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Para enviar una
novela a un concurso de literatura hay que, en primer lugar,
escribirla, lo dice Perogrullo. Lo anterior, además de ser
obvio, es también válido para un libro de cuentos. Pero aún
antes, se debe tener alguna idea de qué es una novela, qué es un
cuento. Lo cual, para ser logrado suele llevar años de leer
novelas, artículos, ensayos y teoría de la novela, teoría del
cuento. Y eso, por supuesto, no garantiza nada acerca de que la
novela que se envíe (los cuentos) a un concurso sean al menos
una obra amena. Ni siquiera es garantía de que sea novela o de
que una narración breve sea un cuento. Mucho más lejos está la
estatura artística. |
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En los concursos
estipulan que toda novela que pretenda participar debe tener un
mínimo de cuartillas, el que generalmente no es menor de 80. A
veces no hay límite inferior y sólo superior hasta 300
cuartillas. En otras ocasiones sólo hay límite inferior y se
exige un mínimo de 250 o 300 páginas. Para los libros de cuentos
en general piden extensiones menores. |
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En casi todos los
concursos piden que se envíe un paquete en el que se incluya la
obra por triplicado o hasta cuadruplicado, además de la plica de
identificación con los datos del autor. |
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El ingenuo –pero
mucho más que ingenuo, el pobre pendejo…– que haya hecho su
librito de cuentos, su novelita, tenídola a tiempo,
cuadruplicádola fotostáticamente, engargoládola, organizádola,
pagado los gastos de envío a México DF, a Tlaxcala, a
Guanajuato, a Jalisco, a donde sea, con los nuevos precios del
correo postal, se habrá gastado entre $800 a mil (sí,
¡ochocientos o hasta mil pesos 00/100 M N!). Es como tirar
dinero a la basura. El pobre pendejo de marras mejor debía usar
ese dinero para irse de farra con sus amigos, con su pareja o su
quelite en vez de desperdiciar así de lamentablemente sus magros
recursos económicos (porque nadie que se dedique a escribir una
novela o un libro de cuentos tiene tiempo para trabajar tanto
como para generarse ingresos decentes. Claro a menos que sea
funcionario panista, diputado federal o narcotraficante, oficios
que son casi lo mismo. Pero a esa fauna no le interesa escribir
nada, ni siquiera sus discursos pues pagan por que se los
hagan). Decía que ese inocente mejor ni mande su obrita.
Porque no ganará el concurso. Nadie –que no tenga “su
jurado”– gana los concursos literarios porque el ganador ha sido
decidido antes del concurso y escogido entre los amigos del
jurado que tenga más ascendencia sobre los organizadores. (El
extremo sería –espero que siga siendo ficción– el de que se
diera el premio a una obra que no existiese como ocurre en el
extraordinario cuento Tesoro viviente de Enrique Serna,
pero no me extrañaría, en serio, que ocurriese, entre los
grandes amigos todos es posible). |
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Pero en vez de enviar
la novela a un concurso y si el escritor aspirante a un premio
literario es astuto y “normal” –léase corrupto como tiene que ser
toda persona “normal” en este país–, usará los 800 pesos o más (de
hecho bastante más) para invitar una opulenta comida a cierto
conocido con la finalidad de corromperlo, o mejor digamos, volverlo
su “amigo”, emborracharlo e invitarle un table dance con la
chica que mejor le parezca en un antro; el prospecto de amigo debe
ser uno que tenga algún nombre –o más bien nombrecillo– literario y
que en cualquier momento sea designado miembro del jurado de algún
concurso de novela o de cuento o de poesía, qué más da. No sobra
añadir que complacer con comidas y bebidas a un sujeto de ésos sale
más caro que vestirlo de charro con botonadura de plata. Pero hay
quien lo toma como inversión. |
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Porque el que
envía ingenuamente sus trabajitos a concursos literarios debe
saber que todos, TODOS los premios de literatura están
previamente pactados entre los jurados y los “ganadores”. Este
“TODOS” necesariamente implica que hay excepciones que son casi
como monstruos de la naturaleza porque a veces se cuelan hombres
honestos en los jurados de los concursos, escritores que son
incapaces de hacer una porquería de las que son norma en México
en todos los ámbitos, incluyendo el mundillo de la literatura, a
veces llegan a fungir como jueces artistas que no traen el
compromiso de darle el premio a uno de sus amigos con quien ha
pactado ya esta entrega. Pero tales excepciones son más bien una
(o acaso dos) entre cada cien concursos literarios. |
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Los jurados de los
premios no son honestos. La corrupción que abunda en todos los
territorios de la vida de nuestro país ha penetrado también
entre los artistas y los escritores no son excepción. Recuerdo
un texto de Felipe Garrido que publicó en La Jornada
Semanal algún domingo del año 2007 en su columna
Mentiras transparentes (sic). Este gran escritor se quejaba
en el diminuto texto (unos diez renglones en computadora) que
constituye su colaboración para aquel diario, de que algún
instituto cultural de cierto gobierno le encomendaba el juicio
de un premio literario. Eran novelas y participaban menos de
treinta pero más de veinticinco, según mi más que falible
memoria. De alguna manera hasta él sólo llegaban cinco novelas.
