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Jorge Enrique
Escalona del Moral
Nació en la
ciudad de México en 1962. Es licenciado en Ciencias Políticas y
Administración Pública por la Universidad Nacional Autónoma de
México.. Obtuvo el 2° lugar en el Certamen Nacional de Cuento
“Carmen Báez” 2002 y el 1er Lugar en el Certamen Literario “José
Revueltas” de la ciudad de México en 2003.
jorgeenriqueescalona@yahoo.com.mx
El
amuleto
I
Como todos los días, yo
abría la ventana a la una de la tarde para ver el puesto de tacos de
guisado, pues a esa hora llegaban Chencho y Concha, dos enormes gordos,
agarraditos de las manos. Desde la barra veían con placer los guisados.
Hasta mi ventana se oía su respiración agitada, el olor a comida los
excitaba.
Entonces llegaba más gente, unos se acercaban por hambre, otros tal vez
por el morbo de verlos comer; créame su apetito era contagioso, ¡era una
delicia mirarlos comer! Caray, ¡cómo comían!, muchas veces les conté los
tacos: pedían uno, dos, tres, cuatro, cinco… hasta que por lo menos cada
uno había devorado veinte tacos, con tortilla normal, y tres refrescos
de medio litro.
Lo mejor era cuando se
besaban a la hora de la comida, era una ceremonia de amor: él hacia
rollito la tortilla llena de guisado, tomaba el taco por enmedio y cada
uno mordía un extremo, hasta llegar al centro, donde inevitablemente sus
labios se unían en un beso lleno de chicharrón prensado, rajas con
crema, pancita o picadillo. ¡Cuanta felicidad irradiaban al comer!
¡Cuánto amor se respiraba en cada mordida!
Cuando los gordos se
enojaban, llegaban cada quien por su lado y a hora distinta. Entonces se
comían a lo mucho cinco tacos, sin refresco. El taquero también sufría
porque, curiosamente, la clientela era menor esos días.
Una tarde, por cuarto día
consecutivo, Chencho llegó solo, con la ropa negra se veía más delgado,
quiero decir menos gordo; enflaqueció de tanto usarla. Murió la
señorita, me dijo el taquero. Desde entonces vi como murieron de
tristeza muchos kilos en Chencho, cada gramo menos era también un día
menos para el negocio de tacos: Concha se llevó el amor de él, el hambre
y los clientes. Murió Concha y también el negocio, tuvieron que
venderlo.
No soporté ver la taquería
cerrada, la compré, pero ya no para tacos, sólo gorditas. Y pues se
vende bien. Ahora discúlpeme, pero me quedó la costumbre de observar un
momento el puesto desde mi ventana, es como si mirara a los gordos
comiendo felices entre tanta clientela.
II
Araceli abrió la ventana y
observó su negocio. De pronto su rostro mostró asombro, a unos metros
caminaba Chencho, tan gordo o más que antes, de la mano traía a una
mujer de complexión media. Chencho se sentó en dos sillas, pidió seis
gorditas y en sus rodillas colocó a Pancha, su acompañante, y juntos
comieron vorazmente. Desde ese día las ventas aumentaron, pues la pareja
atrajo más clientes. También regresó el rito: tomaban juntos una gordita
y la mordían en los extremos hasta llegar al centro, donde
inevitablemente se fundían en un beso de chicharrón prensado, frijoles o
requesón. Pancha engordó hasta igualar a Chencho. La felicidad los
invadía y el negocio floreció junto con la nueva pareja. Un día Chencho
volvió a vestir ropa negra: Pancha había muerto.
III
Te subes a la báscula,
notas que has aumentado diez kilos en dos meses, ¡Qué felicidad! Te
acercas a la cama y abrazas a Chencho. Lo despiertas: Gordito ya está el
baño. Lo mimas. Dos horas después abren el enorme puesto de gorditas y
fritangas. Ya no necesitas mirar desde la ventana. Eres la dueña de un
negocio, de un hombre y su amuleto: la gordura.
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