28.Nov.11
Saúl
Ibargoyen y la obra El Torturador en el contexto de las nuevas
escrituras mexicanas
Por Marcos
García Caballero
Febrero 2011
En el número 227 de la revista Quién (29 de Octubre de 2010)
aparece una sugestiva lista de los “50 personajes que mueven a México”.
Lo mejor de esta lista o, por lo menos para los registros que se
pretenden en este ensayo, es que: El número dos en cuanto a importancia
de los personajes que aparecen es un escritor: Carlos Fuentes. En el
cuatro está José Emilio Pacheco. En el diez, el historiador, escritor y
director de Letras Libres, Enrique Krauze; en el número veintidós
está un guionista que ha escrito novelas y libros de cuentos: Guillermo
Arriaga. El lugar veintinueve lo ocupa Elena Poniatowska. Hay que
aclarar que no es una revista que tenga acento en la literatura y que es
más parecida a una revista para ser hojeada en un consultorio médico o
que, dicha sea la verdad, todos estos escritores son cubiertos por los
fenómenos mediáticos y que tal vez la verdad es que México sea el que
los mueve a ellos y no al revés, pero es innegable el valor de sus
trayectorias no sólo dentro sino fuera de México.
Ahora que si la pregunta fuera por quiénes son los cincuenta escritores
que mueven a México, es seguro que podríamos barajar muchos nombres con
certeza y creo, muchos de ellos con unanimidad.
Yo apuesto que en una lista así tendría que estar el nombre de Saúl
Ibargoyen, escritor uruguayo-mexicano con un poco más de 30 años de
trabajo activo en nuestro país.
Este año que acaba de concluir, Ibargoyen lo terminó con una gira de
estudio y presentaciones de sus trabajos en Buenos Aires, Quito y otras
ciudades del Cono Sur, además de que bajo ediciones EÓN publicó su
última novela: El Torturador.
Antes de hacer un abordaje de análisis de la obra, no podemos olvidar
mencionar que Ibargoyen sacó su poesía édita, que comprende desde 1956
hasta el año 2000, en un libro con el título de El Poeta y Yo,
que es un amplio volumen cuya selección y presentación estuvo a cargo de
Hugo Giovanetti Viola, estudioso de la obra de Ibargoyen. Saúl además
durante mucho tiempo fue maestro en La Escuela Mexicana de Escritores de
la SOGEM, además de que bajo el mismo sello de EÓN editorial se
publicaron sus libros: Toda la tierra (novela) y Cuento a
Cuento (relatos completos) y su poemario El escriba de pie,
(edición de editorial Tintanueva) el cual mereció el Premio
Nacional “Carlos Pellicer” en su edición del año 2002. Agréguense
ensayos, entrevistas, artículos, poemas sueltos en la mayoría de las
revistas literarias y periódicos importantes del país.
El volumen de El Poeta y yo por su extensión y por sus
resoluciones poéticas, que abarcan cuarenta y cuatro años de madurez,
perseverancia y fe en la poesía, merecería un ensayo completo aparte.
Por el momento nos basta decir que El Poeta y Yo con el paso del
tiempo se verá cada vez más como referencia obligada, tanto para
estudiantes de Letras como para escritores en activo y poetas
primerizos, es una obra enorme en todos los sentidos. Juan Gelman y
Eduardo Milán (otro gran poeta de origen uruguayo entre nosotros) han
celebrado sin ambages la poesía de Saúl Ibargoyen, quien, por supuesto,
también perteneció al grupo de escritores de Latinoamérica y el Sur de
Estados Unidos que en los años sesenta del XX formaron parte de El
Corno Emplumado (hay que recordar que Julio Cortázar, ya con toda la
fama y autoridad moral que tenía en ese momento, felicitaba y veía con
muy buenos ojos las creaciones de lo que iniciaron Margaret Randall y
Sergio Mondragón, que, finalmente, con la represión del tlatelolcazo el
2 de octubre de 1968 y que continuó posteriormente, terminó por hacer
desaparecer a la revista).
Principalmente poeta, Saúl Ibargoyen maneja la prosa de largo aliento y
el relato sin el famoso “desastre” que ocurre —según decía Augusto
Monterroso—, cuando el poeta decide narrar. Saúl Ibargoyen logra ambas
cosas con veracidad total y, además, en su prosa no se puede dejar de
advertir y sentir el peso de la palabra que significa, por supuesto,
que nuestro narrador es un gran poeta. Un rasgo característico de su
prosa (algo que también ha mencionado Hugo Giovanetti Viola) es su
tendencia hacia visiones escatológicas y muy lejos del tipo de
edificaciones “estetizantes”. Ibargoyen nos confronta en su poesía hacia
observar la necia oligofrenia del mundo y la obscenidad del ser humano
cuando éste se comporta como perro. Y, si esto es así, Saúl no lo sabe
de oídas: a su obra han de agregarse sus denuncias sobre los abusos de
tortura en su país de origen y de México… Pues… ¿la verdad qué
esperaban?