No recuerdo bien, pero de alguna manera había eliminado veinte
novelas, o más. No mencionó jamás un equipo de lectores para
hacer tal discriminación; un trabajo que, entre paréntesis él no
afirmó haber hecho. De las cinco que quedaban tampoco las leía
todas. Las revisaba sin acusar en su brevísima crónica
acuciosidad para la tal revisión. Pero sí indicaba que
cualquiera de las cinco podía bien ganar el premio. Así que
escogía una de ellas –sin decir cuál era el criterio– para
designarla ganadora. Y daba su veredicto. El texto de esas
Mentiras transparentes tenía la finalidad de quejarse porque
el gobierno se tardaba dos meses en pagarle tan arduo trabajo.
El señor Garrido confesaba que no había leído la gran mayoría de
las obras, esto es, no había realizado el trabajo encomendado.
Confesaba también que ni siquiera había leído completas las
cinco obras finalistas. ¿Entonces qué criterios tomaría para
escoger al premiado? No lo dice, ciertamente. Pero sí nos deja
pensando lo peor puesto que, él mismo lo escribió: cualquiera de
los cinco trabajos podría bien merecer el premio. Así, ¿más vale
dárselo a un amigo? |
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En el año 94, el
que esto escribe fue merecedor del tercer lugar del Premio
“Edmundo Valadés” de cuento urbano al que convocara la
Delegación Iztacalco. “El único concurso honesto de México” me
aseguró el poeta Marco Tulio Lailson, organizador del concurso.
Supe de algunos desencuentros entre los jurados de ese concurso
y después me enteré que el ganador del primer lugar había sido
discípulo de Silvia Molina, jurado del concurso. Y también me
enteré que mi cuento había sido descalificado por esa escritora
y que ante el desacuerdo de otro de los jurados, Gerardo de la
Torre, e incluso la amenaza de renuncia de este autor y la
consecuente denuncia, doña Silvia reconsideró y admitió que yo
ganara el tercer lugar. Claro, el otro era su alumno y yo no era
conocido –y así sigo–, por nadie de los jurados. Recuerdo
también que, posteriormente, en una lectura pública, mi cuento,
Madreardiendo y Bailarás, tuvo mucha mejor aceptación
entre los oyentes que el cuento que ganó el primer lugar. No
diré el título del cuento ni el nombre del autor. |
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Todo lo cual es
lamentabilísimo. Los escritores debieran contar con medios para
subsistir sin tener que corromperse. Pero ¿qué escritor vive de
su obra publicada en un país que tiene por promedio de lectura
el famoso 0.5 libros por ciudadano por año? Ninguno. Acaso
Carlos Fuentes. Las becas son premios a la docilidad o a los
amigos. Los premios son monumentos a la corrupción. |
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Un notable
indicador que debiera ser suficiente para desconfiar de las
obras que ganan premios literarios en México, es el de que
ninguna novela o cuento que ha ganado premios literarios son
populares y jamás tienen éxito comercial. Y el opuesto es
también cierto: las obras que logran estatura artística y a la
vez éxito comercial jamás han logrado premios literarios. Con
las excepciones que confirman la regla. |
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En el reciente
certamen de novela “Jorge Ibargüengoitia” a que convoca el
Instituto de Cultura de Guanajuato, como en todo concurso
literario –otra de las maravillas–, los organizadores jamás se
toman la molestia de avisar a los concursantes de que no fueron
ganadores, de que el veredicto fue otorgado en favor de
fulanito, un soberbio desconocido del que con harta frecuencia
nos enteramos que es amigo de tal o cual miembro del jurado (carajo,
¿perderán “demasiados recursos” si envían un puto mensaje de
correo electrónico a la runfla de pendejos que enviaron sus
libritos?). Como siempre, una total falta de consideración para
el que –pobre pendejo– sueña con ganar un concursillo sin tener
amigos en el mundo literario. En el susodicho concurso los
jurados fueron Juan José Giovannini, director del Fondo
Editorial La Rana; Juan Alcocer Flores, director del
Instituto de Cultura del Estado de Guanajuato y el otrora
glorioso cuentista, rebelde recalcitrante desde la
ultraizquierda y borrascoso contestatario Ignacio Betancourt.
