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Carlos Santibáñez Andonegui

 

 

 

 

México, D.F.

 

 

 

 

 

 

     
 

17.Mar.16

POESÍA ES DARSE VUELO Reseña por Carlos Santibáñez Andonegui
  
 

 

POESÍA ES DARSE VUELO
Reseña por Carlos Santibáñez Andonegui 

 

 

Alfonso Badillo Dimas, Cometa, edición: Susana Cerda y Beatriz Gaytán, Premio de Literatura Manuel José Othón de Poesía 2013. Gobierno del Estado de San Luis Potosí, México, 2014.

 

 

La alegría de volar una cometa es tanto una vivencia ligada a la poesía, como al impulso social. Se sabe que el papalote, al principio de los tiempos, sirvió para mandar mensajes de guerra, en oriente. El Cometa 11 del libro que nos ocupa, airoso cumple un contenido social. Para armarlo, su hacedor eligió la hoja gigante de un rotativo que anunciaba: “Halcones asesinan estudiantes”. Estamos en poesía. Todo esto no es casual. No es casual que el papalote así construido, vaya a parar a la maya ciclónica de un cuartel de soldados que resguardan un campo petrolero, y ahí revienta. Esta patria nuestra explica no pocos de sus casos más amargos y secretos de estado por vía del petróleo, regalo que el diablo escrituró a México, ¡oh López Velarde! La honra de contar el secreto le corresponde a la poesía. La elegida para reunir fondo social sin perder su forma de belleza. El nombre del diario con el que se fabricó el papalote de marras, era “El Mundo” de la tarde, lo que deja al poeta, por fin, en condición de decir:

Una hoja del mundo de la tarde

fue la elegida

Lo más, en este mundo, se logra, sin salir del aire, y el aire puede más que todo el mundo. Gracias a él, el mundo echó a volar cometas por un afán de remontarlo, vivirlo, devorarlo. Uno de los nombres hispanos de las cometas: papaventos, literalmente significa “comevientos” o “tragavientos”. Cuando parece que ya todo está dicho, el aire es quien revela que apenas hemos empezado a decirlo, y más si se convierte en aire en movimiento: en viento. Para muestra, este opúsculo del poeta potosino Alfonso Badillo Dimas: Cometa, merecedor del Premio de Literatura Manuel José Othón de Poesía 2013, recopilado por el gobierno de San Luis Potosí dentro de la valiosa colección: Premios 20 de Noviembre.

En el aire se toman las mejores lecciones. Con la imaginación. Como expresa Neruda: “el mundo es una esfera de cristal,/ el hombre anda perdido si no vuela”. El poeta, dicho con palabras de Rafael Pérez Estrada que nuestro autor enmarca en epígrafe, es la bobina del hilo de las cometas. Hay cometas profetas que ven hacia el futuro y cometas dolientes que ven hacia el pasado. Ya decía Agustín Yáñez respecto a su episodio del cometa en su Flor de Juegos Antiguos: “Pienso que Tagore está presente en el episodio del cometa que vuela”. El Cometa 16 de nuestro libro ha sido baleado por un paria con resortera en mano. Los objetos poseen una función primordial de recipiente o vaso de lo imaginario. Por Baudrillard sabemos que detrás de cada objeto real hay un objeto soñado, mas lo es por el sueño que soñamos todos, que nos uniforma para mejor controlar y vender lo que convenga vender, aun lo sublime, buscando lo desechemos pronto para después volvérnoslo a vender. La cometa escapa a ello, creo. A la verdad imaginaria del objeto que nos impone el automatismo, una cometa es alguien a quien consultar, a quien tomar en serio, con esa majestad que es la poesía. Es ese: ¿Adónde irá?, que escapa al milagro de la perfección que está muerta, de la perfección de moverlo todo en tierra con el menor esfuerzo y resortera en mano.

Con Badillo Dimas, el buen poeta como el buen cometa es “hijo del aire puro”. Mariposa del aire. Volar es asunto de libertad y libertad, es asunto de aves. Planeamos mientras vivimos, si alguien puede firmar por la naturaleza humana, es el oxígeno, que es, como explicó Bergson, el elemento a partir del cual se construye la memoria, y a menos que creamos que esta ligera masa de agua y aire que nos habita va a tener el mal gusto de borrarse en una mueca absurda bajo la tierra, tendremos que estar de acuerdo en que un abrumador futuro que nos espera al salir de esta tierra, lo pasaremos, ni más ni menos, en el aire. El aire del que hoy nos creemos dueños y aseguramos tener bajo control una y otra vez, volviéndolo inocente pasado, al respirarlo, justo en la medida en que asegura el autor: “La cometa dormía bajo mi catre”. Por eso el poeta deja para el final del libro la historia del viento, narrada en labios de la tía Francisca, “señora y madre de todos los papalotes que alguna vez existieron a lo largo y ancho del universo”. Y el viento, se sabe al fin, es alguien que llora.

Cometa es un libro que accede a la poesía, mediante un motor comprobado de ella: la perspectiva aérea. Vivir es estar en el aire, pararse a tocar en él la esperanza, donde se corporiza el poema. Casi al terminar la tarde, al Cometa 24 en un campo de futbol lo vemos lentamente elevarse y el poeta lo nombra pájaro sin alas. Reconoce Mario Alonso en el prólogo intitulado “Guía para locuras previsibles”, que “el vuelo permanece en vuelo en cuanto a vuelo porque la palabra vuelo es nombrada, el vuelo sigue en vuelo porque es renombrado”.

