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4.May.07

El Pilar de don Agustín
 
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Agustín Ramos
 

 

 

Desde Quintana Roo, Agustín Ramos le escribe a Tulancingo Cultural

14.Feb.07
 
 
 
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1ª entrega, 5.Sept.06
 
 
 
Desde el lugar mismo de los hechos...
 
 
 
Como la vida misma
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
El periodismo, ¿un género literario?
¿Ficción contra realidad o verdad contra mentira?*
 

 

 

Como el novelista, al igual que los redactores de oficios y de cartas poder, utiliza la palabra escrita, los teóricos de la creación literaria siempre han buscado la diferencia entre uno y otro empleo de la palabra.

         ¿La diferencia entre literatura y simples escritos radicaría, acaso, en la intención estética? En efecto, este elemento esencial en el poema, en el drama y en la narración, parecía cimiento suficiente para edificar una distinción entre las escrituras literarias y no literarias, distinción que dejaría tranquilo al mundo. Sin embargo la realidad, que además de ser real tiene el pecado de ser muy terca, vino como terremoto y derrumbó el feliz hallazgo.

         ¿Cómo descifrar la intención estética? Y, sobre todo, ¿cómo explicar que algunos trabajos escritos sin intenciones literarias (es decir al margen de la tradición estética de su momento) resultaran evidentemente más bellos que la mayoría de los productos literarios? Platón, por ejemplo, que tanto fustigó a los poetas, alcanzó más poesía al revivir a Sócrates que la gran mayoría de sus contemporáneos dedicados a la lírica. Y mientras la épica se quedaba más o menos sola bajo la advocación de un tal Homero, la historia resplandecía con Tucídides y Herodoto, e incluso con Jenofonte, cuyas evocaciones socráticas compiten victoriosas con las del mencionado Platón.

         Para qué seguir. El criterio estético, la nebulosa noción de las intenciones de un autor, con el correr de los siglos terminó como el cuetero y no dejó satisfecho a nadie. Por eso se llegó al tema,  una cuestión no menos intrincada pero de resonancias más prestigiosas. El tema sí definiría lo ficticio y lo no ficticio. Además, como quien parte y comparte se queda con la mejor parte, los teóricos de la literatura y los lingüistas se reservaron la ficción, siempre más sutil y artística que la pedestre realidad no ficticia

         Así, lo que hasta hace muy poco tiempo diferenció a la literatura de otro tipo de escrituras fue el carácter ficticio de la primera. En otras palabras, la literatura tenía como propósito inventar historias, elaborar ficciones, y en consecuencia se contraponía tanto a los ensayos y tratados técnicos, historiográficos, científicos y filosóficos, como a los géneros periodísticos, biográficos, epistolares y demás ejercicios de escritura que se referían a la realidad de manera directa.

         Y todo mundo en paz. Con esa división marchaban como buenos soldaditos los quehaceres serios: los oficios, la redacción de leyes, los discursos de los políticos, las cartas privadas y las letras de cambio. Mientras en el otro carril, sin estorbar ni poner en peligro a nadie con sus imprudencias de conductor ebrio, zigzagueaba el carnaval de la inventiva: teatro, poesía, narrativa.     
         Ah, caray. Esta concepción, así reducida, suena tan falsa como el dinero de cuño corriente sojuzgado y envilecido por el Fondo Monetario Internacional.
         Ya en serio, si no es la intención ni el tema, ¿qué diferencia a la escritura artística de la escritura no artística? Aunque en definitiva no todo lo que se escribe es literatura, quizá la pregunta esté mal planteada y el dilema sea falso.   
         A mediados del siglo veinte, en Kansas, es decir en el mismísimo centro del imperio, gracias al extraordinario talento del narrador Truman Capote, quedó hecha trizas la concepción que reservaba a la literatura el carácter ficticio, apartándola de lo referido a hechos reales. Con la aparición de una obra como A sangre fría, quedó de manifiesto lo endeble del pensamiento que veía en la ficción la esencia del arte narrativo, o mejor dicho de la escritura literaria.
         Por supuesto que antes de Capote hubo intentos nada despreciables a favor de una apuesta teórica donde lo real y lo no real en la literatura se contrastara con la mentira y destituyera a la ficción como elemento definitorio del arte literario.
         Por una parte, lo irreal y lo no real de ninguna manera deben ser sinónimo de lo falso. Por otra, tanto lo no real como lo real alimentan temas imprescindibles de la literatura, en una época en que la vida está tan harta de ficciones como urgida de utopías y de ucronías, de tiempos y espacios necesarios aunque inexistentes.
         Porque las ficciones, comenzaba a quedar cada vez más claro en la literatura reciente, constituían fingimientos, apariencias cuyo propósito no era desnudar o acercarse a las verdades de la humanidad, sino evadirse de ellas, ocultarlas, disfrazarlas. Y no sólo en la literatura; también fuera de ella se fingía. Había un periodismo con línea, capaz de erigir en señor presidente a un usurpador de medio pelo; había periodistas tendenciosos, que encabezaban o engrosaban campañas de prestigio o de desprestigio a gusto de quien los patrocinara.
         De ahí pues, de tal hartazgo, derivó el auge de un periodismo posibilitador de otra gran revolución en la literatura. Lo que Tom Wolfe, con euforia, imprecisión y exageración hasta cierto punto comprensibles, quiso bautizar como Nuevo Periodismo. Su tesis, simplificada, se reducía a predecir que el gran de la escritura ya no se hallaría en los géneros literarios convencionales (la novela, sobre todo, pero también el cuento) sino en los géneros periodísticos (crónica, entrevista, reportaje).
         Digo comprensible porque, aparte del ya deslumbrante índice de grandes obras periodístico-literarias que Wolfe antologaba y que él mismo podía encabezar, Truman Capote había dado el grito de “Tierra a la vista” ante el nuevo continente de la no-ficción.
         En suma, no sólo gracias al genio del narrador Capote, pero sí a partir de él, los horizontes del periodismo ya no fueron más la objetividad o la imparcialidad sino la ciencia y el arte de la narrativa, buscar la información con un rigor que emulara el método científico y con un virtuosismo que se aproximara al arte narrativo. Bueno, pues lo mismo del otro lado, la literatura andaba urgida de aprovechar los avances de la ciencia y el periodismo para acercarse a la verdad y alejarse de la mentira.
         La pregunta a formularse no debe ser entonces de carácter formal ni muchos menos fundamentalista, sino estrictamente profesional (de profesar una convicción y de ejercerla con profesionalismo). Una pregunta menos errada que las actuales será la que interrogue por qué queremos apostar, ¿por poner la ficción en contra de la realidad o por poner la verdad en contra de la mentira?
         Me parece que lo más acertado es lo segundo, pues no se trata de contrapuntear a la escritura de ficción y a la escritura de la realidad, ya que ambas encarnan  actitudes cuyo propósito es buscar una verdad humana o por lo menos detectar los errores que se cometen al buscar esa verdad.
          Se puede mentir mucho más fingiendo escribir un reportaje “objetivo” e “imparcial” que procurando escribir el cuento más fantástico. Y viceversa, porque más verdades dijo Shakespeare que los historiadores de su época. Y más poesía épica rubricó Bernal Díaz del Castillo que todos los poetas del siglo XVI en la Nueva España.
 
 
*El texto presente formaba parte de la novela La noche, que bajo el sello de Tusquets Editores está ya en las buenas librerías. A modo de falsa primicia, puesto que al ser excluido de dicha novela este fragmento ya no forma parte de la misma, el autor se permite ponerlo a consideración de los benévolos lectores.

 

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