Tulancingo cultural

tras los tules...

 

Principal

en las letras en la música y la actuación en la plástica sociología y sociedad histórico tradicional y legendario interesante gastronómico ciencia y tecnología hacedores

3er Encuentro Internacional de Escritores Salvatierra, Gto. - Un nutrido grupo de tulancinguenses asistirá... -

Salvatierra reúne a más de 80 escritores - El encuentro - JÓVENES, LITERATURA Y CONTRACULTURA EN MÉXICO

Homenaje a José Agustín - La presencia de los artistas tulancinguenses - Autoentrevista de José Agustín por Vida con mi viuda

3ª Entrega - 4ª entrega: 20 de marzo, 06 - 5ª entrega:27 de marzo, 06 - 6ª entrega:17 de abril, 06

 
Presentación del libro Vida con mi viuda por el autor con una autoentrevista
3er Encuentro de Escritores Salvatierra, 2006
La presencia de los artistas tulancinguenses

Jóvenes, literatura y contracultura, por José Agustín                           20 Feb. 06

 
 
   

 

 

 

 

 

 

 

 
   
   
   
   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

       
       
   

Jóvenes, literatura y contracultura, por José Agustín

 
 

 

 

 

   

 

 

 

 

 

 
       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

       
       
       

Volver al principio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

       

 

 

 

 

         
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Homenaje  a José Agustín

 

 

 

 

 

 

 

Volver al principio

 

 

 

     

 

 

 

 

 

 

     
   

 

 

         
         
         

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

         
         
         

Volver al principio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

       
       
       
       
 

 

DETRÁS DE LAS CÁMARAS DE VIDA CON MI VIUDA

por José Agustín

 
 

EL DOBLE: ¿Cómo surgió Vida con mi viuda?

   YO: Mi novela Ciudades desiertas, de 1982, trata de una pareja que vive una crisis a los siete años de casados, y al terminarla me atrajo narrar la vida de un matrimonio que perdurara pues constantemente se ponía a prueba y así renovaba su amor. Es decir, se trataba de una pareja insólita, ideal, pues en casi todos los matrimonios de muchos años prepondera la costumbre, la inercia, el interés o el qué-dirán. Desde un principio pensé que el marido de esta novela debía ser alguien con una clara vocación para el sexo, y lo practica intensamente como algo muy natural pero también casi sagrado, porque conoce las técnicas del yoga tántrico, por lo cual era muy importante que ya había logrado contener la eyaculación al hacer el amor y no sólo tenía orgasmos múltiples en el acto sexual sino en cualquier momento y circunstancia, a veces inoportunos, sin excitación o erección; es decir, voluntaria o involuntariamente.

   EL DOBLE: ¿Y la idea del doble, de dónde vino?

 YO: Pues yo manejaba el título Vida con mi esposa, que me gustaba por simple y porque podía resultar muy irónico, además de que me recordaba la película Vida con mi padre, de Michael Curtiz. Después, por asociación típica de alguien acostumbrado a jugar con las palabras, vino Vida con mi viuda, pero eso implicaba que el marido había muerto, y me fulminó entonces la idea de recurrir al tema arquetípico del doble, que ha sido trabajado por Plauto, Shakespeare, Lope de Vega, Dickens, Poe, Dostoievski, Stevenson, Hoffmann, Meyrink, Mark Twain, Pirandello, Borges. El camino era bueno y válido, clásico, pero me instalaba cerca de la fantasía. Esto no me molestaba para nada, pero pensé, “si es fantástico, hay que trabajarlo muy realista”. Desde ese momento se me ocurrió que el doble llegara a morirse en brazos de mi protagonista, quien aprovechaba la extraordinaria semejanza para intercambiar identidades. Si mi personaje estaba oficialmente muerto se volvía una especie de hombre invisible que podría asistir a su velorio y a su entierro, y ver con objetividad a su esposa y a sus hijos: no sólo qué había dejado en ellos, sino lo que hacían sin él. Esto me introdujo en el voyeurismo, muy excitante por sus riesgos abismales; y en el tema de la sombra, implícito en el del doble, el lado oscuro del ser humano que se reprime o se oculta, o las dos cosas. Si mi protagonista consideraría al sexo como algo sagrado, el doble, por tanto, debería vivirlo desde la máxima depravación pederástica y asesina, protegido por una sociedad oculta de políticos, eclesiásticos, militares y empresarios muy poderosa e impune que ganó el mundo pero mató su alma. Así se podrían mostrar los dos hemisferios del sexo: el “celestial” y el “infernal”, tal como hizo Milton al presentar los coitos de Adán y Eva antes y después de comer la manzana.

