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.7.Jul.14

 
   

 

     

 

 
  Carlos Santibáñez Andonegui

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

 

TESOROS DE UNA MENTE QUE HIERVE

 

 

 

  Leticia Herrera Álvarez, La pájara de Candora, (Col. Fuelle de Forja, Poesía, volumen 1), Costa Rica, 1985, México, 1987, Portada: “Sincretismo”, collage, 1984, ilustraciones interiores: Leticia Herrera Álvarez, fotografía: Iván Tejeda, 1ª. ed., Noviembre 2013.

 

 

La pájara de Candora, de Leticia Herrera Álvarez, constituye el tesoro de una mente que hierve en forma de poemas. Tiene clara la función de la poesía como agente de cambio que siempre dice más de lo que expresa. Tiene lo que se llama mirada, perspectiva o voz, y que se alcanza cuando somos invitados a leerla y nos damos cuenta que no hay otra forma de ser la poeta Leticia Herrera. La luz besa a sus hijas, y hacer poesía es vivir con esta luz en persona. Nunca sabremos lo que se intercambia en las profundidades a cambio de esta luz. Sus contemporáneos presumen que la notan, (Ier. Lugar Tercer Concurso de Poesía Da SCL-MA Brasil, 2004, Premio Poesía, Prosa y Arte Figurativo, Premio Alla Carriera por Trayectoria Cultural, Academia Internacional Il Convivio, Taormina, Sicilia, Italia, 2006 entre otros). Pero con todo, consiguen dejarla casi inadvertida gracias al generalizado y universal mito de la caverna. Al “hipócrita lector, mi semejante, mi hermano”, es a quien saluda Leticia con la reverencia debida al Ofendido: “Parte de nuevo/ sintiéndose engañado/Aún piensa/ que la felicidad es un sitio/ al que hay que llegar”.

Ya traducida al alemán, árabe, francés, inglés, portugués, italiano, rumano y polaco, incluida en la Historia de la Literatura Hispanoamericana en Polonia, antologada en Austria, Brasil, Canadá, España, Estados Unidos, Italia, Marruecos, en fin, cuando comiencen a leerla y comprar sus libros en serio, una de sus habilidades más buscadas será la del retrato de adentro, suficiente para pintarnos tal cual somos,  engaño colorido, con el ingenio de frente y la piedad de fondo, energía que hace trepidar el sueño que pasa por todo, pero pasa debajo, en las profundidades, probablemente ahí donde refulge el aleph, donde los que vivimos, vamos sobre la pista de la ilusión, del latido que cuenta el cuento de que “la felicidad es un sitio al que hay que llegar”. Así en “Agorafobia” reseña: “Se fue quedando solo/y destruyó/ todo cuanto tenía/ hasta que al fin halló refugio/ en el trabajo”. Quiero ir por la poeta y estar ahí en el instante en que la sátira de paso a la piedad, un instante apenas, que vale oro atrapar, para, a partir de la máxima confianza, inventariar lo demás. Se duele de la olla que cocina lo humano en el fragor de “Veterana”: “Conduce el automóvil/ con su única mano saludable/ la otra/ mutilada como un garfio/ doblega la palanca/ y ella se siente fuerte todavía/ y no sabe que llora/ cuando ríe”. En este poema que el lector puede ignorar o peor aún, atropellar como búfalo vil, se dice en breves palabras esa melancolía, sobre la cual se puede reír llorando, o reír o llorar, ese creer que uno va hacia una parte e ir a otra, ese creer que uno ríe cuando en verdad llora,  con Leticia vivimos la sátira hasta alcanzar lo insólito de la sátira misma: la piedad. No es el quebranto del arraigo que salva, a través de la risa, sino desnudo y vivo, el “Desarraigo”: “Nos lastimamos al andar/ extrañados de nosotros mismos/ ignorantes de nuestro destino/ Lloramos por los padres perdidos/ por los hijos perdidos/ por el mundo perdido/ Callamos de golpe ante el asombro de/ los nuevos hermanos/ y volvemos al llanto/ porque nadie se nos parece y estamos solos/ Todos estamos solos y eso nos hace iguales/ /Somos el nuevo rebaño que los dioses conducen/ a tierras vírgenes”.

