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30.Jun.08

Pterocles Arenarius

 
 

In Naturalibus

 

¿Los escritores también?

 
     
   
         
     
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EL SIMBOLISMO MESOAMERICANO Y UNIVERSAL

 
     
 

de

 
 

Lilia Luján

 
 

artista plástica

 
     
     
 

 

 
 

DONACIÓN

 
 

del PROYECTO GASTRONÓMICO Tulancingo de sabor©

 
 

a la POBLACIÓN DE TULANCINGO

 
 

 

 
     
     
     
  en venta la obra donativo  
 

  de Agustín

 
 

  Vargas

 
     
     
   

 

 
   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
     
 

Para enviar una novela a un concurso de literatura hay que, en primer lugar, escribirla, lo dice Perogrullo. Lo anterior, además de ser obvio, es también válido para un libro de cuentos. Pero aún antes, se debe tener alguna idea de qué es una novela, qué es un cuento. Lo cual, para ser logrado suele llevar años de leer novelas, artículos, ensayos y teoría de la novela, teoría del cuento. Y eso, por supuesto, no garantiza nada acerca de que la novela que se envíe (los cuentos) a un concurso sean al menos una obra amena. Ni siquiera es garantía de que sea novela o de que una narración breve sea un cuento. Mucho más lejos está la estatura artística.

 
 

En los concursos estipulan que toda novela que pretenda participar debe tener un mínimo de cuartillas, el que generalmente no es menor de 80. A veces no hay límite inferior y sólo superior hasta 300 cuartillas. En otras ocasiones sólo hay límite inferior y se exige un mínimo de 250 o 300 páginas. Para los libros de cuentos en general piden extensiones menores.

 
 

En casi todos los concursos piden que se envíe un paquete en el que se incluya la obra por triplicado o hasta cuadruplicado, además de la plica de identificación con los datos del autor.

 
 

El ingenuo –pero mucho más que ingenuo, el pobre pendejo…– que haya hecho su librito de cuentos, su novelita, tenídola a tiempo, cuadruplicádola fotostáticamente, engargoládola, organizádola, pagado los gastos de envío a México DF, a Tlaxcala, a Guanajuato, a Jalisco, a donde sea, con los nuevos precios del correo postal, se habrá gastado entre $800 a mil (sí, ¡ochocientos o hasta mil pesos 00/100 M N!). Es como tirar dinero a la basura. El pobre pendejo de marras mejor debía usar ese dinero para irse de farra con sus amigos, con su pareja o su quelite en vez de desperdiciar así de lamentablemente sus magros recursos económicos (porque nadie que se dedique a escribir una novela o un libro de cuentos tiene tiempo para trabajar tanto como para generarse ingresos decentes. Claro a menos que sea funcionario panista, diputado federal o narcotraficante, oficios que son casi lo mismo. Pero a esa fauna no le interesa escribir nada, ni siquiera sus discursos pues pagan por que se los hagan). Decía que ese inocente mejor ni mande su obrita. Porque no ganará el concurso. Nadie –que no tenga “su jurado”– gana los concursos literarios porque el ganador ha sido decidido antes del concurso y escogido entre los amigos del jurado que tenga más ascendencia sobre los organizadores. (El extremo sería –espero que siga siendo ficción– el de que se diera el premio a una obra que no existiese como ocurre en el extraordinario cuento Tesoro viviente de Enrique Serna, pero no me extrañaría, en serio, que ocurriese, entre los grandes amigos todos es posible).

 
 

Pero en vez de enviar la novela a un concurso y si el escritor aspirante a un premio literario es astuto y “normal” –léase corrupto como tiene que ser toda persona “normal” en este país–, usará los 800 pesos o más (de hecho bastante más) para invitar una opulenta comida a cierto conocido con la finalidad de corromperlo, o mejor digamos, volverlo su “amigo”, emborracharlo e invitarle un table dance con la chica que mejor le parezca en un antro; el prospecto de amigo debe ser uno que tenga algún nombre –o más bien nombrecillo– literario y que en cualquier momento sea designado miembro del jurado de algún concurso de novela o de cuento o de poesía, qué más da. No sobra añadir que complacer con comidas y bebidas a un sujeto de ésos sale más caro que vestirlo de charro con botonadura de plata. Pero hay quien lo toma como inversión.

 
 

 Porque el que envía ingenuamente sus trabajitos a concursos literarios debe saber que todos, TODOS los premios de literatura están previamente pactados entre los jurados y los “ganadores”. Este “TODOS” necesariamente implica que hay excepciones que son casi como monstruos de la naturaleza porque a veces se cuelan hombres honestos en los jurados de los concursos, escritores que son incapaces de hacer una porquería de las que son norma en México en todos los ámbitos, incluyendo el mundillo de la literatura, a veces llegan a fungir como jueces artistas que no traen el compromiso de darle el premio a uno de sus amigos con quien ha pactado ya esta entrega. Pero tales excepciones son más bien una (o acaso dos) entre cada cien concursos literarios.

