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Carlos Santibáñez Andonegui

 

 

 

 

México, D.F.

 
     
 

11.Nov.15

 

 

SABOR A PIEL: EROTISMO DE CABECERA

Félix Cardoso, Sabor a piel, Cofradía de Coyotes, Serie Coyote Blanco, México, 2012.

Reseña por Carlos Santibáñez Andonegui

 

 

El único medio para acercarse al erotismo es el estremecimiento. Sabor a Piel de Félix Cardoso consigue estremecer. No ajeno al discurso teórico de la tradición occidental que opina y argumenta en materia de erotismo –Bataille a la cabeza- va más lejos y abre las puertas de la poesía de par en par en torno a esta veta. El conocimiento de alguna escena –mentada en documentos que hablan de erotismo- en la cual en medio de una orgía se produce un choque de cristales rotos con los cuerpos y lo que era diversión se transforma en horror, es quien parece haberle dictado desde el primer poema su: “Avanzan sombras… recogiendo de los cristales/ puñados de suspiros”.

Pero Cardoso confía en el ser humano, más de lo que imagino, confiara Bataille. Si no creyera que confinar al sexo, al igual que la muerte, a servir de “combustible” para la transgresión, sigue siendo, -toda distancia guardada- ingenuo, no habría refrendado su deseo de “no tropezar/ al despojarnos de la cordura”, sino salir avante de escondrijos,/ que susurran bajo tu lengua;/ bajo mi lengua”. El intento de trascender la dialéctica culturalmente armada en torno al erotismo, es lo que hace de este autor un poeta que seguirá creciendo en cuanto se haga accesible a más gente, en cuanto capte mayores públicos y audiencias. El concepto que mejor cuadra al enfoque de Cardoso es el de que el sexo es un misterio. La frase que en el libro mismo más lo resume: “De pronto me convierto en usuario de una ruta ignorante de procesos”. Por eso implora: “déjame ser la sombra/ que desea poseer tu cuerpo”.

Más que acomodarle en engranaje teórico, que es lo que han hecho con él pensadores de talla universal reciente, lo que hace Cardoso es recuperarle, retomar la dignidad de la persona a través de lo erótico, la dignidad de lo que, en cierto modo, y a mucha honra al igual que la poesía, muchos creen que no sirve para nada. O sirve para que le enseñemos nosotros para qué sirve. A este tenor, el cuerpo es menos objeto de reflexión teórica que lo ubique como instrumento para escenificar el armado de la “transgresión”, que objeto sexual, más intocado entre más tocado, más pleno de sabiduría y de misterio, entre más bien empleado, como que lleva a aprender, y una vez que cree saberse todo de él, es que apenas se está empezando a aprender, y por eso se permite todo, hasta el descanso: “Mi cuerpo descansa/ en la sala de tus besos”.

Es así uno de los pocos libros imbuidos de que lo mejor de este mundo sucede en el abismo de piel a piel. Como todo lo humano, el erotismo se aprende. Y quien lo enseña, es un maestro. Alguien a quien debemos reverenciar, despiertos. Porque normalmente, dormimos, hasta que un grito interno consigue de nosotros algo que llamaba Shakespeare: “besarse con labio interior”.

Navego con el tiempo dormido en mi lengua;

con el eco gritando besos.

