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21.Abr.15

 
 

 

         
  Carlos Santibáñez Andonegui

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

JAIME LABASTIDA: POESÍA EN HIERRO METEÓRICO

 

Jaime Labastida, Animal de silencios, 1ª. edición 1996, (Col. Letras Mexicanas) FCE, México, breve aproximación de Carlos Santibáñez, 12 de abril de 2015

 

Una aproximación a Jaime Labastida

 

Por: Carlos Santibáñez Andonegui

 

“El único dios que puede ser propicio a los poetas es el Relámpago”, escribió René Char. Cuando la luz es intensa, desde nuestra condición humana tiende a hacerse pregunta. Tal vez la pregunta por qué sea la más llena de luz.

En el Atharva Veda es donde la luz se ve en su forma más plena, de luz de oro que al parecer sí tiene el poder de deshacer cuando menos en parte, el lado amargo de las cosas.

¿Qué es la alegría?, no es como creemos, niega una buena parte de lo que nos ha tocado vivir, o hemos aceptado como nuestro y al polvo volverá.  La verdadera alegría, si existe, tiene que ser tan fuerte que es capaz de romper lo que creemos, nuestros mitos, nuestras fantasías. La alegría, esa terrible desconocida, que el poeta Jaime Labastida recibe en un poemario con el adjetivo feroz, y lo titula: La feroz alegría.

En realidad es lo que siente el hombre cuando va tocando el bebé que crece dentro del cuerpo de su mujer. Esa es la feroz alegría. Nos agitamos en medio de lo vivido, el tiempo, dice el poeta, “El tiempo entierra dedos, encuentra su derrota”. Pero ese mismo tiempo, suena a fósforo metálico. ¿No dijo Gonzalo Rojas “soy creado en fósforo, la materia es mi madre?” Total, es lo mismo. Citemos al maestro Jaime Labastida en su poema “Plenitud del tiempo”: “El tiempo rasga muertes,/ por débiles, sonoras. El fósforo/ metálico, ¿qué ha de ser, si no/ tiempo? Helada, inmóvil, pasará/ la tierra…”

Si el hombre es fruto del hierro meteórico, su compañera, la mujer, es eso mismo, más un “plus”: un algo de luz: “Tallo tu imagen de carbón/ y es fósforo,/ sol, óxido el que brota/ de esta chispa de luz”.

Con Labastida  ya vimos que hay un duro maestro: el relámpago. Un golpe de relámpago deja entreverlo todo. Montes de Oca al morir la autora de sus días establece: “Algo que parte al rayo me ha partido”. Y Labastida declara: “todos los hombres somos seres tristes, incapaces de comprender la historia que la muerte escribió cuando nacimos”, pero si siguiéramos a fondo la tristeza, caeríamos en un desperdicio, es hipócrita, por eso dice Jaime: “Lo que importa es vivir. Encontrar las posibles razones de la Vida”.  La victoria no es individual, sino total, porque es del pensamiento, es de todos: “Hablo en plurales giros/ porque plural o universal me siento”./ Y luego reparto mi alegría,/ tal vez sin alma,/ lo cierto es que sin cuerpo,/ pero conmigo adentro”.

El relámpago es útil en poesía porque su velocidad no puede ser otra que la velocidad de la luz, clave de la acción, por eso decía Valery: “solamente en la acción hay alegría”, pero esa precisamente es la feroz alegría que nos propone Jaime Labastida.

En su juventud, el poeta ve crecer y desarrollarse en la ciudad, la arquitectura de enormes edificios que rascan el cielo, esto se vuelve predicción violenta en el poema “Música contra la tormenta”, de lo que ocurriría casi veinte años más tarde en el terremoto que inclemente asolara, a la ciudad de México: “la torre se inclinará sumisa ante la tierra/ en su antigua nostalgia de catástrofe”. Pero esto, en buena hora, es también una lección, lección de un ebrio que canta, confiado y verdaderamente ebrio de luz, altera la estructura de la muerte y esto va a dar a un poema en el que Labastida afirma: “Canto sobre los huesos de la tierra”.

Todo esto es mecido desde alguna parte, y es tan antiguo como el drama humano, en torno al cual asume el poeta fieramente alegre: “La música del mar movía aquel barco”.

Con palpable razón ha autorizado la crítica aquella semejanza de propósito que uniera en su principio a los miembros de La Espiga Amotinada, porque este mismo afán de rehacerse al deterioro, lo expresa a su muy peculiar, muy otro estilo en aquella invención verbal que le caracteriza, el poeta Jaime Augusto Shelley: “Seremos tiempo anudado a nuestros huesos”, en su poemario Hierro nocturno, incorporado también al libro colectivo Ocupación de la palabra, donde el poeta Oscar Oliva en su poema intitulado “Mientras tomo una taza de café”, reconoce: “Si he dicho soledad árbol o cieno,/ fueron palabras imprecisas para extender mis brazos,/ para darle un vuelco al reloj y mostrar su desnudez/ y sus caminos/ He tomado conciencia de mis obligaciones/ y he querido dar a los hombres nada más un relámpago”.

Es en la Ocupación de la palabra donde pienso anida el vínculo toral de los espigos. No en balde ha reconocido la crítica, el arranque escritural de Eraclio Zepeda, “en una poesía singularmente llana y próxima a las cosas de la tierra”, naturalmente entreverada con la magia del narrador en Benzulul, y esta proximidad de motivos alienta en su poemario Relación de travesía dentro del colectivo Ocupación de la palabra, en que dice a su amada: “Eres la mar profunda habitada de sorpresas”, y también la conmina: “Ya no puedes partir, eres la tierra… por tu talle hasta el sol se desarrolla… Todo lo contemplas y asimilas,/ me hurgas por adentro y yo te entiendo./ Calculo tus pisadas por mis venas…”

Por cuanto hace a Bañuelos, ya desde La Espiga Amotinada atraía la existencia como:  “¡Oh, exultación del mar sostenida en el resplandor!... ¡No más que olas somos! Nos levantamos brevemente/ para seguir siendo mar”. (Puertas del mundo).

