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10.Dic.14

 
 

 

         
  Carlos Santibáñez Andonegui

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     
 

MI ESCUDO: EL POEMA

Carlos Santibáñez Andonegui

 

Sergio Alarcón Beltrán, A Mar Abierto, antología de autor, Sepia Ediciones, México, 2014. Reseña de

 

La lengua de la poesía es aquella para la cual no hay palabras aprendidas con anterioridad. Por eso se ha dicho que la poesía toca la “cosa” de las palabras. Hay un corazón que espera ser nombrado en vinculación con la piedra. Sergio Alarcón Beltrán, en su antología de obra propia A mar abierto, recoge ante todo fragmentos de su libro Piedra de todas las edades. Dice Novalis: “Hay en la piedra un signo enigmático,/ grabado en la profundidad de su sangre,/es comparable al corazón…” Así la piedra acumulada en santuarios, la observada por Víctor Hugo en Notre Dame, es esa “roca madre domadora del tiempo”, que enaltece el poeta, cuya paciencia colecciona piedras,  o aquella “piedra erótica” que el pensamiento nombra entre ramilletes de rosas, y es así como después nombrará el día: el erotismo de la flor. Caillois, en su libro: Piedras, afirma que “en el corazón de la piedra mora un diseño espléndido”. La humanidad con su secreto en medio podría definirse como “diseño en piedra”. “La mano te sabe, te toca”, dice el poeta en su intenso monólogo con la piedra, arraigado en la “piedra de los lamentos”, en la piedra estallada en los bombardeos cuando el odio descarga contra la humanidad asesinando cuerpos, “generosas rocas de edificios”, y pregunta el poeta: ¿y la conciencia?, a lo que tristemente se responderá el mismo: “la conciencia, árbol de imaginación”.

En lugar de estar sin afecto, insensible, la piedra de ese corazón sería una concentración extrema. Es ahí donde Nancy ha discutido la observación heideggeriana de que la piedra es “sin mundo” y permanece en un más acá de la diferencia entre la indiferencia y su contrario (Derridas), y a esa pasividad que no es tal, sino en la medida en que, desnuda está, fuera de sí, se ha consagrado en cuevas con su legendario arte rupestre, la piedra del Taj Mahal o la ciudad de Petra.

En otro de sus poemas, “Lagometamorfosis”, del libro Canción de lluvia, se deja conquistar por Tenochtitlan, que nostálgica eleva sobre el actual D.F., su “Región más transparente del aire”. Todavía los “volcanes coronados de nieve “, el canto de los pájaros, el nocturnal concierto de chapulines y ajolotes milenarios, “los enamorados que tejen en el beso, la oración precisa de sus brazos”,  hacen crear a la mente la imagen de mujer, la primera migración de sueños en bandada, “Venecia de las Indias”. De la piedra del sol a la piedra del hoy. No en balde otro libro de poesía sobre la piedra, Espera la piedra, de Oscar del Barco, ha dado origen a un ensayo intitulado: “De Dios a la piedra”. Y al dar cuenta de la simplicidad de “La piedra del río”, el poeta peruano José Watanabe, nos hace pensar que la tautología de la piedra que es piedra, recuerda la del lenguaje que es lenguaje, donde la reiteración quizá nos indique algo más que una simple redundancia y sea otra señal hacia lo simple que nunca es simple.

“Me llamo a gritos, dice el poeta… de la cantera de diamante emerjo/ como el ave del sexo de dos aves”, emerjo desde las profundidades de mí, forjo en la perseverancia del sol/ el canto que escala las cumbres.” Y en ese despertar, “me sé de voces, me escucho, converso, soy amigo de mis labios, me sé en mí, en mi equipaje fiel de huesos, valle de la carne…” Sentirse umbilicalmente unido a la tierra, es más que una bella metáfora. Hay algo más allá del concepto patria, y es el concepto matria. La humanidad ha olvidado su matria, su madre y útero primigenio, se ha reducido a habitar fronteras geográficas, reduciendo el concepto de matria, al concepto de patria. La matria en la que se sustenta toda patria es la madre tierra, nuestra gratitud hacia ella nos regresa a lo que somos y de eso depende nuestra salvación como especie. Esto se ha ligado a la toma de conciencia en algunos países sobre todo en Cuba que por ser una isla facilita la noción de apego a la tierra, y de defensa de los ideales que no son los del American way of life. En la poesía de Sergio, hay el cuidado por reorientar el patriotismo a una mayor solidaridad. “Mi matria eres tú”…, retoma: “Dios pecó en tu desnudez. Se enamoró de ti, del erotismo que derrota a todo ojo/ de tu sexo, de tus labios, de tus pechos,/ de tu rostro. De tus glúteos, de tu voz… de la marina brisa de tus ojos. // Tú, te enamoraste de él./ Del dios creador del polvo de las estrellas…. La manzana cayó/por la gravedad de tu belleza.”  Es así como nos da esa poesía de luna llena, palabra hechizada, voz de seda… que ha nacido para cobrar un día su lugar de honor que le corresponde entre las letras mexicanas, con todo lo que de reivindicación hay en ella, no sólo de voces propias, sino ajenas.