Como en todo libro de aventuras, Sabor a Piel cautiva con el gusto de saber qué sigue. Erotismo es el placer de adivinar en cada caricia, la siguiente. El argumento es reencontrarnos: “Quiero…/ respirarte en fragmentos/ para que me dures todo marzo”. Queremos saber, entrar en aquella alcoba para ser los amantes del momento, y como ellos, poder decir: “Detenemos al tiempo/ en la habitación”. Todos intuimos que ese encanto podría ser nuestro, “y que nuestros muslos…/ sigan contando/ sus secretos”. Es natural entonces que desconfiemos hasta de Octavio Paz y sus elevadores que en ocasiones van un poco lentos, que desconfiemos de aquel en que pretende subirnos cuando nos dice: “El amor es la metáfora final de la sexualidad”, y de pronto dudamos si no será al revés. Si no será más bien Shakespeare el que tenía razón cuando planteaba, como recrea en un título Perla Schwartz: “Bajo el peso del amor me hundo”. Porque tal vez el sexo es lo que menos requiera ser endiosado, y no lo necesita, no sufre por hallar activistas que lo defiendan aunque hay que ser corteses con quien quiera salvarlo, o defenderlo, sino más bien, es el amor quien debe ser salvado, es sobre todo aquello que los humanos entendemos por amor, en medio de toda nuestra trampa de dinero y deseo revolcado, lo que requiere ser reivindicado. En este sentido, la habitación de hotel total que Cardoso pone a nuestro alcance, la que nos cuadra. No tanto la habitación doble, la de la llama doble de Octavio Paz, sino una sencilla en la que no hay transgresión de lujo, sino en todo caso transgresión contra la transgresión de hallarse encasillado, tanto por transgresores originales de nuestras marcas humanas, como por estudiosos intelectuales de la transgresión, contentos, rozagantes, gordos, becarios satisfechos con habitaciones dobles. Lo que hay es una vocación de inmenso, de suspiro como la ventanita de Heidi que invite a respirar: “donde el aire inunde con ternura nuestras almas”. Porque cabalgando ese cielo en que el amante lava con su lengua la piel y borra impurezas, nadie nos llamará ladrones: “Nada será prohibido, ni seremos siervos de dioses ajenos”.

Lo que invita este libro, es a recorrer sin angustia lo que las maldiciones del calentamiento del planeta, la destrucción de los ecosistemas y la incomunicación en el todo que se quiere productivo, nos han vedado: el legítimo, libre y puro goce del orgasmo. “Adornemos con rosas los agujeros negros”. Todo es caminar. La erección es un modo de ponerse en camino: “Camino ese largo suspiro/ donde te encuentro dormida;/ el que te hace sonreír/ y estremece tu piel de ojos cerrados”. Según el Ananga Ranga, el orgasmo se produce, en la mujer, cuando su aliento ha caducado en sollozos o suspiros, “te deslizas en la nada, dice Cardoso, con los ojos cerrados”. El orgasmo. Es el Norte, ante el cual se jacta el amante: “Nunca he fallado ni cerrando los ojos”: No hay voz que lo componga o configure mucho menos una explicación teórica:

No te mueve mi voz en este instante;

Aún no he inventado palabras…

para describir nuestro orgasmo.

Hemos dicho que el erotismo, como todos los logros humanos, se aprende. En el Roman de la Rose, de Guillaume de Lorris, el amante entra en un jardín maravilloso de placer de la mano de la Dama Ociosa, y ahí participa en un baile guiado por la Alegría. El Amor es un personaje que anima todo, y así, al entrar al jardín, el amante se enamora de la Rosa, y para alcanzarla, recibe ayuda de cuatro personajes: Pensamiento Agradable, Dulzura en la Mirada, Verbo Dulce y Esperanza. ¿Qué sucede cuando el amante al fin toma la rosa? Despierta; también aquí, en la poesía de Cardoso se despierta al llamado de la nueva piel, la que ha dejado a un lado la conciencia convertida en piedra, a semejanza de la débil carne, con que Guillaume creía estar viviendo y en realidad soñaba, antes de despertar: amar es despertar, porque la débil carne nos convierte en basura.

El sexo como la muerte, equivale a encontrarse desnudo. Morir es encontrarse desnudo, ha dicho un gran vate. Para ir al sexo hay que quitarse la ropa, y no sólo la ropa, sino la ropa de la ropa:

Me desnudo de palabras que entraron a mi mente por medio del teléfono

de los mensajes del celular.

