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28.Oct.15

 
   

Carlos Santibáñez Andonegui

 

 

 

 

México, D.F.

 
     
 
 
LA POESÍA ES LA PUREZA QUE VUELVE A CASA
Reseña por Carlos Santibáñez Andonegui

 

Brisa Tapia, (Alma Rosa Tapia González), Nada mejor que el silencio, (Colección: Biblioteca de las Grandes Naciones), Libro digital número 72, ediciones Fraktal, Col. El Espejo Narrador, 2015.

 

 

 

Como una suerte de fidelidad infiel, los sueños emanados de niños en condición de calle, de vacío, vuelven por sus fueros y son, para ellos, para Brisa su colectora, para todos nosotros, trenzadores de Dios. El drama es de todos, no es de una sola edad o condición social, lo es de quienes esperan algo, que no llega, y en su lugar llega una rata surgida de quién sabe dónde, a establecerse en el lugar menos pensado y destruir ilusiones de conciencia, el drama de todos los humanos que a pesar de sentirse seguros, no tienen otro origen que el no origen.

Los sueños, si algo no tienen, es clase social; cortan por igual el infinito de ricos pobres que de pobres ricos. Son como el ave engullidora de fuego que bautiza Brisa como “Colorvida”. Lo que brilla en el libro es su acero, su fino acero, la literatura. Si para Wellek y Warren “literatura es toda letra de molde”, con Derridas nos queda aún más claro que escritura significa inscripción, y sobre todo, institución durable de un signo. En el relato final, sin duda el más cercano al horror, asistimos al drama de una especie que se vuelve indecible para el tejedor. No hay secuela, hay estampa, capricho, instantánea. Los personajes hacen como que viven, “verbalizan finanzas”, cubren oquedades, pero en el fondo guardan su secreto, y es que su vida está, como se dice ahora en el dominio de la red y la tecnología cibernética, viruleada. No los olvidaremos como esa Pureza que iba rumbo a su casa, por más que todos pudiéramos imaginar qué habría de sucederle, no los olvidaremos jamás porque nos hablan callando y gritan con la mirada.

Sin seguir propiamente un orden narrativo, hay cuentos bien estructurados, ficciones que no son envidiosas y dejan entrever el fondo, pero en el fondo lo que sucede es que están reflejando diferentes lecturas que desplazan su significado, para alcanzar una honda definición del ser humano, como el amor que persigue a la ligereza y luego, en esa dialéctica incesante pero confusa, la ligereza persigue al amor, esa es la secuencia lógica que vale por hilo conductor propiamente dicho que administre el relato en esta glosa de momentos terribles, pero imita la vida, por ello más que una lógica total, hay una galería de amor y de horror a la que crean digno marco los ilustradores Bárbara Bezina, artista de Buenos Aires cuya obra presenta una gran relación con la naturaleza; Jaime Santillán cuyo arte encontramos plasmado en las paredes del Centro Cultural Municipal de Atizapán, y Verónica Fernández, autora de valiosas exposiciones como Todas somos Adelitas, entre otras.

El lazo de unión es la experiencia de lucha que se agita hacia dentro, por descubrir la propia identidad. Todo son oquedades que se cuentan su historia. Soledades que en vano buscan pronunciar la voz que les atraiga el conjuro, como el hombre que va por aquella mujer a proponerle matrimonio evocando el tiempo cuando era niña y la recogía de la escuela.

El filo de la anécdota corta por sí mismo, el color, el brillo, el fino acero, todo desemboca en la terrible pregunta: ¿quiénes somos? Acaso personajes tallados sin escrúpulo en el estudio de algún pintor funambulesco. Y llegado el momento, nos abre paso un báculo. Una terrible flor de la experiencia que se deforma. El camino que han seguido secretamente los fluidos que llegan a nuestro cerebro no es otro que el del nombre de un cuento “Los surcos de la esperanza”; nuestro tiempo y espacio son como ese par de ancianos que se han quedado solos hacia la perdición. Parte de la conciencia humana acaba como el pintor que termina interactuando con ratas, exponiendo su piel a su textura y sobre todo, como si lo necesitaran las audaces fierecillas, alimentándolas. Pero todo eso es nuestro, podríamos aquí repetir tranquilamente la frase de Lizardi en el prólogo a su novela El Periquillo Sarmiento: Nadie crea que es suyo el retrato.

Algo de indecidible hay en todo esto, como lo hay en cada uno de nosotros, los que vivimos, y a querer o no con el significado que nos asiste en el pensamiento, vamos llegando a albergues o refugios donde, como en el cuento de Brisa, los hemos arrastrado entre oscuridades debajo de techos carcomidos. Así es nuestro ideal, nuestro anhelo, lo perdemos, lo creemos hallar reconociendo huellas en el lodo, es sólo un trozo de sueño que dormita entre sombras infecundas. Más allá está lo indecible, “la bestia”, y sobre lo indecible, lo indecidible a la manera que quería Derridas al descubrir su prótesis de origen, que es la de todos. Es como si de pronto en el texto, una voz no presente pero latente gritara: ¿dónde el origen, dónde la causa de todo esto? En cuatro piernas anda el juego viviente, al que en el cuento llaman “hálito de vida”, cuatro piernas son la mejor herencia para pasear un ideal que se vuelve roñoso y citando a Brisa “se queja con gran dolor, un dolor que a veces se confunde con aullidos de gatas en celo o animales pariendo”.

