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13.Sept.06

       
El Pilar de don Agustín

 

 

 

 

 

 
Participación de Agustín Ramos en la mesa redonda "La novela en la historia y la historia en la novela", dentro de la XVIII Feria Nacional del Libro de Antropología e Historia, celebrada el  domingo 10 de septiembre de 2006 en el Museo Nacional de Antropología, Chapultepec. México, D.F.

La novela histórica, revelación (y confesiones)

por Agustín Ramos

 

 

 Quizá porque me arrojaron al activismo político el 10 de junio de 1971, el régimen imperante en México, y en general el sistema, no podían parecerme simpáticos. Ese régimen había orquestado una matanza de la que, ante los llamados medios de comunicación social, se ostentó como primera víctima. Y tuvieron que pasar treinta y cinco años para probar, aunque ya con mínimos efectos judiciales, que el principal responsable de aquellas muertes fue Luis Echeverría Álvarez, en ese entonces cabeza de aquel régimen político y principal bastión del sistema.

 

 

 

 

Agustín Ramos

 

La política, por tanto, me parecía a la vez apasionante y detestable; es decir, me fascinaba al punto de que si hubiera sido mujer me habría casado con ella. Pero como por fortuna no lo es, a lo más que me impulsó mi ingenuidad fue a confundirla con la historia. La política de oposición era la historia, porque representaba la única manera de obrar sobre el destino de la humanidad. La historia, como lo señalaba Vico en el siglo XVIII, y como lo estaba descubriendo yo a principios del 71, no era responsabilidad divina sino obra de la humanidad. Recién estaba enterándome de lo ocurrido en el movimiento estudiantil, gracias a una novela histórica light, a un libro de ensayos heavy y a otro de entrevistas nice que en aquellos años reunió a sus autores bajo el autoapodo de La trilogía tlatelolca.

Como la vida misma

La historia, pues, estaba demasiado próxima para mí, en los presos políticos que regresaban del exilio en Chile para estelarizar un mítin en CU, en las resonancias imagológicas del Che (discúlpeseme la licencia sinestesia) y en los testimonios de la revuelta mundial de 1968, tan fresca en dos sentidos: por su característica antisolemnidad y porque constituía la mano de pintura más reciente sobre el único modo posible de hacer el mural de la historia: transformándola.

Desde el lugar mismo de los hechos...  

Entonces vino la matanza (descartada jurídicamente como genocidio) del 10 de junio del 71 a troquelar en mí, trauma mediante, todos aquellos dogmas. La política era la única forma de hacer historia y la única política válida era la de los revolucionarios socialistas; lo demás, ya lo había sentenciado nuestro gurú, sería una caricatura de revolución. Pero entonces surgía una acuciante pregunta leninista, ¿qué hacer?, sí, ¿qué hacer con la parte sobrante de la humanidad que no se comprometía con la revolución socialista?

 
   

Cualquier respuesta posible, incluida la de mandarla al basurero de la historia, terminaría por completar mi dogmática visión: en la humanidad había dos bandos, el de los buenos y el de los peores. O, mejor aún, el de las víctimas y el de los victimarios. Claro que yo no era capaz de verlo así ni muchísimo menos de burlarme de tal cosmovisión. Para mí el problema consistía, parafraseando a William Shakespeare, en hacer o no hacer historia.

 

Había sin duda mucha confusión, muchísima ignorancia envuelta en la certidumbre de que sólo quienes suscribiéramos estas teorías, podíamos hacer la historia.

Porque la única historia posible, repito, era la revolución socialista.

   

          Los más consecuentes se fueron a la clandestinidad, para hacer madurar las condiciones subjetivas, como decía el Che. Otros, optaron por la militancia política, ¿en dónde más, si no en el Partido Comunista, ahijado del totalitarismo soviético? Los demás nos quedamos a medio camino, repudiando el reformismo y temiendo andar el que a todas luces era un camino sin retorno: la lucha armada.

 

          Cuando me refiero a la ignorancia, quiero decir que nos faltaba mucha información, muchas lecturas de todo tipo, no sólo de cuestiones políticas, económicas, sociales y filosóficas, sino ante todo de cultura general. La  literatura, por ejemplo, era un territorio virgen más allá de algunas obras de Gorky (La madre), Alexander Blok (Los doce), Ovstrovsky (Así se templó el acero), Makárenko (El poema pedagógico), Shólojov (El Don apacible) y, desde luego, de la trilogía tlatelolca.

   

            Autoestigmatizados, como dije, por las llagas de la antipatía contra el sistema y el régimen imperante, circulaba entre nosotros, a modo de fomento de lectura o cataplasma pedagógico, material de la URSS, de China, de Cuba y de algunas organizaciones clandestinas (el periódico Madera y algunas hojas mimeografiadas del Partido de los Pobres o de la Asociación Cívica Guerrerense).