   EL DOBLE: ¿Y la mujer?

   YO: Como todo esto me sumergía en el mundo simbólico, pensé que la esposa debía de ser extraordinaria, real pero también ideal. Por tanto, mis lecturas sobre alucinógenos y de la invasión de eminentes académicos extranjeros a Oaxaca en busca de plantas de poder me facilitaron concebir a Doña Lupe, una gran chamana del tipo María Sabina; a su hija Santa, míticamente bella, que en el nombre llevaba la fama y que volvió loco de amor a un joven doctor etnobotánico de Boston, Héctor Wise; a este personaje, por cierto, había que matarlo pronto para que también adquiriera perfiles míticos: eso sí, antes procrearía a Helena. Y ella sería indígena y gringa, conjunción del ideal de belleza índigena y occidental, de la gran tradición chamánica del México profundo y también de lo mejor de Estados Unidos: una familia humanista, culta y rica dedicada a la sintetización de plantas curativas.

   EL DOBLE: ¿Cómo pensabas trabajar esto?

 YO: Desde entonces tuve en mente varias lecciones de García Márquez: narrar lo inverosímil como si fuera lo más normal del mundo, y apoyarme en los grandes mitos y en los clásicos. Mi novela iba a ser como un cuento de hadas fuertecito; bueno, en este caso, un cuento de brujas. Debía cobijarse bajo los mitos griegos, especialmente los de Helena, Héctor y Orestes, pero también en los zapoteco-mazatecos y en el gran chamanismo de los hongos psylocibe. Además, descubrí de pronto, con una pareja como la india bonita y el erotómano, podía meterme en un tema inédito pero antiquísimo: la salvación espiritual en pareja a través del sexo. Hasta donde yo sé, esto sólo lo plantea el sistema de ideas y prácticas del yoga llamado maithuna, o “tantra de la mano izquierda”, aunque Gustav Meyrink también lo sugiere en El gólem y en El rostro verde. A fin de cuentas el tema central sería que el amor vence a la muerte si la salvación es en pareja. Para reforzar este plano mítico decidí desdibujar el tiempo; pocas veces se sabría bien desde qué momento se narraba, podían ser distintas décadas del siglo veinte o del veintiuno; así preponderaría, como en los sueños, una fusión de tiempo y espacio.

 EL DOBLE: ¿Tenías muy detallada la trama?

  YO: Fui armando en la mente esta novela a lo largo de muchos años. Por alguna razón, o por mis facultades intuitivas, no quería bajar nada al papel. Todas mis notas eran mentales. Creía que Onelio, que entonces se llamaba Tonatiú, sería un ginecólogo exitoso y erotómano desde que lo iniciara un tío pícaro. Helena, la India Bonita o la India Gringa, por su parte, después de aprender alta brujería, vivir en Boston y estudiar comunicación, sería una bruja de lujo que combinara lo ancestral con la new age y se metía en problemas con la política. La novela comenzaría con una detallada, larga narración de la fiesta de bodas de plata, un poco al estilo de Madame Bovary, de Flaubert, o de los Padrinos de Coppola; luego vendría una feliz segunda luna de miel a la que inmediatamente seguiría el cambio de identidades.

   EL DOBLE: ¿Apareció entonces la Legión?