El impulso social resuena en la poesía …. Que el autor compone a dos voces con la poeta Cristina Sánchez López:

La tarde viuda, que ya apesta

apedrea los barcos

los quiere hundidos,

los nombra en vano:

amarga vida, grito enterrado

en las pupilas de los ahogados.

Viene después la selección de Imperio de Miradas. La mujer de agua vive en el Museo de Louvre cual verdadero “puerto de miradas”. “Ramillete de aves” que invade la ciudad de la razón: Mujer de agua,/ rescata el naufragio de la nave,/ que expire, en la isla de tus labios. 

A Mar abierto es sangre de América Latina, y ella la recuperará. Postula una vuelta al imperio de la imagen, más allá de la pura poesía del lenguaje o el furor de la poesía oral que han asumido las nuevas generaciones. La poesía de Alarcón Beltrán es intento por dejarse envolver en la espiral de las palabras, logra recuperar cielo y mar: Versos transparentados del vaso de unos ojos marineros: “Vuelvo al mar…/ cruzo el puente que tiende tu mirada,/ encallo en la vehemencia de tu rostro,/ navego el arrecife de tu cuerpo./ De ti parto. A ti vuelvo.” Nos integran los mismos elementos que hace millones de años constituyeron el universo. De ahí surgió la vida para, posteriormente, evolucionar hacia formas más complejas que colonizarían el planeta. Estamos hechos de un verdadero polvo de estrellas. Lo celebran estos versos salidos de árbol de soles en busca de “la presea dorada”; etimológicamente la materia es el centro del árbol, la materia dura, cántaro que resguarda “Bajo sol, el Sahara de las manos”, escudriñando así el endecasílabo, dejándolo en brazos de otra magia, la del dodecasílabo, tan cara a Darío: “los demonios del violín Stradivarius… la amorosa disciplina de los dedos”. Es así como debe de escucharse el concierto “en nombre de tu nombre”, la soberanía erótica de la materia: “Amoroso pincel desnuda tus encantos,/ numen del arte,/ agua fresca, cuerpo bien amado”.

La amada es “Voz de luz caritativa”, y a ella le dice “Sabe a vida el cantar de los relojes,/ sabe a ti, la vida.” Es aquello que hay que decir, con Alarcón: Tu cuerpo se acumula en mis labios, como el sabor y el néctar de la orquídea/ como en el pueblo, las campanas del domingo”.

Foucault en “El pensamiento del Afuera”, nos dice que existe una mirada particular respecto a la noción de habla poética. Tal vez sea una mirada de renuncia a lo otro, a los conceptos vanos de bueno o malo: a la herencia. En el libro antologado: Flor de Cáncer, del poeta Alarcón: “Renuncio la herencia”: ‘renuncio la custodia/ que generación tras generación/ unge en la frente la boca de mis padres”… ‘me quedo con los atardeceres, con la luna llena/ y las luciérnagas estrellas que incendian y adornan la obsidiana, me quedo con una flor en la mano, con un poema en los labios”.

me quedo con las semillas

de todos los frutos, con las letras

de todos los poetas, con los sueños

de todos mis hermanos, con la sonrisa

de todos los niños, con el erotismo

de todas las mujeres, me quedo con la sangre

construida en la humanidad

de selectos astilleros…

Agamben (El lenguaje y la muerte) sostiene que para que exista lo decible, el lenguaje presupone lo indecible: “el ser dentro de un afuera”: la voz. El lenguaje custodia lo indecible diciéndolo. “Me quedo con las monarcas alas/ que peregrinan la inmensidad del cielo”. Y en el poema a dos voces, con Cristina Sánchez López: “No se lo digas a la mar”: “No se lo digas a la mar esta noche,/ pero hay pieles viejas y nuevas…// No se lo digas a la mar esta noche. Pero el corazón/ se vuelve hierba mojada por la inocencia./ Hay un rumor de trueno en la voz de marzo/ y la fragancia de las piedras que se agrietan/ para guardar la raíz de nuestro barro,… El silencio es un amante de las noches de marzo.”

