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Sergio Alarcón
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24.Dic.2025
De la poesía de Sergio
Alarcón,
EL BAR DEL RELOJ
El bar
del reloj,
solfea
la partitura
de todos los senderos
y las habitaciones,
el balcón y
los maullidos
de la noche,
la agenda
de la lluvia
en el tiempo
amotinado
en el espejo,
frente a las calles
maquilladas
de melancolía
y baches
que se acumulan
en el corazón
del viaje.
En el cuaderno
de hojas
desencuadernadas,
la memoria
de los campos
de combate,
los cubiertos
del banquete,
los tatuajes
que flanquean
la tormenta
del instante,
entre el vaivén
de la ola
y el vuelo
de garzas
en los cielos
atrofiados
por las cataratas
de la noche,
frente al manantial
de lágrimas
y la fuente profusa
de presagios.
Frente al rostro
multitudinario
de las nubes,
acecha
la voz del trueno,
la escritura instantánea
del rayo,
entre barcos encallados
en la isla
de todos los lamentos
y la partitura
de las cuatro estaciones
de Vivaldi,
frente al réquiem
de Mozart
y los bocetos abortados
de Van Gogh
en la soledad
del abandono,
bajo el dolor
de la pólvora
y el artificio
que perfuma
la fiesta, la feria
en la alameda
de una tarde
de ilusiones
de Diego
y Frida Kahlo,
la voz de Sherezada
y el ojo y el oído
del rostro del verdugo,
vencido
por la pócima infalible
de las palabras,
allí, donde la voz
se abre, como las puertas
de los bares,
o los portones robustos
de las grandilocuentes
catedrales,
anfitrionas de batallas perdidas,
de faenas de laurel
y presidios profundos
de tristeza,
en la barra y
el confesionario,
ante la condena
que dicta
el rostro ajeno,
allí, donde, supura
el peso de la vida,
donde el cantinero
o la sotana, con su voz
de escriba o juez,
absuelve o sirve
otra copa de dolor
o de amargura,
como la condena
o el peso del rosario
y la angustia
entre las manos
de la huida,
ante el desfile
de la noche
y los submarinos
artillados, donde navega
Shakespeare,
ante el rostro enamorado
de Julieta,
entre las batallas
de lo azul y la miseria
de los calendarios,
allí, donde los parroquianos
y presbíteros, aturden
con su voz de bronce
y trompetas de plegarías
que se desvanecen
ante la sordera
de los dioses
…y el silencio
de tu ausencia…
allí, donde las botellas,
derraman, sin madurar,
vino adulterado,
agua con sabor
a esclavo,
polvo de paralíticas
voces de piedra,
allí, entre cruces,
los bares y el sagrario,
entre las imágenes
de angustia
de mortales santos,
convocados
por la ceguera,
por las campanas
y el piano que entona,
la lírica de labios
y el rosario
de tu nombre
que destella,
en cada paso,
en cada cuarto,
en cada fuente,
en cada rito,
en cada sorbo,
en cada ostia,
en cada esquina
y cada tramo
de la noche
que se eleva
en la escalera,
para alcanzar,
el fruto de tu rostro,
el puerto
de la travesía,
la soledad
de ojos embriagados.
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