   YO: Sí. El doble, Kaprinski, pertenecería a una siniestra sociedad secreta que secuestraba, drogaba, violaba y asesinaba niños de la calle. Tenía que llamarse “Legión” porque así se autodenominó un demonio posesionado de un pobre hombre. “Mi nombre es Legión, porque somos muchos”, le dijo a Jesucristo. Todo esto se me ocurrió mucho antes de las denuncias de las pederastias del padre Maciel y de los sacerdotes católicos de Massachussets, quienes entendieron lo de “elegir la puerta estrecha” muy a su conveniencia. En realidad la idea se insinuó cuando leí El péndulo de Foucault, de Humberto Eco, que es una novelada y sui generis historia de la magia negra a partir de los templarios; este libro me revivió mis lecturas de los sesenta sobre magia, negra y blanca, de Paracelso, los alquimistas (vía Jung), Papus, Éliphas Levi, Stanislas de Guaitia, Huysmanns, Waite, Yeats, Madame Blavatski y Aleister Crowley (en cuyas misas comulgaban comiendo niños recién nacidos en vez hostias). Cada vez más se imponía la idea de una sociedad secreta, asesina y voyeurista, y ésta se redondeó cuando vi uno de los primeros reality shows, Taxicab confessions, a fines de los 1990. Una prostituta negra se subía furiosa en el taxi. “No sabe qué horror. Estoy asqueada”, le decía al taxista. “Me contrataron para una fiesta, superbién pagada, eso sí, pero no me dijeron que iban a violar y a torturar a niños drogados; fue espantoso, no aguanté y mejor me fui.” Pues ahí estaban las prácticas de La Legión, pensé, añadiéndole el asesinato brutal y ritual al estilo Crowley pero con voyeurismo high tech. Cuando se estrenó Eyes wide shut, la película de Stanley Kubrick basada en la novela Los sueños del austriaco Arthur Schnitzler, me asusté un poco al ver las coincidencias con mi idea de La Legión, pero no me importó a fin de cuentas porque a mí se me había ocurrido antes; lo único que hice fue que Onelio, en su momento, pensara “ah, ahora estamos en Eyes wide shut”, lo cual correspondía con las numerosas referencias al cine en la novela. Por supuesto, me encantó coincidir con Schnitzler y Kubrick, a quienes aprecio mucho. Lo mismo me ocurrió cuando supe que Saramago tenía una novela titulada El hombre duplicado, también sobre el tema del doble.

   El DOBLE: ¿Qué otros elementos tenías?

 YO: Regresando de la segunda luna de miel el marido intercambiaba identidades con su doble, y ya “muerto” espiaba a su esposa y a sus hijos, contrataba a un detective para que le informara de las actividades de su familia, a la que ayudaría según sus necesidades; también tendría que asumir el karma de León Kaprinski y confrontar a La Legión. Helena, la viuda, tendría una agencia de publicidad que con el tiempo se dedicaba a hacer encuestas, lo cual la ponía en contacto con políticos y con un alto funcionario que buscaba la presidencia. El muerto se hacía cirugía plástica, reconquistaba a su mujer y se volvía a casar con ella. Esta línea, el tiempo presente de la narración, estaría intercalada por grandes flashbacks de las historias familiares en Oaxaca, Boston y la ciudad de México.

   EL DOBLE: Entonces hubo muchos cambios.

   YO: Pues sí, una cosa es lo que se piensa y otra lo que se escribe, aunque no siempre. Con todo esto elaboré una larga sinopsis; no la detallé mucho, consciente de que al escribir surgirían cosas distintas, imposibles de prever pues sólo aparecen al calor de la escritura por necesidades del texto. Hasta 2002 decidí aterrizar las ideas en el papel. Con cierta cautela escribí, a mano, en mi cuaderno y con mi pluma fuente, “el principio”: la fiesta de bodas de plata y la segunda luna de miel, en Varadero. También parte de los primeros años de casados, el nacimiento del primer hijo y aventuras eróticas que presentaban el tema del sexo sagrado y las prácticas para lograr la contención de la respiración, del pensamiento y de la eyaculación, lo cual produce orgasmos equivalentes al éxtasis religioso, y múltiples además. Estos materiales me entusiasmaban, pero no la narración en tercera persona omnisciente que me había salido: correcta y fluida, pero un tanto plana. No me gustaba. Probé entonces por el lado de las mujeres y escribí la muerte del joven doctor Héctor Wise atrapado en el bosque ante una flor azul de belleza inusitada. Era un cuentito en sí y tenía el estilo que andaba buscando, una falsa tercera persona: Onelio contaba lo que le habían contado. Por tanto, los flashbacks del muerto y el tiempo “presente” de la novela tendrían que ser en primera persona; mejor, pensé, así resultaba más accesible una naturalidad relajada y a la vez ágil al narrar. Publiqué “La muerte del doctor Héctor Wise” a fines de 2002 y casi al instante obtuve respuestas sumamente alentadoras.

