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De intereses a intereses
y desintereses
(Aquí voy de nuevo, porque parece necesario
repetirlo una y otra vez, decirlo de una y otra forma, desde
todos sus ángulos, con todos sus matices; quizás algún día se
haga justicia).
por
Cristina de la Concha
Como una mentira, el pregón es estudiar,
aprender para ser mejor y no obstante que el fin de aprender es
ganar más dinero, aprender para la mujer sigue sin llevar del
todo a ser mejor, la realidad es que el mundo gira en torno al
dinero y al sexo. Por supuesto que los estudios suben el nivel
económico pero el sexo sigue estando ahí como el objetivo
masculino desde el nivel más bajo hasta el más alto donde la
oferta cambia del puesto de secretaria por el acostón al de
dirección por una noche en una suite de lujo.
Para aquellas mujeres que no desean acceder a
esas peticiones o sugerencias sexuales, es decepcionante toparse
con un muro infranqueable a pesar de sus conocimientos, su
trabajo y su capacidad de desempeño. Hoy día, debe admitirse sin
embargo, que los pruritos sexuales en la mujer han menguado,
parece ser mucho más fácil “acceder” al apetito masculino y
parece también mucho más fácil el placer sexual, es decir, ya no
está tan sujeta a los prejuicios y la educación de antaño pero
tiene la opción de discernir sobre la oferta y no deja de
influir en su decisión la honestidad, la dignidad o el orgullo o
como se desee llamarle. Con la revolución sexual y las décadas
transcurridas, como era de esperarse, la mujer se ha ido
adaptando al concepto de liberación y está dejando de ver la
sexualidad como “el tabú”, con lo que el orgullo o dignidad pasa
a otro plano al considerar que esta adaptación acepta la
igualdad en cuanto a su libertad a la sexualidad, como el
hombre. Lo curioso es que incluso fisiológicamente, la mujer se
ha ido adaptando a su libertad sexual reconociendo en ella misma
su disfrute, sus ganas, sin depender únicamente de las
masculinas, lo que implica necesariamente el haber aprendido o
estar aprendiendo a estimular sus propias hormonas, modificando
de esta forma los genes que trasladará a su descendencia. Esto
conlleva un cambio en las generaciones futuras, lo que es de
alegrarse aunque ignoramos cómo repercuta a la humanidad, pues,
dilucidaba, si la mujer fue diseñada por la Naturaleza para
procrear con todo un sistema de hormonas y neurotransmisores que
la conduce inequívocamente a apegarse al producto, lo que a su
vez, la inclina a protegerlo, ¿cómo afectará esta modificación
hormonal que actualmente está sufriendo la mujer por el disfrute
sexual, al resto de hormonas y neurotransmisores que provocan el
apego y la protección?
La
dignidad mencionada se remite al aspecto mujer objeto y no al puramente
sexual, la dignidad de no alcanzar un puesto con sexo sino con
profesionalismo, la honestidad de saberse merecedora del puesto,
la honestidad de no montar una mentira, la dignidad de no verse
en situaciones tan bochornosas como humillantes que evidencien
su ignorancia, la dignidad de no sentir su cuerpo utilizado, la
dignidad de no sentirse tocada y besada por un hombre que no es
de su agrado. Es decir, la mujer ya puede disfrutar del sexo
pero esto no implica, de ninguna manera, que sólo requiera un
hombre para hacerlo, no, la mujer sigue siendo selectiva, y me
pregunto, con esas modificaciones hormonales, ¿en generaciones
futuras la mujer llegará a ser como el hombre que tiene acceso
al placer sexual indiscriminadamente?
Por ahora, la mujer sigue y seguirá siendo
por mucho tiempo la atracción del hombre y con todo y libertad
sexual, el hombre continuará siendo quien acose porque es
innegable su placer y su forma de deslindarse ya que su sistema
hormonal funciona así. Aun cuando se hable de profesionalismo,
preparación académica, capacidad, inteligencia, el sexo sigue
siendo el sexo. La revolución sexual pareció no abordar esos
intereses al menos en nuestro país donde las “conocencias” y las
influencias son el enlace con los ejes sexo y dinero, y este
último como aspecto en el que se resume el poder de un alto
cargo, por tanto el poder para adquirir “conocencias”, el poder
para hacer negocios, para dar empleos, para otorgar estatus.
Reitero el largo camino necesario todavía para alcanzar a los
países del norte o los europeos donde las leyes acatadas han
impuesto el límite. Mientras tanto, la mujer honesta sufre las
consecuencias, y la población sufre los estragos de mujeres en
cargos públicos sin la capacidad para desempeñarlos además del
incontable número de hombres en cargos que están por encima de
sus facultades.
Y, entonces, el profesionalismo, la
preparación académica, las aptitudes, la capacidad, la
inteligencia suenan como meras florituras de diversión, no
obstante que sabemos de excepciones de mujeres que llegan a
altos cargos por sus propios méritos profesionales, los casos
lamentablemente son pocos. Porque también lamentable es que para
los hombres que adquieren sexo por esa vía implica cerrar las
puertas no sólo a las mujeres que no se lo brinden sino a
aquellas y aquellos que por su personalidad pueden representar
un obstáculo en su “adquisición sexual” y de dinero, y aquí
regresamos a lo mismo: el dinero como eje no por la
supervivencia sino para obtener y distribuir empleos, puestos,
negocios, sexo, por encima de los mecanismos creados de títulos
y preparación académica.
Más lamentable es que el deseo sexual puede
enardecer e inducir a la persona a actos realmente tan inauditos
como nefandos por destruir el objeto de su deseo cuando no lo
consigue. El inmenso poder de la pasión sexual es algo que
socialmente se pasa por alto y como si se aceptara sin chistar,
como parte de la vida, se justifica con frases como “pues tú le
gustabas”, o “tú le gustabas a su marido” cuando se trata de un
tercero que intenta proteger lo que considera de su propiedad,
como si la culpa recayera en la persona que despertó ese deseo,
en su cuerpo o su atractivo que, al final, se lo dio la
Naturaleza y no lo obtuvo precisamente a través de una compra
deliberada con el único fin de incitar las hormonas masculinas,
justificaciones que aluden un “te aguantas”, y no hay justicia
para quienes sufren las consecuencias del deseo sexual de otro.
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