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15.Jul.21

 
     
 

 

 

 

 

Creación y locura en la obra de

Francesca Woodman

Dra. Ana Fabre

 

 

 

Francesca Woodman fue un personaje inquietante y original. Esta particularidad se manifiesta en sus creaciones fotográficas, en las que parece enseñorearse la melancolía. Fue una ilustre fotógrafa atormentada que, tras dos brotes psicóticos, un intento de suicidio fallido y el otro, con el que puso fin a su vida a escasos meses de cumplir los 23 años. Quedó para siempre inmortalizada a través de sus retratos.

La creatividad de esta mujer se manifestó con gran fuerza desde sus tempranos 13 años de edad, justo con un autorretrato. La intensidad y objeto de sus fotografías, lamentablemente, fueron poco entendidas en su época. Su producción es extraña, contiene elementos que a veces parecen ominosos. Sus obras podrían considerarse dentro del ámbito del movimiento surrealista. Para muchas personas, logro crear la ilusión óptica de que su cuerpo emergía de la pared, a la manera de los esclavos de Miguel Angel, o surgiendo de un mueble, lo que recuerda a veces el increíble universo fantasmagórico de Jean Cocteau en La Belle et la Bete (1946), en esa pared de la que parecieran salir brazos sosteniendo una suerte de antorchas que la alumbran. Así, Francesca Woodman aparece con un toque de irrealidad y magia en sus maravillosas composiciones.

Quiero destacar el video en el que escribe su nombre, Francesca, sobre una suerte de papel que ella misma va desgarrando y del que emerge su cuerpo desnudo. Ese Cuerpo luce en algunos parajes que parecen abandonados y deteriorados; paredes rotas, pisos cuarteados, tal vez como la propia Francesca se sentía. No puedo evitar pensar en la foto terrible que ilustra el brote psicótico del personaje de Repulsion (Polanski, 1965), cuando al ir caminando sobre la acera, esta se abre, justo en el momento en que Catherine Deneuve es ya presa del delirio y la persecución psicótica.

Scott Willis, director que llevo a la pantalla grande aspectos de la vida de Francesca y su familia, y que tuvo acceso a sus diarios, menciona como poco a poco ella empezo a dejar ver sus grietas a traves de las drogas y los desamores en The Woodmans (2010).

El ejercicio del autorretrato ayuda a Woodmana duplicarse para verse a sí misma en tercera persona. La fotógrafa estaba completamente inmersa en ese juego, camuflándose, tapándose la cara, eliminando la nitidez de su imagen. Con ello deducimos que Francesca jugaba a ver, a verse y, asimismo, a desaparecer detrás de los objetos que facilitan la composición fotográfica. En algunas fotos es difícil identificar donde esta Francesca y que hace. Se le ve emerger de un armario con diversos estantes en los que hay animales disecados y, en uno de los huecos, se esconde a medias una figura encogida, ella misma.

Los espacios en los que se fotografiaba gritaban ausencias, casas deshabitadas, lugares abandonados. Resulta evidente que ahí no vivía nadie. Salones con chimeneas en las que evidentemente no se prendía un fuego, hogares en los que nadie se sentaba a convivir ni a calentarse; paredes descarapeladas y techos en los que se ha filtrado la humedad, alacenas vacías, espejos cuya opacidad impide devolver la imagen. Para algunos críticos, en sus fotos había más introspección que narcisismo.

Su obra se engloba entre las de artistas de la vanguardia feminista de la década de 1970 que dieron un giro a la imagen que hasta entonces se tenía de la mujer.

Existe un video en el que se la ve entrar en una habitación despojada en la que solo hay una silla y, junto a ella, una jarra de latón. Se quita el vestido delante de la cámara inmóvil, se quita las zapatillas, los calcetines altos. Se queda desnuda y se pone de pie. Con la jarra, se echa por la cabeza harina —que recogió tras el choque de un camión que la transportaba—, y se baña con ella. Se tiende en el suelo. Se recuesta de lado sobre las tablas desnudas. Se levanta y en el suelo queda el vago contorno de su cuerpo, casi ominoso, como la silueta de un cadáver que dibujan los forenses en la escena de un crimen.

Visto y no visto. Aparición y desaparición. Con esto podemos concluir que lo que revela la fotografía como ningún otro medio es nuestra condición de fantasmas.

Luego de su primer intento de suicidio, en una carta a una amiga escribió las siguientes palabras: “Mi vida en este punto es como un sedimento muy viejo en una taza de café y preferiría morir joven dejando varias realizaciones… en vez de ir borrando atropelladamente todas estas cosas delicadas…”

 

 

 

 

anafabre@hotmail.com

 

 

 
 

 

             

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