   EL DOBLE: ¿Fue entonces cuándo te concentraste en la escritura definitiva?

 YO: Quizá porque todo se fue armando a través de muchos años, a principios de 2004 tenía la seguridad instintiva de que dentro de mí la novela estaba hecha con todos sus detalles. No me importaba saber específicamente cómo sucederían muchas cosas porque eso es lo que me fascina de escribir: lo que cae por sí mismo en el momento de la creación, muchas veces algo no pensado conscientemente pero que el escritor dentro de uno sí conoce muy bien, de ahí la enorme seguridad que se siente. En los últimos días de 2003 revisé lo que tenía, unas ochenta páginas, y decidí desechar y reescribir todo, menos de la muerte de Héctor Wise, porque ahí se encerraba la esencia de la novela y me propiciaba el tono justo de la narración: riguroso pero relajado. En 2004, año bisiesto, del Mono, yo cumplía sesenta años de edad, y decidí que la mejor manera de encarar el principio de la vejez era en plena actividad, ya que aún se podía. Por tanto, me puse a desarrollar lo que seguía de la muerte de Héctor Wise: las historias de Doña Lupe, de Santa y de Helena, que estuvieron muy bien, en el tono correcto. Luego pasé al nuevo principio de la novela, empezar directo con el cambio de identidades; no me gustó enteramente lo que escribí pero había cosas muy buenas, así es que opté por corregir después y no detener la novela, que fluía con una facilidad asombrosa, muy limpia, bastante acabada, salvo el capítulo cero, y me proporcionaba un placer que otras, muchas, veces he sentido pero jamás como entonces. Así me eché los flashbacks de Boston, con la muerte por amor de los abuelos Wise y el legado de la bilioteca sobre maithuna y Afrodita. Pasé entonces a las primeras experiencias voyeurísticas del Onelio “muerto” en el plano “presente”, y luego a los flashbacks de su historia y la de su familia, que me divirtieron mucho.

   EL DOBLE: ¿Partías de una base, un esquema?

   YO: Sin parar de escribir, desde enero estructuré y establecí las partes principales de la trama. Hice una escaleta de la historia y otra sinopsis, pero también una relación cronológica de los personajes y los hechos, que se iniciaban en 1801 con la fundación de los Laboratorios Wise en Boston y seguían hasta el siglo XXI. Realmente no recuerdo en qué momento decidí que “el presente” fuera en el futuro, con lo cual rendí homenaje a la ciencia ficción, que me encanta, además de que haría más difuso el tiempo. Helena y Onelio nacen en 1968, y se casan en 2001, luego la acción “real” de la novela ocurre después de las bodas de plata, en 2025, cuando Onelio cambia identidades con Kaprinski. También hice un archivo con todos los personajes con pequeñas sinopsis biográficas. Elegí la estructura de la Cruz Celta, una tirada más o menos rápida del tarot que implicaba la estructura de la novela: planos presentes alternados con flashbacks. El tiempo pasado debía de ser panorámico, extenso pero conciso, de dialogación escasa. El presente, en cambio, era detallado, minucioso, dialogado, coloquial y más breve. También había surgido ya una fusión de géneros, una novela “multigéneros”: romanticismo, terror gótico, fantasía, thriller, ciencia ficción, picaresca, simbolismo, realismo crítico; y coexistencia de temas: amor, sexo, erotismo, muerte, identidad, la pareja, la familia, el cine. Todo esto resultaba una abundancia de subhistorias, cuentos dentro del cuento, saludos a Apuleyo, Las mil y una noches y al Quijote.