Éste, por cierto, en otra época –cuando era miembro de la Unión
de Vecinos y Damnificados 19 de Septiembre, allá en el Distrito
Federal, al principio de los años 90– era mi amigo, ¿o sólo
conocido?, más bien. Seguramente no se acuerda de mí. |
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La nota
periodística, evidente boletín de prensa, que es posible
encontrar en internet sobre el dictamen y la entrega de los
premios Guanajuato de literatura 2008 dice que esos tres
personajes fueron los jurados de tres concursos: el “Jorge
Ibargüengoitia” de novela, con 28 trabajos participantes; el
“Efrén Hernández” de cuento, en el que recibieron 42 libros y el
“Efraín Huerta” de poesía que tuvo 59 poemarios. |
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Permítaseme dudar
absolutamente de la solvencia intelectual tanto del médico Juan
Alcocer Flores, triplemente H director de cultura del estado, ex
diputado local panista, but of course!, y aspirante a alcalde
de Salamanca; tanto o más de Giovannini, ambos burócratas más que
acendrados y –lejos de ser promotores– enemigos de la cultura,
funcionarios de un gobierno absolutamente divorciado de toda cultura
que no sea ese reservorio de represiones y condenas que es la
iglesia católica y su remedo de cultura (otra cosa es la cultura
popular), como lo ha demostrado constante y fehacientemente el
gobernador Juan Manuel Oliva, notorio y señalado miembro del
inefable y (paradójicamente) siniestro grupo ultraderechista El
Yunque. |
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Ahora unas preguntas.
Puesto que ni Giovannini ni Alcocer son dignos jurados de un
concurso “nacional” de literatura. ¿Cómo le hicieron? ¿Cada uno de
estos tres expertos fue el jurado único de los sendos concursos, uno
cada quien? ¿O cómo y dado caso quién lo fue de cada género? ¿O los
tres leyeron las 28 novelas, los 42 libros de cuentos y los 59
poemarios? Permítome dudar que Giovannini y Alcocer hayan leído dos
o tres novelas, mucho menos 28. ¿Entonces Nacho Betancourt fue el
jurado de los tres? ¿Nacho se leyó las 129 obras en los tres
géneros? Por cierto, y para agregar más dudas, el libro ganador del
concurso de poesía –del cual, en el boletín informativo no se anota
el título– fue Ricardo Venegas Pérez, ¿de dónde es el poeta? De San
Luis Potosí, donde nació y hoy habita Nacho. No estoy acusando a
nadie. Sólo anoto… |
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Todo son dudas.
Sospechas. La única certeza es la de siempre: TODOS los
certámenes literarios están decididos de antemano. Como ha sido
demostrado ad nauseam. Con las honrosas excepciones
mencionadas que confirman esta ignominiosa regla. |
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Va una muestra en
los hechos. En el año 2003 los ganadores de los concursos
Guanajuato de literatura fueron Clobis, el joven, de Luis
Vicente de Aguinaga en poesía y Sus ojos son de fuego, de
Gonzalo Soltero en novela. Ambas obras parecen bastante
logradas. Ignoro, ignoramos qué otros trabajos participarían,
qué otros méritos mostrarían los que compitieron con las
ganadoras, pero éstas parecían óptimas tan sólo por los
fragmentos que los autores leyeron al público en la presentación
de los sendos libros. Pero el libro de “cuentos” Café
Brindisi y otros espacios imaginarios, de Luis Bernardo
Pérez, ganador del concurso nacional de cuento “Efrén Hernández”
2003, era decepcionante. Lo que nos leyó el autor era una
muestra de chistes más o menos culteranos, algunos bastantito
sangrones o pedantes y no de cuentos literarios. ¿Será posible
que en ese concurso no haya llegado un libro de cuentos de tal
manera que tuvieron que darle el premio al libro de chistes
Café Brindisi…? |
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Esta circunstancia
más que deplorable, como todo tipo de corrupción que ocurre en
nuestro país, hace mucho más daño a la cultura que, incluso, si
no existieran estos falsos concursos. Mucho más valdría que
fuéramos honestos y los notables de la literatura, los
dirigentes culturales, los jurados, se reunieran y propusieran a
sus amigos, abiertamente, que dijeran “Mi compadre tiene una
preciosa novela y yo creo que merece el premio”. Eso sería mucho
mejor que la simulación y el desaliento, el ninguneo al que se
ven sometidos los aficionados a la literatura y, sin duda, no
pocos artistas verdaderos. |
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¿Quién va a mandar
una novela, un libro de cuentos a cualquier concurso sin conocer
a nadie en el mundillo literario? ¿Y para qué…? |
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En efecto, la mayor parte de los
concursos literarios en México están arreglados, y, en los que
no, gran parte de los textos no son leídos, lo que es lo mismo.
Como bien lo dice
Arenarius,
nadie que se dedique a escribir una novela
o un libro de cuentos tiene tiempo para trabajar tanto como para
generarse ingresos decentes, y nadie de estos mismos puede darse el
lujo de estar gastando los referidos $800 en hacer su envío, no
viven de lo que escriben y es necesario recalcarlo pues tampoco por
ganar un premio van a vivir de lo que escriben, y aquellos que
fungen como jueces lo saben. "Que les cueste trabajo", escuche decir
alguna vez a uno de esos "encumbrados", ¿como a ellos les costó?
Sea este
"¿Los escritores también?"
una protesta
y reunámonos aquí los que
deseemos sumarnos enviando un mensaje a tulancingocultural y/o
tulancingoculturalcc@ hotmail.com.
Cristina de la Concha
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