La hipocresía de demasiadas instituciones y
gobiernos… y la mente del hombre globalizado
Hoy enfocamos el telescopio de la prospectiva independiente en un
fenómeno inquietante y cada vez más visible: la hipocresía de
demasiadas instituciones y gobiernos, y su impacto profundo, aunque
muchas veces invisible, en la mente del hombre globalizado actual.
Esta reflexión fue inspirada por dos artículos publicados en El
Diario de Madrid el 18 de enero de 2026: “¡Cuando
ya no hay nada que perder!”, de Bella Clara Ventura,
y “La
ONU: la dulce traición”, de Jesús Peral Viana.
En el primero, Bella Clara Ventura describe la masacre en Irán con
cifras estremecedoras: “los médicos estiman que los muertos llegan a
17.500 y los heridos a más de 330.000. Una matanza a ultranza que de
manera indiscriminada se llevó por delante a aquellos individuos que
se permitieron manifestar y decirle de forma desafiante un rotundo
NO al régimen de los ayatolás, que desde hace décadas mantiene a su
gente bajo el yugo de principios medievales.” Y agrega: “Silencio y
más silencio se escucha en Europa y por parte de los amigos de
regímenes del terror. ¡Cuánto doblez! Y los organismos
internacionales pierden el interés de opinar y condenar al gobierno
culpable.”
Jesús Peral Viana, por su parte, dirige la crítica hacia la ONU y
señala una larga cadena de inoperancias, omisiones y
contradicciones. Concluye con palabras tan duras como difíciles de
ignorar: “Cada día que pasa sin actuar, la ONU incumple la esencia
de su propia carta fundacional. Cada masacre ignorada, cada
dictadura normalizada, cada crimen relativizado, la acerca más a la
irrelevancia histórica y a la condena moral definitiva.”
Pero este escenario no solo define un mapa geopolítico. Define,
sobre todo, un mapa psicológico. La hipocresía institucional y de
muchos medios de información no objetivos y sostenida en el tiempo,
no queda en las cancillerías ni en los organismos multilaterales:
desciende lentamente hacia la subjetividad colectiva y modela la
mente del hombre globalizado.
El ser humano contemporáneo vive expuesto a un flujo permanente de
tragedias, datos, imágenes y consignas morales contradictorias. Sabe
que el mundo se ha vuelto pequeño, interconectado e inmediato, pero
experimenta su vida interior como dispersa, fragmentada y saturada.
La cercanía virtual de todas las catástrofes no ha producido mayor
responsabilidad ética, sino con frecuencia una anestesia emocional
progresiva. La sobreinformación no ha ampliado necesariamente la
conciencia; en muchos casos la ha vuelto errática.
Desde una mirada psicológica, esta mente globalizada oscila entre
dos nostalgias inconscientes. Por un lado, la del hombre primitivo:
una existencia delimitada, un mundo comprensible, vínculos directos,
amenazas visibles. Allí la identidad estaba sostenida por la
pertenencia y la inmediatez. Por otro, la herencia del Renacimiento:
la confianza en la razón, en el progreso, en la armonía posible
entre conocimiento, ética y destino. Un tiempo en que se creía que
el saber podía ordenar el mundo.
El sujeto actual mira ambos pasados sin habitarlos. Carece de la
simplicidad estructurante del primero y ha perdido la fe
organizadora del segundo. Habita una época donde la abundancia
tecnológica convive con un sentimiento difuso de herida, donde la
velocidad reemplaza a la comprensión y donde el progreso se ha
vuelto una palabra ambigua, más asociada a poder que a sentido.
En este contexto, la hipocresía de gobiernos e instituciones no es
solo una falla política: se convierte en un factor patógeno. Cuando
las instancias que deberían encarnar límites morales, justicia y
protección de los inocentes se muestran selectivas, tibias o
funcionales al crimen, el mensaje implícito que recibe el ciudadano
global es devastador: nada es del todo verdadero, nada es del todo
condenable, todo es negociable.
Así se configura una mente colectiva que se informa, opina, se
indigna fugazmente y luego continúa. Una mente que alterna la
hiperconectividad con la desconexión afectiva. Una mente que corre
el riesgo de adaptarse a la incoherencia y la hipocresía, como si
fuera el estado natural del mundo.
Tal vez el mayor peligro no sea la hipocresía institucional en sí,
sino su normalización psicológica. Porque cuando el engaño se vuelve
paisaje, la conciencia deja de protestar. Y cuando la conciencia se
acostumbra, ya no estamos frente a una crisis política, sino frente
a una mutación silenciosa del ser humano.
ERNESTO KAHAN
Prospectiva independiente
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