   EL DOBLE: ¿Y el estilo?

  YO: El título Vida con mi viuda, una aliteración y casi un trabalenguas, conllevaba un guiño irónico al lector y fue una invitación irresistible a jugar intensamente con las palabras; se reactivó mi espíritu nabokoviano y por eso muchos nombres de los subcapítulos son aliteraciones o juegos de palabras (“La vida después de la vida no es vida”, “Allá en Ayautla la bella llora”). Ya metido en ésas no titubeé en rociar generosamente la narración con numerosas citas de versos y novelas (Poe, Nabokov, Meyrink, Lorca, Shakespeare, Rimbaud, Baudelaire, Lowry, García Márquez), y canciones (Cri Cri, Neil Young, Pérez Prado, Buena Vista Social Club, el Piporro, Guti Cárdenas), además de refranes retorcidos, chistes ultraprivados y cosas por el estilo. Pero esto es algo que hago con frecuencia. Claro que, como Onelio acabó siendo cineasta, predominaron las referencias cinematográficas.

   EL DOBLE: ¿Qué tanto escribías, con qué frecuencia?

 YO: Escribía de lunes a viernes en sesiones nocturnas de ocho, diez y doce horas. Me sentaba a la máquina a las seis de la tarde y corregía lo que había escrito antes. Suspendía para cenar, y de las diez en adelante escribía sin preocupación por el tiempo. A veces le paraba a las tres, pero normalmente me seguía hasta las cuatro o cinco de la mañana. Varias veces me amaneció. Hice esfuerzos por escribir de día, porque las desveladas me pesaban cada vez más, pero aunque lo logré en alguna medida la escritura de Vida con mi viuda fue enteramente de madrugada. Sabía que estaba pateando bastante a la musa y creía que me podía enfermar, pero estaba convencido de que mientras pudiera accionar la mano la novela seguiría fluyendo; ya era algo que, en cierta forma, estaba “más allá de mí”, de hecho se hacía sola y me proporcionaba intensas exaltaciones y sorpresas constantes. Era un estado de profunda e intoxicada felicidad pero también de lucidez extrema y alerta. Sentía que Dios era mi copiloto. No pensaba más que en la novela y todas las noches escribir era un viaje sensacional. Lo hacía sin ninguna prisa, buscando datos con calma y meticulosidad cuando hacía falta. Oía musica y daba vueltas por el jardín para mover las piernas, el cuerpo, y ver las estrellas o las grandes nubes. De día le platicaba a mi esposa Margarita lo que había escrito, y los fines de semana a mi hijo Jesús. Mi hijo José Agustín leyó desde las primeras páginas. Con Andrés, mi hijo y editor, por teléfono platicaba mucho de cómo iban las cosas; por mayo me pidió que le mostrara lo que llevaba. Le envié electrónicamente como ciento sesenta cuartillas, con la advertencia de que el primer capítulo aún no estaba bien, pero que después lo corregiría. Él me lo corroboró; se le hizo apresurado y a trompicones. Lo demás estaba muy bien. Pues sí. Me di cuenta, como me ocurriría muchas veces durante toda la novela, de que los elementos fundamentales estaban ahí y todo era cosa de ponerlos en su sitio. Ante la respuesta de Andrés, decidí entonces atender de una vez ese problema esencial y regresé al principio. Postergué el encuentro con el doble un par de estratégicas páginas, ocupándome de Lucía, la asistente de edición, lo cual además me servió para establecer el tono de la novela, y porque planteaba de entrada, sin dilación, el tema del sexo. Mi hijo Jesús, a su vez, me sugirió que Onelio no siguiese a Helena y al cadáver, sino de que fuera a casa de Kaprinski y más tarde alguien contara cuando ella reconoció al muerto como su marido. Era la solución exacta; me fui a casa de Kasprinski y sus disfraces, con lo cual estiré al máximo la credibilidad del relato, y así se arregló todo; lo demás quedó casi igual. Era importantísimo que el principio de la novela no tuviera fallas no sólo para atrapar al lector, sino porque en él se establecían coordenadas esenciales. Como el tema era casi inverosímil (se puede dar el caso, pero es muy raro ese tipo de semejanzas), si el lector no tiraba el libro en las primeras páginas ya se había jodido, lo infectaría el Virus de la Viuda e iba a leer hasta el final. Así se impondría una vez más el poder de la ficción, de la invención, sobre la realidad. Como se sabe, en el arte lo imposible es posible, como en los sueños. Por cierto, mi hijo Jesús, siquiatra y neurólogo, apoyó al instante mi muy temprana decisión de que Onelio no fuera ginecólogo sino cineasta, lo cual me resultaba algo mucho más familiar y me permitía narrar sin estar haciendo consultas a especialistas.