Blanchot nos habla de una “presencia sin presente” para explicar el habla poética. Uno de los misterios del lenguaje, es que sólo desviándonos, estamos autorizados a mirar. “Renuncio la herencia, padre,/ sin embargo, acepto los diamantes,/ las semillas de humanidad”. “De nuestra propiedad, declara el poeta Alarcón, de nuestra propiedad/ sólo, la divisa del instante”… Lo demás es la magia de ignorarlo todo. Es estar tan cerca de las cosas, que para saber qué son se tiene que dar un “verdadero salto en la obscuridad”. La pobreza de nuestro lenguaje es porque siempre habrá algo que no pueda nombrar. La inmediatez excluye lo inmediato. El pensamiento del afuera es distinto del pensamiento del adentro en donde está el grito que se abre a la “noche animal íntima del mundo” (Bataille) El pensamiento está en aquel límite que define Derridas: “justo en el límite en que la filosofía tiembla”. Así, en “la voz de un ángel”, inspirado por la poeta Cristina Sánchez López, dice el poeta que “en el instante más crudo y lento/ de las manecillas del reloj… como un temblor que todo lo derriba, ante el propio peso de la ruina… la voz de un ángel ungió mi nombre”.  Escribe Alarcón: “La pequeñez del hombre respira miedo”. Esto es, el hombre ve al mundo a través del lenguaje pero casi no ve el lenguaje. En la Biblia hay un cazador por excelencia, el gigante Nemrod, al que la tradición le atribuye el proyecto de la torre de Babel, cuya sima debería tocar el cielo. Mas como Dios mandó a Babel un castigo, es de suponerse que la caza de Nemrod tuviera que ver con el perfeccionamiento artificial de la única lengua de los hombres. En la poesía de Alarcón hay un poema donde plantea…………………

soy un gigante

… emerjo desde las profundidades

de mí, desde los fragmentos que sé

se agolpan en la ribera de sangre,

de la cantera de diamante, emerjo,

como el ave del sexo de dos aves.

En la literatura actual, parece que se quisiera olvidarnos de las palabras. Buscar una forma de escribir que reconozca el terco deseo de una experiencia sin palabras. La palabra literaria se desarrolla a partir de sí misma, dice Foucault, escapando a la dinastía de la representación. Deleuze analiza la encrucijada del escritor que tiene que describir un pueblo de ratas que agonizan. Una de dos: o el sujeto deja de escribir, o bien, escribe como un ratón. Se trata de adoptar un habla animal que suspenda la predicación por la depredación de los significados. Sabe el poeta que entre nosotros vibra un reino que abdica, reconoce: Amputamos nuestras manos, “supura la boca/ la miseria de la estrella”. No vivimos, desvivimos. No habitamos, deshabitamos. “Soy el actor, el toro castrado con el mazo/ de sus actos…” “Soy el barco hundido, las cruz apolillada de urgentes rostros y sueños desheredados,/ soy el puerto del que parten ojos/ el buque cargado de deseos” Todo se halla inmiscuido de dolor como la madre que da a luz un hijo, como la nota de la flauta al borde del abismo, sin embargo “La vida es mejor vida/ cuando se vive desde dentro,/ sabe a libertad…” (soy) “el balcón que lleva al ojo…/ soy la habitación donde el erotismo/ prendió, la desnudez, el incendio de los cuerpos,/ el aire cansado de las veredas y las máscaras/ hipnotizadas de disfraces, soy nosotros todos”.

“En tanto, lenta se aproxima, la lluvia,/ la nube vestida de novia”. ¿Y la palabra, qué es la palabra, como dice Agamben: El sacramento del lenguajeHechicera de los labios, nombra Alarcón el poeta a la invitada de honor… “Todo lo nombra la palabra  -dice- somos génesis de palabras, todo sabe a palabras./ Sabe a niña que juega con su padre/ a la cocinita,/ la máscara, el castillo, la alcancía…” 

Es que los signos se nos han oxidado.  En Flor de cáncer:, es buena la forma de organizar bajo el título “Entre lágrimas parten”: “el título colgado en la pared/ decolora el nombre deforestado de humanismo/  prepotente sangre, humillante traje/ de pulcro licenciado fumando pipa/ en la secrecía coludida del despacho. 

Entre lágrimas parten para ser alguien.

La opalina tarjeta de presentación

el auto más veloz, el jet, el yate y la mansión…

 

Sin embargo la vida palpita en el balcón de esta presencia,/ la fiesta y el baile inolvidable. “El corazón, irremediablemente, para siempre, divaga, migra, crea, delinea la vía, la rueda de la razón locomotora, funda, se enamora, ama, se desposa. Lo afirma el ojo…la muerte anegada de todas las lágrimas.”

La poesía se arriesga a un lenguaje y responde a lo simple que no es simple, expone el ser de las palabras; la paciencia de la piedra que desliza el imposible lenguaje de las cosas. Entre el es y el hay, entre el mostrar y el demostrar “sabe a su creador, sabe a gloria”, “viaje a la conciencia y vuelo hacia adentro”, y podremos decir en esta noche que cuaja sobre la piel de otoño, sabe a Sergio Alarcón, y su Renuncia a la Herencia, al poder de las murallas del yo tengo, a su  “mejor estar a ras de tierra, en tierra/ firme, sobre la tierra del yo soy…"

 

     
 
             

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