Pero una diferencia que hace a Labastida, es que en su poesía la muerte no esté ajena a su carácter de lección suprema.  Y aquí, a querer o no, el poeta se inclina a la buena noticia evangélica de que la muerte no existe. Lo que menos pretende decir el propio Labastida, pero se intuye: que la muerte no es una ley de la vida, o quedó abolida por aquel que la retó en la cruz.

Todo esto se sabe, a través del relámpago que es nuestro amigo o enemigo pero definitivamente es algo nuestro que contemplamos a través de la lluvia. Aconseja el poeta en La Feroz Alegría:

 

Huele la lluvia.

Mira cómo de la tierra asciende

ese pesado olor del protoplasma.

Mira caer cenizas, polvos y desgracias.

Mira cómo las lluvias obstruyeron

los albañales de los aledaños.

Mira cómo la lluvia cae sobre los pájaros,

cómo los hombres, trapos sacudidos,

oscilan por una ráfaga de viento

a la luz de ese único relámpago.

 

Pues bien, ese relámpago, ese único relámpago que vale por todo, que enseña el camino por donde vamos a ir, tiene un rostro, es la feroz alegría. Desde nuestra pequeña condición humana, lo define el poeta: “Su rostro es una bronca blasfemia”. También es la ciudad. En un par de versos magistrales, feroces, pero alegres, arremete el poeta: “Es la ciudad de México,/ que anuncia su verano”. “En la ciudad florece un ángel”, titula el poeta, dócil a la influencia de Rilke: “Aparece la muerte. Todo ángel es terrible”. Le preocupa el dolo de los mercaderes, al apropiarse no ya de los botines de guerra, de palacios, de templos, códices mixtecos, urnas de granito donde estaban las momias de Ramsés o Nefertiti, sino el saqueo de pueblos, de países, de naciones. Y peor aún: la venta de las ideologías. Los humanos componemos ídolos, estatuas, juramentos, y no se sabe ya si en un momento el riesgo de perderse estas conquistas del cerebro humano, es superior al riesgo de perderse aquello con lo cual se conquistaron. ¿No a la señora superflua de intocados encantos baudeleriana, a la muerte, había dicho Manrique desde sus Coplas:

La cava honda, chapada,

o cualquier otro reparo,

¿qué aprovecha?

Cuando tú vienes airada,

todo lo pasas de claro

con tu flecha.

 

Pues así Labastida se pregunta en su poema “Hielo”, sin que podamos discernir si la pérdida, sería más grave en lo humano de una persona, o en lo poderoso de un símbolo y todo parecido a una estatua: ¿Qué podría reemplazar/ una pierna perdida?, y la ironía se profundiza en: “No tiene precio el ojo”. ¿Cuál ojo? Por el contexto se sabe que es el de la pieza maya cuyo traslado en tanto mercancía de un país a otro por avión, estremece al poeta. ¿Pero en realidad no es también el ojo cuya historia hizo Bataille, o de algún modo el ojo que nos mira?, y que de todos modos permanece ahí “ante el azoro de los visitantes”. En esta hora de vivir, dice el poeta: “me entrego al desastroso juego de mirar”.

Cuántas ideas brotan del poema: los animales son ellos mismos el tiempo. La búsqueda de ancestros humanos o animales históricamente desaparecidos, que ya no están mas su recuerdo sigue estando ahí sirve a un ambiente de eslabón perdido en que el poeta lanza la pregunta de qué fue de aquel hombre que tenía por cabeza un espejo, del otro que caía en forma de relámpago, del hombre ya jaguar, de la mano que hizo Las Meninas, y siguiendo el paralelismo con Manrique (“¿Qué se hizo el rey don Juan?”), repone el autor en su poema “Zoología en extinción”:

 

El tigre del ocaso, el cielo en ruinas,

El tecolote en llamas, el pez serpente,

El huracán de plumas, piedras desmoronadas

En los murales ciegos de los años,

¿en dónde están?

¿Por qué agujero de las horas

escaparon el hombre guajolote,

el venado del sur, el cocodrilo

embalsamado? Y el águila que cae

en un incendio atroz toda la tarde

lenta, larga, ¿qué se hizo?

 

El sol es nuevo cada día, sopla Heráclito al oído del poeta. A esta virtud el ser humano es hechicero de lumbre. Pero hay una humedad dentro del fuego, es el amor. Y la enseñanza, con Labastida, es que el amor es un más allá de esta vida. Gracias a él, la vida no es mentira. No hay dolor que merezca al amor, no hay pero que valga, solamente el valor de un hechicero de lumbre que oficia: “Siento dejarte./ Siento que te dejo,/ y al despedirme/ algo de mí se va,/ algo de mí se queda/ adentro de mis huesos”./ Siento tu danza./ Siento tu guerra así con el espacio,/ y desvanezco sueños/ y piso realidades…”

Todo nuevo día, toda semana, todo principio de estación, toda vuelta a empezar de un nuevo año ha de vivirse con Labastida a partir de este centro, el centro del año, el centro del mundo, el centro de todo lo imaginable:

“Mis huesos quieren danzar/ en ritmos de alegría”.

 

 

     
 
             

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