   El DOBLE: Muy bien. Arreglaste el principio. ¿Luego qué vino?

   YO: Resuelto el principio, que era fundamental, seguí mi plan general, que se rehacía continuamente y me obligaba a regresar a partes ya escritas para injertar o reacomodar datos esenciales. El sistema seguía siendo la alternación de presente y pasado, aunque claro que en un par de ocasiones rompí el esquema para rehuir lo mecánico, monótono y previsible. Después del descubrimiento de los discos y ritos de la Legión, y de línea de la obesa detective Laura López, como la Cruz Celta indicaba lo siguiente era contar la vida de casados de Onelio y Helena, y después resolver conflictos, cerrar todos los hilos y terminar la novela: tenía cuatro finales distintos en la mente, pero cuando en el penúltimo capítulo Onelio cambió el veneno por nux vomica supe cuál era el fin inevitable. Al terminar julio estaba encarreradísimo, con la meta a la vista, pero aunque hice a un lado todos los compromisos (y quedé muy mal con mucha gente) no pude rehusarme a ir a los festejos que organizó la Universidad Autónoma de Nuevo León por los cuarenta años de La tumba, y que estuvieron sensacionales. Fuimos a Monterrey, pero al regresar vi con pavor que la interrupción no había sido buena, y así como hubo problemas con el principio los tuve con el final.

   EL DOBLE: ¿Qué pasó?

   YO: Varias cosas no quedaron bien, lo sabía sin dudas, partes que eliminar, reacomodar o trabajar un poco más. Calculaba solucionar todo en un par de semanas, dar un par de capas de corrección más y tener listo el libro a más tardar el treinta y uno de agosto, porque me latió presentarlo en la Feria Internacional del Libro de Monterrey, a fines de octubre. Andrés nuevamente quiso ver más material y le envié el libro completo, de nuevo con la advertencia de que no estaba enteramente acabado. Pero esa vez mi hijo no fue el único de Planeta que vio esa versión, pues para adelantar la portada la diseñadora Ana Paula Dávila y, una de las correctoras de estilo, Glynke Lehn, se echaron el manuscrito. Andrés y ellas hicieron observaciones muy importantes que me ahorraron tiempo, pues sin duda yo habría advertido todo eso en las revisiones finales. Aducían que el último flashback era muy extenso y, como era el penúltimo capítulo, resultaba desmesurado porque ya urgía conocer el desenlace. Tenían toda la razón. Por tanto, reduje de cincuenta a veinticinco páginas el flashback del matrimonio de Onelio y Helena y lo coloqué como antepenúltimo capítulo; es decir, lo moví un lugar hacia atrás, cuando aún no obstruía el final. Éste también cojeaba, estaba un paco ralo y necesitaba vestirse así es que le confeccioné numerosos detalles importantes, decidí que mi pareja hiciera el amor, decisivo y merecido, y después extendí estratégicamente la atmósfera lluviosa y neblinosa del bosque.

   EL DOBLE: ¿No pensaste en extender la novela?