Al celebrar el triunfo del amor en la Voz de la poeta, vale decir hay mujer en todo esto. Claro que hay mujer en todo esto: No vale dejarla sola en el poema: “Y sin el árbol la noche triste”, en que fondea: “Cierto/ él ya no llueve sobre mí/ pero mi tierra sigue estando húmeda”.

La espontaneidad es siempre una carta segura en poesía, especialmente para quien sabe desarrollar conciencia crítica, porque demuestra que su ojo interior no se ha empañado. Así en el consejo que invoca al final del libro: “Salgamos a verlo/ El día está desnudo”. Desde esta desnudez emprendamos el camino de regreso. Cuando se es Leticia Herrera se comprende en seguida que la crítica irá por sus fueros, no habrá, o este libro no apunta, un enamoramiento completo. La mayor parte de esta poesía no corresponde al Amor Propio, aunque se reconozca, desde el poema del mismo nombre: “Para vivir conmigo/ hay que tener vocación/ Y yo la tengo”.

No es el Amor propio el modelo que comprueba esta obra, el modelo en Leticia, si hubiere alguno es el suave matiz de la mirada crítica, dirigirla con todo y contra todo, uno mismo en primer término, pero ya pisando, ya encuadrando en cientos de variedades el llamado mitologema social, entendido como la captación de la conciencia social, ahí donde no puede ir más lejos, su condición de palabra le impide cambiar el mundo y entonces se regresa, lo hace a su manera y en su repliegue descubre sus infinitas posibilidades, el oro de una veta mayor. Bajo la clave morse de la enajenación, en el mundo en que nos toca vivir, la interpretación la trae cualquiera, un “Solitario”: “Quiere entregar su mundo/ al primero que pasa/ No se da cuenta/ todo el que pasa/ lleva un mundo en las manos”. Es así como: “Bajo ha caído Dios”: “Antes salvaba almas/ y lo hacía en pudoroso secreto/ hoy con lúbricas danzas se le invoca/ para curar dolor de muelas/ insomnio/ parasitosis/ y de su poder/ se dan bizarros testimonios/ de mercadotecnia”. La poesía es entonces la noción que ha quedado sin teléfono y se estremece al reflejo del vidrio (porque) el aire irrespirable de esa casa/ empuja hacia la muerte”. Se escuda en la complejidad de la ficción asimilada al poema: “se dibujó después/ un arco iris/ Todos lo vieron/ menos yo que/ desde casa/ provocaba el fenómeno”.