La vocación de examinar o revisar, empieza en el desencuentro: alguien quisiera hacer el amor, mas no es posible. Confiesa: “Me acomodé, y se quedó dormido”. El desencuentro tiene la palabra. Hay estructuras hechas de balde, escaleras que no se recorren nunca, que están ahí como de adorno, ¿pero qué no ha de haber si en el fondo se abandona una meta que jamás se entendió o quizás ni siquiera se le conoció?

La hija sueña ser una cruz que termina cayendo sobre su madre, para inmediatamente convertirse en carta, en cuaderno en el que se ha de escribir algo. No es la cruz parlante de los evangelios apócrifos, sino la cruz que sirve de prótesis, de origen sobre el cual se construye, la cruz del conocimiento, más allá del puro destruir para construir de Descartes, es la herida que aun ya cicatrizada, tiene permiso de mantener abierta su fisura, como esa queja que se queja a sí misma en la poesía de Milosw. Así nos internamos nosotros, de semejante modo que al vivir, en este ludibrio, donde lo paradójico se vuelve habitual y hacemos como las muchas cartas de la lotería, diversos papeles, por ejemplo el fanático, todavía más fanático que el que cree que Dios está en una estampa, es el que cree que tiene a Dios dentro del alma y por tanto se traga literalmente la estampa, lo que es todavía más absurdo que si se contentara con pensar que Dios está en una estampa pero sin necesidad de tragársela, aquí los dos contrarios, tanto el que cree el absurdo de que Dios es una estampa, como el que cree que lo correcto es tenerlo dentro de su alma, figuran sólo en calidad de excluidos de la contradicción, son los terceros excluidos de un drama real, el del que, sabiendo que sería más correcto contentarse con tener a Dios dentro del alma, tampoco estaría contento si no se come literalmente la estampa, lo cual es todavía más absurdo y además va contra la naturaleza el comer la estampa y por supuesto contra su salud, veamos este ramo de contradicciones no resueltas sino en una todavía más cruda y viviente contradicción, las improntas, los caprichos digamos por aproximarles un nombre literario que los acerque a clasificación, están unos como es natural mejor logrados que otros; son muchos para tener la misma calidad o el mismo nivel, pero todos apuntan a ser metáfora de paradojas existenciales que filósofos iluminados como Derridas y otros han proclamado con toda la honestidad posible, a propósito del ser humano. Por ejemplo aquello de que nos robamos a nosotros mismos lo que ni sabemos qué es, se ejemplifica en la fábula de las hienas que se alejan, espantadas, ante el acalambramiento que aun a ellas les causa el espectáculo de una rata hambrienta pero nutrida que se acerca a la presa. Nótese que está hambrienta, pero nutrida. Así nosotros cuando nos asombramos de la muerte, y nos acercamos con tanto miedo, estando bien nutridos con la vida, por ejemplo; las interpretaciones pueden extenderse al infinito…. Todos somos un poco como el hombre que se mete a una cueva tratando de ser el Superhombre de Nietzsche y en este sentido la crítica es al propio Derridas, lo que puede uno quedar convertido cuando empieza a imitar lo que odia, hasta que su prótesis de origen le demuestra que no es tan fácil trascender las huellas entre el vocinglero. La voz y el fenómeno. Así también el cuadro que invoca la sutileza de plomo sobre el tejedor, ese viscoso gusano que trenzaba letras bajo la lluvia. Tal vez la deconstrucción, sea más fácil que surja entre los desfiguros de la tecnología como en la ficción de la venta del llamado Virilman, el admirable Mastermind que funciona con una batería recargable. La gente siempre toma lo que ella cree que es lo principal y lo conecta en su auto, en su hogar, donde le sea posible, y nuestra vida actual se define por el imperio de la mercadotecnia tratando de atender las preferencias del consumo, en este contexto la palabra NO es inexistente, es así que el producto se agota, y entre más escaso, más sube el precio. La fábula tiene no poco qué aportar a este mundillo, como en el relato “Unión en sortilegio”, la fábula como un subterfugio de la humanidad para rellenar las fisuras, el objeto celosamente guardado que casi nadie sabe lo que es, pero que todos exigimos: “¡Dámelo”, con aquella voz ronca. El peso de algo que se desconoce y se parece a tantas cosas, capaz de acumular un siglo en la espalda de doña María. Cosas como la conciencia, la edad, que alguien nos diga “qué bonito nombre tienes”, hasta que la enfermedad, el tiempo, la desazón, vuelven a poner los elementos que nos forman en su lugar, y en este no lugar queda un letrero que dice solamente: “Urgente comunicarse a trabajo social”.

Hay una manera de decir, y no identificarse con lo dicho. De vivir, y no identificarse con lo vivido. Así, en el retrato de la lengua, se le asocia a una bestia que quiere escapar y a la que se mantiene siempre sujeta, encadenada a uno mismo. Hay un resto, que jamás llegará, lo indecidible. Es este resto, el que posibilita el sentido de las diferencias, pero por otro lado, resta clamando sentido, y es capaz de desaparecer sin dejar rastro, porque jamás ha sido presencia.

Tal vez el retrato humano que mejor complete la galería de horrores sea la pureza, y con él debamos quedarnos esta noche en que el libro sacude las entrañas para esparcir su vibrante mensaje. Llámese engaño, burla, desplazamiento, ignorancia, somos pureza. Pureza que va rumbo a casa.

 

 
             

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