  YO: Sí, se me antojaba narrar más las historias que surgían; pero me contuve: debía tratar las cosas con la base suficiente pero sin desarrollarlas demasiado, orquestar un juego de equilibrios muy finos, de contenciones acordes con las sexuales de maithuna, y dar sólo lo estrictamente necesario de cada personaje o historia. Buscaba una obra redonda, de hecho hermética, totalizante, y a la vez abierta porque pavimentaría numerosas carreteras a la imaginación y la reflexión. Pero los materiales eran muchos y Andrés me pidió un árbol genealógico, lo cual me entusiasmó; me encantan ese tipo de detalles en los libros, como el mapa que hizo Humboldt de Acapulco y que publicamos en Dos horas de sol.

   El DOBLE: ¿Cómo concluíste el libro?

 YO: A pesar de la interrupción de Monterrey no perdí la frecuencia, sólo pensé que me tardaría un poco más y le dije a Andrés que acabaría en septiembre. Y ¡milagro! Para mi absoluta sorpresa, porque si lo planeo no me sale, siguiendo el curso normal, natural, de la escritura, llegué al final precisamente a las cuatro de la mañana del 19 de agosto de 2004, el mero día de mi cumpleaños. Estaba intoxicado de placer y felicidad. Me resistía a dejarlo y me regresaba una o dos páginas dizque para revisarlas antes de escribir el final. No quería terminar por terminar pero después de las revisiones comprendí que ya estaba. Sabía que podía posponer la entrega de la novela y corregirla más, el tiempo que yo quisiese, pero de alguna manera escribirla había sido una especie de rapto y así debía concluir. Ese libro era un arrebato o, como dijo Antonio Skármeta, “un delirio controlado”. Además, la novela es un género maravilloso entre otras cosas porque “perdona”. La extensión permite que si hay un error o debilidad éstos se olviden si lo que sigue se pone bueno.

 EL DOBLE: A fin de cuentas, ¿cuánto tiempo te llevó escribir esta novela?

  YO: Total, sin tomar en cuenta el incubamiento de quince años y las ochenta páginas que escribí en 2002 y 2003, muy útiles aunque las deseché, escribí Mi viuda en ocho meses, del primer día de enero al 19 de agosto de 2004. Fue un trabajo muy intenso que se impuso por sí mismo, porque yo estaba picado pero a la vez no tenía prisa y desarrollaba las cosas hasta el punto exacto. Escribí a ese ritmo porque la novela estaba madura dentro de mí y yo sólo me concretaba a darle lo que requería. El 19 de agosto fue jueves, creo. Descansé entonces tres días, porque la intensidad de la escritura de madrugada, a la hora del lobo, me resultó extenuante. Pero el lunes de nuevo estaba revisando la totalidad de la novela. Hice muchas correcciones pequeñas y al último capítulo sólo le agregué, al mero final, la frase “me pareció bellísima”, que según yo le cayó muy bien, pues la esdrújula cerraba y a la vez invitaba a la reinmersión; permitía que el lector sintiera que todo terminaba como debía de ser pero dejaba reverberaciones de la historia que podían hacerlo regresar a ella, aunque sólo fuera para hojear las páginas. El 28 de agosto concluí esas correcciones, pero aún revisé la novela hasta que el 31, como prometí, se la envié a Andrés, quien, a su vez, dio a componer el texto y mientras lo leyeron Andrea Lehn y Jesús Anaya, ellos hicieron nuevas observaciones menores, y éstas, aunadas a las de mi hijo y su esposa Una Pérez Ruiz, estupenda lectora, motivaron que Andrés viniera a Cuautla y durante una intensa sesión trabajamos las últimas afinaciones ya sobre pruebas finas. Eso fue a mediados de septiembre. En tanto, había una persistente búsqueda de la portada, que se resolvió cuando René Solís salió con el maravilloso cuadro Juego de manos, de Santiago Carbonell, que parecía mandado a hacer especialmente para la novela y cuya perfección continuaba la excelencia de las portadas que mi hermano Augusto Ramírez hizo para varios libros míos. Andrés y yo escribimos la cuarta de forros, y él añadió las frases “una novela provocadora y divertida, perturbadora y enigmática, profunda y vital”, que funcionaron muy bien. Después hizo el milagro de que las correcciones se incorporaran y el libro estuviera impreso, encuadernado y terminado el 10 de octubre de 2004, en cuarenta días, y los primeros diez ejemplares llegaron justo cuando en el Palacio de Bellas Artes se festejaban mis sesenta años de edad. Fue un regalo inesperado y maravilloso, porque la edición quedó impecable. Bueno, casi. No faltaron las erratas y, por mi parte, algunas frases pudieron limpiarse más. Las corregí, era cuestión de una o dos líneas, y la segunda reimpresión las incorporó.