Si cultura es la huella de todo lo que hacemos, continuidad de algo dice Mario Alonso, aquí en la tierra se quedará nuestra manía por encontrar sus nudos. En el cielo, los nudos se desatan y el espíritu, cual la cometa, vuela. De eso estamos hechos, dice Swift: un vuelo de cometa sobre la tierra en fuga, como el autor también asume en epígrafe. “Te fuiste al camposanto del aire”, sentencia el poeta a una cometa que se perdió. ¿Y qué otra cosa es el poeta –preguntamos nosotros- más que una cometa que se perdió, que se fue del lado del aire? Al Cometa 25 esto le sucedió. Por esto se dice de él: “su color era un crepúsculo”.

Del cometa perdido, atrapado en el crepúsculo, el poeta predica como de toda persona “sigue siendo un misterio/ el duelo que enfrentó/ con el aire”. Mas el poeta perdura, permanece, cae para arriba; su destino es perderse para este mundo que lo vio nacer, y desaparecer “entre bóvedas de nubes”. No es lo mismo en el barrio de los muertos, donde despiertan todos iluminados pero de qué les sirve celebrar, si lo que los cometas adornan, son cables de energía eléctrica.

El Cometa 50 equivale al ejemplo clásico de Eros cuando es picado por una abeja en la poesía de Anacreonte. –Si te dueles del picor que su veneno te causa, -consuela Venus, su madre- imagina el daño que tus envenenados dardos prodigarán a los mortales. En el ejemplo de Badillo el poeta se deja picar por los insectos que van con su cometa y lo padece a tal punto, que nunca más repetirá la historia. Cuando se es poeta o cometa surge una pregunta: ¿Quién podrá detener la caída inevitable?

A la hora de lanzar la cometa por la patria, surge un cruce de identidad con la pareja. Ambas se experimentan a partir de la noción de intimidad y, por decirlo así, dos contra el mundo: cada uno, sin que nadie pueda arrebatársela, hace su patria y su pareja. Se da vuelo. Allá perdida entre el silbido del tren carguero en la madrugada o el aullido de luto de los perros, en la profundidad del remolino sin retorno, en la noche que no logra acabar con la tristeza, construye su nación de solidaridad, su noción de compromiso de honestidad sin concesiones, que tiene que ver con el misterio de la individualidad intransferible, tal, que haría imposible compartir el concepto con quien no esté a la altura, con quien no lo merezca, así sea el señor feudal, la señora su esposa, o la reina, o el rey, o el Emperador. Cuando se apartan del bien me reservo el derecho a defender yo mi patria, en esencia la misma, mas sin ser la de ellos. Y es en tal convicción de hacer su propia patria o su propia pareja, sin salir del escudo, pero sí de los dominios del odio, del fraude que provocativo extiende sus alas más allá de las alas bienhechoras del águila, que el poeta, cual la cometa puede volar, y eso es lo que hace decir al volar la cometa del día de la Independencia nacional: “Luego vino la lluvia/ y el águila seguía en lo alto/ con sus alas abiertas/ poco a poco la hice venir hasta mis manos/ le hablé suave en silencio/ hasta concluir de enredar/ la madeja de hilo negro./ Cansada de planear/ la llevé a su nido”.

Es la herencia, el legado. La luz del rayo conductor de la tristeza. “La libélula azul cobalto/ detenida en el hilo de rojo atardecer”. El valor de lo aprendido tras graves decepciones. A la patria hay que quererla, pero también hay que curarla. A la pareja, consolarla. Porque el poeta sabe que el papalote playero que le habían prometido, brilla como un recuerdo imperecedero al final del libro, pero es pura utopía. Para poder caber en esta realidad, y quedar adentro, un papá piadoso podrá hacer creer a su hijo en reyes magos, pero la realidad enseña no es posible arrancar el vuelo sin partir de la arena, sin correr sobre ella. Lo que es posible, en cambio, es dejar huella, justo en la medida en que Eluard proponía: “Escribe lo inmortal sobre la arena”.

A espaldas del poeta las cosas se despiden. El aporte poético reside en que, ajustado el mundo a su innegable condición de cometa, adquiere ese terrible resplandor que flamea en las despedidas. La vida es algo que siempre se va, nos va dejando atrás, todo son etapas que se van quemando una a una, como esa infancia de la que Alfonso expresa: “La infancia se perdió/ en medio de los peces”. Al venir el otoño podemos decir, de la vida, se nos fue yendo con su adiós, y un día: “llegó la noche/ perro dormido”…

Al superar etapas vamos recibiendo los nuevos símbolos, las nuevas claves con las que la juventud se hará cargo, así nos parezca incomprensible o extraño. Como sea, la cometa es la magia, y habrá que descifrarla a través de nuevos signos: la Mujer Maravilla, Kalimán, Hulk y el Hombre Araña. Alfonso Badillo Dimas, maestro, formador, poeta, lo sabe como el que más y se adelanta a exponerlo; la juventud y su forzada aliada la infancia, se aprestan a volar su papalote, y ya decía el Cometa 37: “La vida es un papalote”. El turno es de esta grey alborotada, a la que los cometas se adhieren sin pensarlo, y lo riesgoso es que otra vez, poco a poco, los cometas empiezan a tomar altura. El aguacero pondrá a prueba su bravura: todo lo que el cometa requiere son esas manos “para levitar, una vez más”.

Y llegamos así al ser del poema. Hecho del corazón de las palabras, hechas del corazón de las cometas perdidas en la bruma, que retoman el vuelo una vez más. Ya tenemos la magia del conjunto: De nuevo en la palabra el hechizo se ha cumplido, las cometas vuelan y revuelan desde la lejanía de los años y los sueños. Algo que ha trasladado el color a las cometas, seguirá aleteando por todo lo que reste de la tarde. Algo como volar. Y se tiene la vibrante impresión de que en todo momento se repite una parte de esta historia, o va a comenzar.

 

 

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