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6.Ago.10
En
todos lados se cuecen habas...
... en Acapulco
Según
Gustavo Martínez Castellanos:
Yo, ciudadano
En el santo nombre de la
cultura local
Gustavo Martínez Castellanos
Hace
unos días llegó a mi correo electrónico El tercer encuentro de
jóvenes escritores: vaca que no da leche, un texto escrito por
Aurelio Peláez. Venía con algunas acotaciones en rojo que me
parecieron inadecuadas pero respeté la originalidad del envío y
lo remití para su conocimiento a los alumnos de los talleres de
literatura que dirijo y que sostenemos con recursos propios. Dos
días después llegaron a mi bandeja las respuestas de Federico
Vite y Antonio Salinas a Aurelio Peláez. Lo descalificaban en
todo, menos en una parte: la falta de propuestas para atender
los problemas culturales de Acapulco a través de hacer de
Acapulco un tema de discusión. Peláez lo había hecho ver en su
texto cuando mencionó que en el encuentro faltaron libros y
nadie trataba nada de Acapulco. Decidí no prestar mucha atención
a los tres textos toda vez que los tres autores trabajaron o
estuvieron cobijados por la páginas de El Sur, medio en
el que aparecieron todos los textos. Sin embargo, el día de hoy
llegó a mi bandeja un texto más: una extensa réplica de
Jeremías, plagada de insultos y giros dialectales de barriada.
En ella hace una defensa bizarra de su esposa, Citlali, y de las
gestorías que ambos han realizado para conseguir recursos
económicos para sus afanes culturales. Y execra a más no poder a
otros gestores.
En ese texto, salta a la vista que lo que
Jeremías no puede –o no quiere- reconocer en el texto de Peláez
–ni Peláez mismo- es que en la construcción de todo eso que
Jeremías cita se utilizaron recursos que de haber sido
canalizados correctamente hubieran beneficiado a todos los
habitantes de Acapulco y, por extensión, a todos los del estado
debido al papel aglutinador y a la vez difusor que este puerto
juega en la entidad. En su lugar, Jeremías y Citlali, -en uso
superlativo de sus dotes para acomodarse dónde sea y como sea-
gestionaron para sus muy particulares proyectos recursos que
eran para toda la comunidad, y al conseguirlos sólo consiguieron
beneficiar a su grupo de amigos y a ellos mismos. Así se han
dado una vida cómoda en la última década.
Jeremías -y el mismo Peláez- olvidan que El
Sur prohijó todo esto como una forma de beneficiarse también
de todo ese “dinamismo” que derrochaba –y sigue derrochando- la
esposa de Jeremías. Así, los tres, Jeremías, Citlali y El Sur,
obtuvieron jugosísimas ganancias económicas, políticas y
culturales pues accedieron a las simpatías de escritores e
institutos y a su aval para continuar con su labor “cultural”.
No escatimo los valores literarios e intelectuales de cada uno
de esos escritores, pero –y debido a esos valores y a esa
calidad intelectual- no puedo evitar preguntarles ¿Por qué
aceptaban venir a Acapulco con cargo al erario si el gobierno
negaba esos recursos a la Dirección de Cultura? Cuando respondan
a esa pregunta sabremos el alcance de las gestiones de Citlali
quien a su vez es bienvenida con esposo y amigos a todos los
lugares a los que estos autores y sus institutos los invitan. En
ese círculo –cuya perfección respalda la estructura burocrática
cultural nacional- no hay desperdicios, salvo el de nuestras
contribuciones: los ciudadanos pagamos nuestros impuestos para
recibir también servicios culturales, sin embargo, debido a las
gestiones de personas como Citlali y Jeremías éstos sólo llegan
a unos cuantos: su grupo.
En esa dimensión coexisten también el
encuentro de Salinas y el Festival de la Nao al que el
gobierno destinó millones de pesos (entre otros rubros para
pagar las asesorías de Jeremías, Citlali, José Dimayuga y muchos
amigos de El Sur y del PRD); pero le escatimó, durante
dos años, su propio presupuesto a la Dirección de Cultura
municipal que estaba llevando festivales al pueblo en sitios
tales como la colonia Jardín Mangos, el CERESO, Renacimiento, la
Zapata y el zócalo porteño con entrada gratuita y para todo el
pueblo. Todo el pueblo. ¿Cómo es posible que Jeremías haga un
reconocimiento al Festival de la Nao y a los encuentros que
Salinas, él y su mujer organizan si todos ellos son en beneficio
exclusivo de sus proyectos personales?