  EL DOBLE: ¿Cómo ubicas Vida con mi viuda entre tus novelas?

  YO: Al escribir este libro advertí que, entre otras cosas, sin proponérmelo, he venido cronicando las “etapas de la vida”. El destino me llevó a narrar la juventud siendo muy joven; en La tumba y De perfil me referí a la adolescencia; y en Abolición de la propiedad, Se está haciendo tarde y El rey se acerca a su templo, al periodo entre los veinte y los treinta años de edad. En Ciudades desiertas y Cerca del fuego el tema subyacente es el advenimiento de la madurez, el cambio cualitativo que implica y los actos propiciatorios para facilitarlo. En La panza del Tepozteco revisé la niñez, pero entré de lleno en el tema de la madurez, el periodo de la vida entre los cuarenta y los cincuenta años, en Dos horas de sol. Vida con mi viuda, por su parte, entre otras cosas, narra la culminación de la madurez y el principio de la vejez, lo cual, por fuerza, implica recapitulaciones.

   EL DOBLE: Hay quien dice que Vida con mi viuda sintetiza tus temas de siempre, pero otros sostienen que es muy distinta a tus libros anteriores.

   YO: Yo creo que es lo mismo y algo muy distinto. Están muchos temas de mis libros: identidad, amor, sexo, erotismo, muerte; la pareja, la familia, la amistad; el misticismo, los alucinógegenos; el arte, la cultura popular; el poder, la política, la crítica social. Sin embargo, es un libro muy distinto a los demás que sólo podía escribir a los sesenta años. Queda clara una moralidad en la que se retroalimentan continuamente el yin y el yang, lo legal y lo prohibido, el pecado y la pureza, la luz y la oscuridad, el cielo y el infierno. Hay muchos menos juegos coloquiales y diálogos. La narración es fluida y por lo general logra la palabra justa. Es ágil, a veces vertiginosa, pero a la vez relajada, llena de detalles e ironía elegante. Es el mejor diseño escritural que he publicado. Hice homenajes discretos a la ciencia ficción, al thriller, a la narrativa gótica y romántica, y al cine en especial. Si el protagonista era cineasta, la narración bien podía sugerir una película sin que por eso perdiera su densa naturaleza literaria. Asimismo son clave, porque sostienen el contexto mítico, el apoyo y las referencias constantes a la cultura en general y a los clásicos en especial: los mitos griegos y zapotecos, al gran refinamiento erótico de la India; o a Shakespeare, Apuleyo, Las mil y una noches, Poe, Meyrink y Nabokov.

  EL DOBLE: ¿Qué representa, finalmente, Vida con mi viuda para ti?

  YO: Todos mis libros han sido experiencias maravillosas y a la vez terroríficas y aleccionantes, pero lo que he vivido con Vida con mi viuda es incomparable. En lo personal, además de las recompensas, representó una muy especial, anonadante, forma de enfrentarme a mí mismo, una extraordinaria reactivación de mis procesos de desarrollo y gran diversión a todo lo largo.

 
 

 

__________________________________________

Gracias por su visita

 www.tulancingocultural.cc ® Derechos Reservados

 info@tulancingocultural.cc

tulancingocultural@yahoo.com.mx

Aviso legal para navegar en este sitio