Lo primero que salta a la vista al leer al Ibargoyen narrador es su
construcción maestra de un slang violento en la urdimbre del texto y
entre el habla de los personajes, que no es un slang propiamente
extraído de la calle o de los barrios bajos de las zonas urbanas de un
país como México, pero que (y he ahí una de sus genialidades en cuanto a
innovación estilística) inmediatamente nos es identificable, es un slang
que Ibargoyen ha pulido en su expresión y en su decir y ese slang nos
toca, se nos acerca como un filo, es parte de nosotros aunque de él no
tengamos la experiencia real en estricto sentido, es un logro de poeta:
esa vivencia del slang puesto al servicio de la literatura es la mejor
arma del Saúl narrador en El Torturador que sacó de las
quintaesencias del lenguaje violento de “un país que está a medio camino
entre Uruguay y México” pero que definitivamente es parte de nuestra
historia. Seríamos necios si no nos reconociéramos en ésta nueva novela
suya, que apuesto, está todavía por verse su impacto en las letras
mexicanas.
El Torturador
narra, y tiene como personaje central a Escipión Carrasco, alias “el
Machito”, alias el agente SSS007, quien terminará torturándolo todo,
inclusive así mismo. Es “un hijo sin madre” identificable, no hay
registro alguno de quién fue su progenitora en ningún lado; existió su
padre, quien fue su primer torturador y en un enfrentamiento, pero
amoroso, el padre muere; después y por medio de ese slang recorriendo
toda la narración, se irá conformando la historia y saldrán toda una
caterva de personajes: “los juanes”, el Coronel Dunviro, el Presidente
del Estado Mesoriental, etcétera.
Saúl Ibargoyen es de los maestros que gustan recordar siempre la
importancia del primer poema reconocido a nivel mundial de la humanidad:
Gilgamesh, (en La Escuela de Escritores de la SOGEM donde me dio
clase en el año 2000 ya lo hacía con vehemencia) poema que como se sabe,
es un recorrido onírico y un viaje al mundo de los muertos que hacen
Gilgamesh y su amigo Enkidú para encontrar el secreto de la
inmortalidad. Según una entrevista que dio a Alejandra Silva Lomelí de
El Sol de México, en donde la periodista arroja la pregunta desde
el título mismo de su trabajo: “El Torturador: ¿novela
polifónica?”
Pregunta Silva Lomelí:
El personaje principal de tu novela, Escipión Carrasco, es un incompleto
de sí mismo, según tu misma definición. Carece de todo, incluso de una
identidad inicial. Él tiene que forjarla solo, y en gran parte lo hace a
través de sus sueños, que son catárticos y reveladores. ¿Nos puedes
hablar sobre lo onírico en tu novela? ¿Cómo forman la personalidad de
Escipión?
Saúl
Ibargoyen responde:
“Los
sueños son viejo asunto en todas las culturas. Basta recordar el Poema
de Gilgamesh. En cuanto a Escipión, ese ámbito pesadillesco que lo acosa
tiene origen, sin duda, en las más que penosas experiencias de vida. En
él hay un torturador activo hacia los otros y uno físicamente pasivo
hacia sí mismo. Esas pesadillas, producto de lo cotidiano y de la
ausencia materna, a más de las carencias de la pobreza, generan más
pesadillas que, de algún modo, se trasladan a la brutal vigilia que el
personaje habita. Su propia imaginación puede ser interpretada como un
mal sueño permanente. Escipión, en parte, es resultado de esos
revoltijos oníricos...”
Todos sabemos de la maestría polifónica en las novelas de Milan Kundera,
pero éste asunto no va por ahí. El discurso narrativo de El
Torturador sería novela polifónica al estilo de esas mezclas de
habla más bien, de La Habana en Tres Tristes Tigres de Guillermo
Cabrera Infante, que también parten de “revoltijos” oníricos nocturnos,
pero es dolorosa la experiencia de leer El Torturador
y, a pesar del aparente paralelismo entre estas dos obras, la verdad
es que son todo lo contrario, pues como el mismo narrador nos recuerda:
“la ficción también hiere”. La obra que hizo mundialmente célebre a
Cabrera Infante, no es sino una celebración de los ámbitos nocturnos de
Cuba bajo el régimen de Batista, pero la verdad es que El Torturador
es todo lo contrario o, más exactamente, es el otro lado
de la moneda de esa celebración, ya que, en el Estado Mesoriental donde
se desarrolla la novela, casi podemos ver, en la figura y el contexto de
Escipión Carrasco, toda la historia de impotencia, desgarramientos, caos
y devastación en nuestros países de América Latina en el siglo dos XX,
cuando desde el poder, “la voz, agria de hipocresía, proclama que lo
primero es el orden”, según dice uno de los poemas de protesta de Efraín
Huerta.