Dueña es del suave y raro matiz de la mirada crítica al progreso, cuya expresión avanza, toca lo poético: “…mientras se humanizan los robots/ nosotros nos volvemos humanoides”. Pero ante el sueño “civilizado”, ¿qué hemos de hacer? Evocar el estado de naturaleza es opción cancelada con o sin Rousseau: “¿alejarse del mundo y volver a la crianza de gallinas?” O yoga, simple y sencillo como el que nos recetan en televisión, así en la “Ceremonia del Te Remoto”: “¿Qué procede/ me dije/ ¿Sentarme en flor de loto?” La denuncia de esta sociedad que juzga por apariencias, que baila el miedo a ritmo de merengue y se deja llevar por el “Señuelo”, en el poema del mismo nombre donde matemáticamente debemos leer la proporción: “Es el amor a esta sociedad/ lo que el conejo de madera/ al galgo”. Denuncia que se extiende al falso amor: “Las usa a todas/ para llegar muy alto/ Es desde ahí/ que desea saltar”. A la huesuda unión eros-Tánatos: “Lo siento amor/ De haberlo sabido antes/ me habría negado/ a ser relevo/ en tu carrera desbocada hacia la muerte”. También a lo nostálgico del plano amoroso: “No pudiste vivirme en el presente/ y en tu muro de corcho/ me dejarás prendida/ ocupando un lugar/ entre tus muertos”.  Descartado el amor, se avanza hacia la sátira más amarga, el “Precio”: “Sus libros se bebían/ Él/ era/ alcohólico”. Como sátira cursa el plano lingüístico, en la reconstrucción de formatos trillados: “Cosiedad: Todo pasa y/ todo queda pero/ lo nuestro es/ posar”.  La forma epigramática se mece a sus anchas en la juguetería del amor despechado: “Ya nadie hace el amor/ se hace el odio/ al estilo carambola”. Potencia el laconismo matices psicológicos, destellos críticos: “Si lo escuchas”: “Conseguirá que te hierva la culpa/ como sudor/ en campos de algodón”. Interpreta el apego o lazos de pretexto: “No santifiques a la madre/ ni satanices al don Juan/ los dos están unidos/ por un largo/ cordón umbilical”.  Asume su compromiso con lo declarable generacionalmente: “El sentido de la vida/ se ha transformado hoy/ en saber elegir/ la forma más creativa/ de llegar a la muerte”. Ahonda el drama de la mujer burlada: “Fue por un muchacho/ dice/ al principio siempre hay un muchacho/ de ahí a la montaña/ y luego/ él se queda con otra en el camino/ y tú ya no puedes parar”, pero no cae en la autocompasión de ciertas feministas, y por eso proclama su aforística euforia: “¿Víctima o victimaria?/ Vic/ toriosa”

En todo caso no es el amor propio sino la salvación lo que cuenta, por eso la acompaña con el arte de dibujar genialmente, y ofrendar a su obra sus propias ilustraciones poéticas, que van de la poesía del teorema a lo imposible de penetrar su sencillez.

No es el Amor Propio, sino el temor de ponerse a escribir dentro de una pecera, como su personaje: “soy feliz”, y ahora sí “No porque la felicidad exista”, como apuntara Rilke, cuidarse del “feliz pensamiento” que suplicó Darío hacia quien vive, hacia aquél que nos viene “a contar un cuento”, hacia aquel que reclama “Abrazaos en esa llama, y respirad/ ese perfume que embalsama/ la humanidad”. Pero la voz poética en Leticia, dentro de la obra que nos ocupa, antes de consumirse en este fuego, como el bíblico arder sin consumirse, curada en salud ante el peligro de ese “príncipe azul que es el cariño”, interpone el resquicio que la salvará:

“Que me ame/ con la ternura de mi abuelo/ con la firmeza de mi padre/ con la pasión de mi hijo/ con la curiosidad de un boy scout/, con la entrega de un clavadista en La Quebrada… Que sea sensible como las yemas de mis dedos/ Que siembre su semilla y me atormente… que me deje florecer cuando yo quiera/ es decir/ que no chingue/ Que me regale una jaula sin pájaros/ Que también me dé un pájaro/ volando/ Que se vaya a volar/ cuando le dé la gana/ Y que me extrañe tanto que siempre vuelva…”

Así va tras las huellas del infinito amor, sin ofender a nadie pero a la vez, incriminando a todos: “Que sea como un pulgar/ independiente/ mas unido a mi mano para atrapar la vida…

Hasta cerrar con esa risa bendita que se quiere maldita, el fragor del romance que se lleva la noche en un rápido abrir y cerrar de ojos mojados por la risa y el llanto:

“Que amanezca hecho un sol/ y que goce conmigo las enchiladas verdes/ Y que no se destruya de ninguna manera/ es decir/ que me ame/ Yo ya no quiero niños/ quiero un hombre/ por lo menos/ al menos/ quiero un príncipe azul/ ¡Yo quiero un príncipe!/ ¿Hay alguno entre el público?// Maldita seas por siempre Corín Tellado”.

 
             

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