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5.Sept.06

     

 

 
El Pilar de don Agustín

1ª entrega

 

Me invitaron hace seiscientos años a participar en la Feria Universitaria de Libro. No pagaban, así que logré un cambalache: ciertos libros del fondo editorial de la Universidad Autónoma de Hidalgo, a cambio de una plática sobre la lectura de Juan Rulfo.

 
   

       La invitación me la hizo el titular de estos asuntos, Enrique Rivas Paniagua. Le dije que en principio sí pero que le pedía confirmáramos dos o tres días después. Esa confirmación jamás llegó. O más bien, sí, pero el sábado 26 de agosto a las once de la mañana, fecha y hora en la que me hallaba a quinientos mil años luz de la tierra.

 
Agustín Ramos

       Lo peor es que el acto estaba programado para ese mismo día, a las siete de la noche. Otra vez sucedió lo mismo, quien recibió el recado pidió, otra vez a Enrique Rivas Paniagua, que volviera a llamar para ver si me había localizado y si yo estaba en condiciones de asistir.

       Si hubiera esperado la confirmación, ahorita seguiría en eso. Por fortuna, entre mi musa y yo decidimos que aunque todo indicaba que en realidad no les interesaba mi presencia, debía asistir para impedir que se me tachara de irresponsable.

Desde el lugar mismo de los hechos...  

       Llegué cinco minutos antes y ahí sí que tuve una confirmación, la confirmación de que nadie me esperaba. En los altavoces de la feria anunciaban el tema de la charla pero no a quien la dictaría. En el recinto sede de la misma, un grupo de cuentistas deshacía sus propios textos (uno de ellos se refería a una mujer que estaba livida, así sin acento... eran los ganadores de un certamen literario de la Universidad).

 
Como la vida misma  

       Fuera de ahí encontré a Enrique Rivas Paniagua, que venía preparado con las obras de Juan Rulfo, mismas que me ofreció por si yo no las traía.

 
   

       Por fortuna ahí terminaron los disgustos. El público, extraordinario y su respuesta muy estimulante. De esa interacción hablaré en la próxima entrega.

 

Sólo me resta añadir que aunque Enrique me confirmó (eso sí) que los libros del arreglo estaban disponibles para mí, aún me pregunto, trémulo, ¿iré por ellos?

Hasta pronto.

 

 

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