 
 

Los jurados de los premios no son honestos. La corrupción que abunda en todos los territorios de la vida de nuestro país ha penetrado también entre los artistas y los escritores no son excepción. Recuerdo un texto de Felipe Garrido que publicó en La Jornada Semanal algún domingo del año 2007 en su columna Mentiras transparentes (sic). Este gran escritor se quejaba en el diminuto texto (unos diez renglones en computadora) que constituye su colaboración para aquel diario, de que algún instituto cultural de cierto gobierno le encomendaba el juicio de un premio literario. Eran novelas y participaban menos de treinta pero más de veinticinco, según mi más que falible memoria. De alguna manera hasta él sólo llegaban cinco novelas. No recuerdo bien, pero de alguna manera había eliminado veinte novelas, o más. No mencionó jamás un equipo de lectores para hacer tal discriminación; un trabajo que, entre paréntesis él no afirmó haber hecho. De las cinco que quedaban tampoco las leía todas. Las revisaba sin acusar en su brevísima crónica acuciosidad para la tal revisión. Pero sí indicaba que cualquiera de las cinco podía bien ganar el premio. Así que escogía una de ellas –sin decir cuál era el criterio– para designarla ganadora. Y daba su veredicto. El texto de esas Mentiras transparentes tenía la finalidad de quejarse porque el gobierno se tardaba dos meses en pagarle tan arduo trabajo. El señor Garrido confesaba que no había leído la gran mayoría de las obras, esto es, no había realizado el trabajo encomendado. Confesaba también que ni siquiera había leído completas las cinco obras finalistas. ¿Entonces qué criterios tomaría para escoger al premiado? No lo dice, ciertamente. Pero sí nos deja pensando lo peor puesto que, él mismo lo escribió: cualquiera de los cinco trabajos podría bien merecer el premio. Así, ¿más vale dárselo a un amigo?

 
 

En el año 94, el que esto escribe fue merecedor del tercer lugar del Premio “Edmundo Valadés” de cuento urbano al que convocara la Delegación Iztacalco. “El único concurso honesto de México” me aseguró el poeta Marco Tulio Lailson, organizador del concurso. Supe de algunos desencuentros entre los jurados de ese concurso y después me enteré que el ganador del primer lugar había sido discípulo de Silvia Molina, jurado del concurso. Y también me enteré que mi cuento había sido descalificado por esa escritora y que ante el desacuerdo de otro de los jurados, Gerardo de la Torre, e incluso la amenaza de renuncia de este autor y la consecuente denuncia, doña Silvia reconsideró y admitió que yo ganara el tercer lugar. Claro, el otro era su alumno y yo no era conocido –y así sigo–, por nadie de los jurados. Recuerdo también que, posteriormente, en una lectura pública, mi cuento, Madreardiendo y Bailarás, tuvo mucha mejor aceptación entre los oyentes que el cuento que ganó el primer lugar. No diré el título del cuento ni el nombre del autor.

 
 

Todo lo cual es lamentabilísimo. Los escritores debieran contar con medios para subsistir sin tener que corromperse. Pero ¿qué escritor vive de su obra publicada en un país que tiene por promedio de lectura el famoso 0.5 libros por ciudadano por año? Ninguno. Acaso Carlos Fuentes. Las becas son premios a la docilidad o a los amigos. Los premios son monumentos a la corrupción.

 
 

Un notable indicador que debiera ser suficiente para desconfiar de las obras que ganan premios literarios en México, es el de que ninguna novela o cuento que ha ganado premios literarios son populares y jamás tienen éxito comercial. Y el opuesto es también cierto: las obras que logran estatura artística y a la vez éxito comercial jamás han logrado premios literarios. Con las excepciones que confirman la regla.

 
 

En el reciente certamen de novela “Jorge Ibargüengoitia” a que convoca el Instituto de Cultura de Guanajuato, como en todo concurso literario –otra de las maravillas–, los organizadores jamás se toman la molestia de avisar a los concursantes de que no fueron ganadores, de que el veredicto fue otorgado en favor de fulanito, un soberbio desconocido del que con harta frecuencia nos enteramos que es amigo de tal o cual miembro del jurado (carajo, ¿perderán “demasiados recursos” si envían un puto mensaje de correo electrónico a la runfla de pendejos que enviaron sus libritos?). Como siempre, una total falta de consideración para el que –pobre pendejo– sueña con ganar un concursillo sin tener amigos en el mundo literario. En el susodicho concurso los jurados fueron Juan José Giovannini, director del Fondo Editorial La Rana; Juan Alcocer Flores, director del Instituto de Cultura del Estado de Guanajuato y el otrora glorioso cuentista, rebelde recalcitrante desde la ultraizquierda y borrascoso contestatario Ignacio Betancourt. Éste, por cierto, en otra época –cuando era miembro de la Unión de Vecinos y Damnificados 19 de Septiembre, allá en el Distrito Federal, al principio de los años 90– era mi amigo, ¿o sólo conocido?, más bien. Seguramente no se acuerda de mí.