Como lo sabemos todos los escritores mexicanos, los editores de libros,
de revistas y suplementos culturales (toda publicación sobre las letras
que se precie no puede nunca estar fuera de estos debates, encuestas y
cuestiones) y demás gente cercana a los libros, en su número de abril de
2007 la revista NEXOS hizo una encuesta llamada “Las mejores
novelas mexicanas de los últimos 30 años”. Yo creo que en el año 2020 se
volverá a convocar a ciertos votantes exclusivos para otra encuesta que
seguramente causará polémica y será llamada quizá: “Las mejores
novelas mexicanas en las primeras dos décadas del siglo XXI”. Ojo: en
ese entonces ya Carlos Fuentes, como figura y su gran conocimiento de
los distintos Méxicos que somos, significará otra cosa para todos
nosotros. De hecho, Ibargoyen arriesga mucho más que Fuentes en términos
de novela política. La Voluntad y la Fortuna de Fuentes, por
ejemplo, con todo y sus 552 páginas densas y espesas, palidece ante el
verdadero horror de El Torturador y la maestría de su inquietante
final in crescendo. El Torturador va a estar en esa lista
que seguro vendrá y quizá entre los diez primeros. Por su contundencia,
su innovación estilística, su ironía amarga de triunfo pírrico, las
carcajadas de borrachera que provoca, (¡no por otra cosa sino porque
está escrita siempre desde el punto de vista del narrador que no deja
descansar a nadie: ni a los personajes ni al lector, todos sufren y
todos tenemos qué hacer catarsis ante El Torturador!) la solidez
brillante de la historia en sí y por sí misma, así debería de ser. A
éstas alturas todos sabemos ya qué es lo mejor de Jorge Volpi en su
novelística (En busca de Klingsor), de Juan Villoro (sus
recopilaciones de ensayos y la novela El Testigo), de Enrique
Serna (El Seductor de la Patria), de Gerardo de la Torre (Su obra
de cuentos y Ensayo General), de Guillermo Samperio (La Antología
que le publicó Alfaguara) etc...
Abro un libro de ensayos críticos reciente de Geney Beltrán Félix (2009,
publicado por la UNAM) cuyo trabajo es notable y ha sido muy comentado
en el periodismo escrito: El Sueño no es un Refugio sino un
Arma y leo: “¿para quién se escribe? ¿No es aterrador que el diálogo
intelectual fuera del círculo literario sea casi nulo? [...] ¿La
literatura va a quedar relegada sólo al cubículo universitario del
doctor en letras? (pp. 75-76). El ya mencionado Cabrera Infante declaró
en el Prefacio a la cuarta edición de Así en la Paz Como en la Guerra
(1960) que un amigo suyo le había dicho: “cuando un escritor tiene un
público es hora de que comience a escribir para él”. No concuerdo
totalmente con las preguntas de Geney Beltrán. No creo que ni él mismo
las acepte. Pero reconozco que me obligan a meditar, a volver sobre
preguntas mías que ya creía resueltas y replantear la idea o, más bien,
ese conjunto de ideas, referidas claro, a “la inmensa minoría” del
público que tienen los libros y la literatura.
Una cosa sí es segura: El Torturador no es una novela hecha para
escritores y periodistas solamente; es para todo lector, toda lectora,
porque ese espacio narrativo “a medio camino entre Uruguay y México” del
siglo pasado nos es dolorosamente próximo: Lomas Taurinas, Chiapas,
Acteal, Tlatelolco, Oaxaca, el cura pedófilo Marcial Maciel, los
filósofos marxistas Bolívar Echeverría y Adolfo Sánchez Vásquez, los
jóvenes emos, el ejército en las calles y la tortura misma (Ibargoyen
se adelantó a Presunto Culpable, el documental de moda) ¿No son
todas esas cosas, acontecimientos, lugares, nombres, repito (y la lista
verdadera es más larga) no nos son definitivamente próximos y nuestros?
Son nombres, lugares y cosas que han surgido por la tortura, por
nuestra tortura.
Febrero 2011