¿Cómo es posible que mientras no existan escuelas
o institutos de arte, investigación y análisis cultural en
Guerrero Jeremías se atreva a decir que sus eventos palian
nuestras carencias culturales?
¿Cómo es posible que mientras los alcaldes
perredistas desviaran recursos de cultura (López Rosas, 2.5
millones justificados como gastos de ocho meses por José
Dimayuga; Félix Salgado Macedonio, 20 millones, justificados
también por José Dimayuga bajo las gestiones de Citlali y la
asesoría política de Jeremías Marquines), éste se duela de que
Peláez le señale los estipendios que hace en su festival
particular? De haber sido bien canalizados eso recursos hubieran
logrado cambiar el panorama cultural de nuestra ciudad
¿Cómo es posible que mientras la investigación,
el análisis y la presentación de nuestros problemas culturales
continúe rezagado –tal como el mismo Jeremías señala- él y su
esposa, Salinas y cohorte, traigan gente de afuera (51 personas
esta vez) para charlar, “dialogar, dialogar, dialogar” (según
Federico Vite quien tampoco vive en Acapulco) y pasarla bien en
hoteles y restaurantes con cargo a los contribuyentes
acapulqueños?
Resulta inverosímil el cinismo de estos
personajes (Marquines, Citlali, Salinas y Vite) que después de
sangrar los presupuestos se den por ofendidos por un texto
crítico como el de Aurelio Peláez.
Ofendidos estamos los ciudadanos que pagamos
nuestros impuestos pero no para que estas vedettes culturales se
refocilen. Ofendidos están los cientos de acapulqueños pobres en
los que no se aplican recursos apropiados para solucionar sus
problemas. Ofendidos estamos quienes trabajamos diariamente con
una legítima preocupación por hacer de Acapulco, nuestra ciudad,
un lugar equilibrado, justo, funcional. Consciente de sí mismo a
través de sus analistas e investigadores. Ofendidos deberían
estar esos artistas invitados con dinero público que han sido
traído con engaños a “pasársela bien” con cargo al erario. No
los culpo, Jeremías y Citlali son expertos en envolver: aparte
de poeta también es asesor político de funcionarios y candidatos
políticos –con cargo al erario- y Citlali ha sido burócrata del
área de cultura desde hace una década, hizo pininos con Zeferino
cuando era alcalde y desde ese entonces se ha aferrado a las
nóminas prodigando ideas delirantes que derivan o en festivales
o en eventos en los que sus patrones políticos puedan lucirse o
lavar su imagen, como Félix Salgado con La Nao. En ese ejercicio
extenuante Citlali y Jeremías olvidaron –si es que alguna vez lo
ejercieron- su papel de conciencia crítica social. Son un error
del sistema político y cultural que el sistema mismo usa a su
favor.
Peláez habló de borracheras y falta de libros,
pero sólo tocó un parte de la punta del iceberg. El problema es
mucho más grande y más profundo. Tal vez, como dice Jeremías,
Peláez haya emitido sus opiniones de una forma tangencial. O,
como dijo Vite: de una forma pasional. O, como dijo Salinas: de
una forma elíptica, “que venga a apretarle las ubres a la vaca
para que vea que sí tiene leche”, (y Peláez hablaba de aldeanez).
Pero ninguno puede negar que al hacerlo tocó algo de esa
profundidad que enmarca dos fenómenos que debemos analizar: No
hay institutos de investigación y análisis de los problemas
estéticos y culturales en una ciudad tan grande como Acapulco
(que es algo que conviene a los políticos todos), y; ante esa
ausencia de autoridades, cualquiera, (léase bien), cualquier
individuo sin ética puede venir y medrar a más no poder. Y vaya
que lo hacen; lo lamentable es que lo hagan en el santo nombre
de la cultura local y con cargo a nuestros impuestos.
Nos leemos en la crónica: gustavomcastellanos@gmail.com
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