 
 

La nota periodística, evidente boletín de prensa, que es posible encontrar en internet sobre el dictamen y la entrega de los premios Guanajuato de literatura 2008 dice que esos tres personajes fueron los jurados de tres concursos: el “Jorge Ibargüengoitia” de novela, con 28 trabajos participantes; el “Efrén Hernández” de cuento, en el que recibieron 42 libros y el “Efraín Huerta” de poesía que tuvo 59 poemarios.

 
 

Permítaseme dudar absolutamente de la solvencia intelectual tanto del médico Juan Alcocer Flores, triplemente H director de cultura del estado, ex diputado local panista, but of course!, y aspirante a alcalde de Salamanca; tanto o más de Giovannini, ambos burócratas más que acendrados y –lejos de ser promotores– enemigos de la cultura, funcionarios de un gobierno absolutamente divorciado de toda cultura que no sea ese reservorio de represiones y condenas que es la iglesia católica y su remedo de cultura (otra cosa es la cultura popular), como lo ha demostrado constante y fehacientemente el gobernador Juan Manuel Oliva, notorio y señalado miembro del inefable y (paradójicamente) siniestro grupo ultraderechista El Yunque.

 
 

Ahora unas preguntas. Puesto que ni Giovannini ni Alcocer son dignos jurados de un concurso “nacional” de literatura. ¿Cómo le hicieron? ¿Cada uno de estos tres expertos fue el jurado único de los sendos concursos, uno cada quien? ¿O cómo y dado caso quién lo fue de cada género? ¿O los tres leyeron las 28 novelas, los 42 libros de cuentos y los 59 poemarios? Permítome dudar que Giovannini y Alcocer hayan leído dos o tres novelas, mucho menos 28. ¿Entonces Nacho Betancourt fue el jurado de los tres? ¿Nacho se leyó las 129 obras en los tres géneros? Por cierto, y para agregar más dudas, el libro ganador del concurso de poesía –del cual, en el boletín informativo no se anota el título– fue Ricardo Venegas Pérez, ¿de dónde es el poeta? De San Luis Potosí, donde nació y hoy habita Nacho. No estoy acusando a nadie. Sólo anoto…

 
 

Todo son dudas. Sospechas. La única certeza es la de siempre: TODOS los certámenes literarios están decididos de antemano. Como ha sido demostrado ad nauseam. Con las honrosas excepciones mencionadas que confirman esta ignominiosa regla.

 
 

Va una muestra en los hechos. En el año 2003 los ganadores de los concursos Guanajuato de literatura fueron Clobis, el joven, de Luis Vicente de Aguinaga en poesía y Sus ojos son de fuego, de Gonzalo Soltero en novela. Ambas obras parecen bastante logradas. Ignoro, ignoramos qué otros trabajos participarían, qué otros méritos mostrarían los que compitieron con las ganadoras, pero éstas parecían óptimas tan sólo por los fragmentos que los autores leyeron al público en la presentación de los sendos libros. Pero el libro de “cuentos” Café Brindisi y otros espacios imaginarios, de Luis Bernardo Pérez, ganador del concurso nacional de cuento “Efrén Hernández” 2003, era decepcionante. Lo que nos leyó el autor era una muestra de chistes más o menos culteranos, algunos bastantito sangrones o pedantes y no de cuentos literarios. ¿Será posible que en ese concurso no haya llegado un libro de cuentos de tal manera que tuvieron que darle el premio al libro de chistes Café Brindisi…?

 
 

Esta circunstancia más que deplorable, como todo tipo de corrupción que ocurre en nuestro país, hace mucho más daño a la cultura que, incluso, si no existieran estos falsos concursos. Mucho más valdría que fuéramos honestos y los notables de la literatura, los dirigentes culturales, los jurados, se reunieran y propusieran a sus amigos, abiertamente, que dijeran “Mi compadre tiene una preciosa novela y yo creo que merece el premio”. Eso sería mucho mejor que la simulación y el desaliento, el ninguneo al que se ven sometidos los aficionados a la literatura y, sin duda, no pocos artistas verdaderos.

 
 

¿Quién va a mandar una novela, un libro de cuentos a cualquier concurso sin conocer a nadie en el mundillo literario? ¿Y para qué…?

 
 
     
  En efecto, la mayor parte de los concursos literarios en México están arreglados, y, en los que no, gran parte de los textos no son leídos, lo que es lo mismo.

Como bien lo dice Arenarius, nadie que se dedique a escribir una novela o un libro de cuentos tiene tiempo para trabajar tanto como para generarse ingresos decentes, y nadie de estos mismos puede darse el lujo de estar gastando los referidos $800 en hacer su envío, no viven de lo que escriben y es necesario recalcarlo pues tampoco por ganar un premio van a vivir de lo que escriben, y aquellos que fungen como jueces lo saben. "Que les cueste trabajo", escuche decir alguna vez a uno de esos "encumbrados", ¿como a ellos les costó?

Sea este "¿Los escritores también?" una protesta y reunámonos aquí los que deseemos sumarnos enviando un mensaje a tulancingocultural y/o tulancingoculturalcc@ hotmail.com.

Cristina de la Concha

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
         
         

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