Nuestras evocaciones van más allá, a los paisajes de
aridez de cactus, de nopales cercando los suelos arcillosos con terrazas
bordeadas de pencas, pencas como manos extendidas cuyos dedos largos con
uñas puntiagudas y filosas, solicitan, ofrecen.
Terrazas en las que de vez en vez surge un meyolote con
su quiote, las pencas menores se hincan ante esa majestuosa
inflorescencia que, inocente, espera la castración, homenaje que el
tlachiquero vendrá a realizar.
Lo vemos llegar para extirpar tejidos, hacer la
“picazón”, eliminar la jícama, impedir cualquier retoño. La muerte del
teómetl inicia, lenta, larga. Pasan noches, semanas. Escurren muchas
lunas antes de la última gota, día a día lo raspa, mana su savia. Los
mezotes sólo miran su perecer mismo y son sus propias espinas las que
raen en capas delgadas haciendo languidecer al teómetl... y rezumar su
espíritu blanco.
Con añoranza, vemos la escena del brote de vida, vida
engendrada de la muerte que nos trajo la diosa Mayahuel.
Nos conmueve el acocote por el que aspiran la miel los
labios carnosos de los tlachiqueros para verterla en las castañas y,
así, nuestra cursilería innata regresa a la cuna del pulque con su
embrión en burro para arrullarlo en las tinas.
Ahí, ceremoniosas las minúsculas vigilantes aladas continúan
blandiendo en el aire como navajas, cortando veloces con líneas delgadas
para celebrar el banquete en odas zumbantes ante el rito: el catador
pulquero, reconocible en el tono de su tez que va del rosa al colorado,
en la generosidad con que su vientre está distendido y en el bigote
aguamielero, cata escupiendo con ansias de ver aparecer el alacrán,
silueta viscosa que indicará el punto de madurez sobre el piso.