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Tulancingo, Hidalgo, México

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  Para leer en tiempos de contingencia,  
  desde Buenos Aires, Ana Cuevas, Dos cuentos:  
  Corazón de piedra y Confidencia  
     

11.May.09

     
     
     
  Saúl Ibargoyen  
  de su más reciente inspiración:  
     
  LA PESTE AZUL  
  en tiempos de contingencia  
     
     
     
  Para leer en tiempos de contingencia, poesía  
     
     
     
  en Tulancingo,  
  Ana Ma. Vázquez Salgado,  
  de su poesía  
     
     
     
  Del maestro  
  Max Rojas, El turno del aullante  
     
     
     
  desde Buenos Aires, Valentín Romano,  
  La palabra perdida  
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
         
         
   

Corazón de piedra

 

 

—Es curioso—

—¿Qué es curioso?

—Tiene el cuerpo y la postura de quien nunca ha gozado y sin embargo... hay en su mirada un gozo; un éxtasis que de tan pleno se ve eterno. Apuesto a que ha sido un fallo del tallador —

—No apuestes a ello pues te equivocas. Te contaré.

 

—Todo se transforma; el metal, las piedras, las horas, incluso lo que a primera impresión juraríamos inmutable. Acá, en esta misma ciudad, hubo un hombre, y posiblemente ahora mismo, mientras te cuento, haya otros similares; un hombre, te dije, que a duras penas podía distinguírselo de una ameba, una minucia, un débil esqueje. O no, no tanto, pues el arte que anidaba en sus poderosas manos, hacía de él un artífice; un oculto, casi invisible talento brotando entre dedos tímidamente investidos de humanidad. Dedos que construían bellezas para otros mientras su amo perduraba en la pobreza y la soledad.

Como sea, todo en él era encogido, replegado, resistente, medido, pausado. Hora tras hora tallaba inclinado sobre su mesa, bajo la cambiante y escasa luz de una breve ventana.

Ventana que no es inocente en esta historia. Tras ella, la calle y en la calle, mejor dicho en la plaza, en el centro de la plaza: Ella.

Ella con sus largas piernas, sus formas voluptuosas, sus labios semiabiertos en un eterno gesto hambriento, sus ojos codiciosos, fijos expectantes.

Ella bajo el sol, bajo la lluvia. Él, mirándola siempre inclinado sobre su mesa. Deseándola siempre tras la ventana.

Teniendo sólo las piedras por compañeras, silenciosa materia maleable entre sus dedos, que hurgaban rugosidades hasta extraer el tesoro oculto. Ése era, según todos, su talento. Su gran talento: Hallar la vida palpitante donde quiera se ocultase. ¡Nadie imaginó nunca hasta qué punto era tal su talento!

Un día cayó una lluvia de meteoritos y él que nunca salía; salió. Alguien lo vio acercarse a ella, mirarla, inclinarse, palpar el torneado de sus formas; nadie vio que tomaba del suelo.

Todo siguió igual, día tras día tallaba inclinado sobre su mesa. Noche tras noche se veía el oscilar de la luz de una vela puesta ante la ventana. Algunos dicen que en esas noches comenzó el cambio. No sé, no lo vi.

Ella desapareció el mismo día que él tapió la ventana. No se supo más de ninguno de los dos, hasta que la policía decidió entrar al taller.

Allí los encontraron. En al cama, abrazados, sonrientes.

Ella palpitante con su corazón de meteoro recién estrenado. Él, tallado en piedra. —

 

Las palomas se acurrucaron juntas en el regazo del hombre inclinado.

 
   
         
         

 

 

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