de la computadora…

Me desnudo, para llegar a ti… desnudo

Y también es preciso desnudar al otro: “Te desnudo de esa piel que tiembla entre mis dedos,/ de es voz que se come las palabras”. Sólo así podremos ser con el otro uno. Ser ambos continuo, diríamos con Bataille en La historia del Ojo. Sí existe lo atávico, el elemento de lo prohibido, el interdicto previo que rompe el erotismo, y es la prohibición una herencia que nos ha sido legada a través del lenguaje. Se pretende que algo esté prohibido en forma hereditaria, pero sucede que tal prohibición, fundada en una vivencia de la angustia, ha sido creada con la expectativa de que sea trasgredida. Hay algo que se pierde con hablar, “hay sueños que se tejen con los labios”. “Hurtas puñados de nostalgia”, informa a su pareja, Cardoso. “Tu risa hace eco en las margaritas”. No nos podemos escurrir de Bataille. En el mundo civilizado, una vez que se ordena todo en torno al trabajo, eros y Tánatos pasan a ocupar el lugar de tal prohibición. Enterramos a los muertos para no contagiarnos del deseo de asesinar, porque matar está prohibido. Por eso dice Lacan: “Enterramos a los muertos, para que la memoria olvide”. “Absórbeme en tu fuego… escóndeme” dice nuestro autor, a la amada. Somos habitantes del embeleso, no nos podemos escurrir de Bataille: “Sigue soltando el aire los recuerdos”. Nos habita el embeleso y sobre todo el de la otra persona: “Me embeleso en su cuerpo, y sin darme cuenta/ nada soy”. ¿Pero no hay un momento en que Bataille se nos antoja ingenuo, de confrontar el sexo con trabajo?; claro, no usa la palabra trabajo en el sentido de lo que se hace en la oficina, sino el esfuerzo estampado para erigirse en civilización, pero aún así: el sexo como “fiesta” que va contra el trabajo de construir la vida, digámoslo así, ¿no es a veces una explicación un tanto burocrática? Porque después de todo el hacer sexo no significa que no haya ahí personas trabajando, si la naturaleza misma trabaja en ellas no por obligación sino por “fiesta”. Es más, en el sueño la naturaleza sigue trabajando, da flores: “En el paisaje de mi sueño/ eres flor”.

Con el poeta Cardoso, existe “la risa que brinca de prenda en prenda mientras te desvisto”. Existen puentes que sí sostienen, que sí conducen, como son esos “creados con tus brazos, para llegar al punto que nos enloquece”, pero también existe, con Freüd, lo familiar arcaico que retorna sin ser conscientemente convocado, como aquel personaje de Simona que en la Historia del Ojo de Bataille, juega obsesionada con el ojo de un cura muerto, y se acaricia el interior de las piernas haciendo resbalar el objeto que parecía elástico, y entonces se produce para ella una dulzura extraordinaria. No hay que olvidar que al orgasmo se le conoce como “la muerte chiquita”, ya que por un momento el ser se borra, se desborda, muere un poco. (No tiene que ver con la Joven Parca de Valéry, pero quién sabe, a esas alturas uno puede creerlo así, y está permitido dudar de todo). Pero sí con una honda definición de poesía como “paz que nos permite hilvanar los misterios disipados”. El verdadero título de la humanidad es y seguirá siendo: “Pinturas rupestres”.

La monotonía, la falta de juego sexual es algo que puede hacer fracasar al erotismo en una relación de pareja, al destruir el elemento de lo prohibido, toda vez que el bordado de imágenes, emociones, servicios y buenas voluntades que la relación estable o matrimonio requieren, ya son trabajo: con ellas se está ya ante otro mundo, que se identifica como contrario al erotismo: el del trabajo, lo aceptado por convicción en la sociedad pero que ya no transgrede nada, no va en contra de la primera prohibición. Sin embargo, si esto fuera así, si la disipación acabara el erotismo, ya se habrían acabado no sólo los matrimonios, sino también las parejas, toda posibilidad de relación sexual duradera habría terminado en cuanto todos hubiéramos abierto, por ejemplo, los desnudos de internet, y nos inclináramos por la novedad, lo sorpresa, el amor frívolo a lo no nacido, sin más recato al sentimiento nacido. Y no es así. Erotismo no es disolución de valores, ni desnudo es substitución real de lo que vendrá. Lo que hacemos aquí es de “falsos mortales”, con los que imaginamos prepararnos para evitar la muerte. Nos venden ilusiones, ideologías, desnudos. De esta manera: “Hacemos falsos mortales…/ sometidos a sueños misteriosos”. Todo desnudo atrae, mas es a una persona nomás a quien se dice: vuelvo a saborear la sal/ que la noche acumuló en tus pezones”. Y es la sola persona, no el conjunto, la que va a permitir y alcanzar y a la vez resistir el compromiso del verso: “Eres brisa humedeciendo sombras/ y los suspiros se alojan en la punta de tu lengua”.

 

 

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