cartelera?, ¿y otorgar "permanencia voluntaria" a la "permanencia voluntaria"? ¿no es reiterar el permiso dado al error cometido en 1998 y a otros antes y después, a la ética pasada de soslayo, al abuso del poder perpetrado?, ¿no es confirmarles aquello que se le hizo creer y que prosigan creyéndolo?

 
 

Y, entonces, ver mayores atrocidades, percibir el dolor de la carne abierta, escurriente de sangre, es bruma que nos impide luchar por lo que parece una minucia ahora cuando las minucias permitidas son las que hacen al poderoso, son las que le dan valor para las terribles atrocidades, son las que le aseguran que la siguiente, cada vez un poco peor que la minucia anterior, va a ser pasada por alto –y así ha sido–; son las que conforman la tibieza de una sociedad en un imperio para aquellos quienes tienen la autoridad, de una sociedad que, si no lucha por una minucia, por qué ha de luchar por otra –y tantas ha habido–, y al paso del tiempo se ve sumida en el abismo de la represión, la impotencia, la desdicha, bajo el yugo de los poderosos, yugo por incapacidad profesional o por falta de ética o por el afán de amedrentar por someter...

 
     
     
 

Cristina de la Concha

 

 

 

   

 

 
     
 

El 31 de mayo de 1998, Luis Ovidio Ríos Guerra y Ariel Cuevas Naranjo, estudiantes de preparatoria, fueron acusados de un acto que no cometieron. Fueron detenidos en La Cañada, Municipio de Tulancingo, Hgo., acusados y procesados de “incendiarios” sin pruebas ni evidencia alguna. Fueron golpeados y maltratados. En agosto del año 2000, les notificaron su inocencia y les fue devuelto el dinero de la fianza, dinero que se adjudicó el abogado en pago a sus honorarios.

 

 
     

 

Día de la Libertad de Expresión:

7 de junio ó 3 de mayo

 

Declaración Universal de Derechos Humanos

PROTESTA CONTRA OPERATIVOS MILITARES en el ESTADO HIDALGO LA ACADEMIA HIDALGUENSE DE EDUCACIÓN Y DERECHOS HUMANOS, A.C.

 

 

Fata Morgana:

 
     
     
  El camino hacia la Universidad Politécnica de Tulancingo, como el mapa del tesoro, 20.Jul.08  
     
     
 

Un dar permiso de abusar

 
  La ignominia, una minucia, 9.Jun.08  
     
     
 

Mujer y equidad: la otra cara de la moneda

 
 

... según César Cruz Islas 

 
     
 

¿La otra cara de la moneda?

 
 

según Cristina de la Concha

 
     
     
 

El carisma 4.Feb.08

 
     

De tolerar y tolerancia

Declaración de Principios sobre la Tolerancia

 

MI CONTACTO CON LOS TARAHUMARAS DE BATOPILAS, Por Román Corral Sandoval

 

Centro de Capacitación y Apoyo Sexológico Humanista, A.C., CECASH

 

16 de noviembre, día Internacional de la Tolerancia

www.unesco.org

 

www.un.org/spanish/

 

Movimiento Contra la Intolerancia, MCI

mujer y espacio: el mapa irregular, Lucina Kathman

 

La lucha por los derechos de las mujeres: el 8 de marzo

 
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