 
   

            Por eso no dejó de asombrarme veinte años después la novela histórica Guerra en el paraíso, de Carlos Montemayor, porque me reveló el verdadero país ajeno a las hemerotecas y a los materiales de nuestros círculos de estudio: un país cundido de organizaciones guerrilleras. Me reveló los ciegos que habíamos estado pese a tanta información, tanto interés y tanta búsqueda. Me reveló, en general, la tan redonda ignorancia sobre la que habíamos edificado una muy bien acabalada cosmovisión, o “Féltanchaung”, como pronunciábamos los que, aunque ya habíamos leído los Manuscritos Económico Filosóficos de Marx en Ediciones de Cultura Popular, no podíamos pasar de la introducción de El Capital  traducido por Wenceslao Roces. Una cosmovisión grandilocuente y apasionada, que contenía muy poco, pero en verdad muy poco, de lo que en realidad acontecía en el México de los muy politizados años setenta.

 

            He ahí, me dije, lo que es una buena novela histórica. Una revelación. Para esto, ya andábamos en 1991.

   

            Sí, ese otro descubrimiento mío tampoco era nada nuevo. Y estaba igual o más deforme que aquel respecto de la historia como producto humano. En efecto, no era nada nuevo. El lugar común se lo escuché o se lo leí por primera vez décadas atrás a Carlos Fuentes, cuando decía que para conocer la historia de un país la mejor y más eficaz herramienta era la novela. Así, la novela, sin apellido. 

 
   

Pero yo quise sobreentender que se refería a la novela histórica. Ahí estaba El cerro de las Campanas, entre otras novelas de Juan A. Mateos, por medio de las cuales mi familia aprendió a conocer la Guerra de Reforma y la intervención francesa. Y ahí estaba La guerra y la paz, de León Tolstoi, para aprender como en ningún otro libro especializado en el tema la campaña de Napoleón en Rusia.

 
   

            Hasta que la verdad, la verdadera verdad, con los años, vino a quedar --por lo menos-- en entredicho. Igual que el amor y así de indefinible e inasible. La política, apenas en los primeros atisbos de su complejidad, me mostró, como si del matrimonio estuviésemos hablando, sus graves deficiencias. La historia, permítaseme la metáfora, resultó una mar femenina cuya humedad de ola se mete hasta entre los entresijos de la más virgen víctima. Y ésta, al igual que el victimario --a veces, no siempre--, no pasa de ser actor judicial o actriz de reparto.

 
   

             Todo resultó relativo. Había de novelas históricas a novelas históricas y de libros de historia a libros de historia  Y no siempre aquéllas aventajaban a éstas ni en veracidad y, a veces, ni en calidad literaria. ¿Dónde había más verdad? ¿En Los de abajo o en La historia de la Revolución Mexicana de don Jesús Silva Herzog? ¿En “La fiesta de las balas”, fragmento de El águila y la serpiente de Martín Luis Guzmán o en La revolución interrumpida, de Adolfo Gilly?

 
   

De igual manera, me cayó el veinte de que no había contradicción entre la temática histórico-exótica y la temática cotidiano-presente, mediante lo cual contrastaba Lukács las flaubertianas novelas Salambó y Madame Bovary. O más sencillamente, descubrí que la contradicción entre historia y cotidianeidad sólo es aparente, porque lo cotidiano termina por hacer la historia, y la historia no puede ser sino producto de la cotidianeidad de los individuos que conforman la sociedad.

 

            La novela, pues, como recuerda Alessandro Baricco citando también a Lukács, “es la epopoeya de un mundo abandonado por los dioses”. Por tanto, podríamos decir que es una epopeya humana. Descubrimiento, a fines de los ochenta y principios de los noventa, de un agua tan tibia y de un hilo tan negro como el de mis años más mozos.

   

          Para mayor confesión de parte, y ateniéndome a un prurito de economía y de simetría, mencionaré tres historiadores y tres novelistas a quienes reconozco y siento deber por igual, tanto en lo histórico como en lo literario. Por la parte de la historiografía he elegido a Alain Corbin, autor de El perfume o el miasma. El olfato y lo imaginario social. Siglos XVIII y XIX, a William B. Taylor, autor de Embriaguez, homicidio y rebelión en las poblaciones coloniales mexicanas y a Robert Darnton, autor de La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa. Por la parte novelística, escojo a Heinrich Böll con El honor perdido de Katharina Blum, a Leonardo Sciascia con La bruja y el capitán y a Dacia Maraini con Isolina, la mujer descuartizada.

 
   

          Como podrá advertir quien conozca estas obras, al elaborar mi muestrario elegí, por la parte de la novela, tres obras que, además de no contener “grandes acontecimientos históricos” sino hechos de la vida cotidiana, coinciden en que su tema central es un litigio póstumo por distintos grados de violencia contra mujeres, violencia infligida en segundo término por muy poco honorables instituciones de justicia (supongo que por intuición eludí inconscientemente y con buen gusto el tema electoral y tratar otro que aunque no menos escandaloso por lo menos pondrá menos en evidencia al statu quo).

 
   

          La novela de Sciascia, como todos recordarán, es en esencia un alegato jurídico extemporáneo a favor de una sirvienta acusada de brujería y condenada a la hoguera por la Santa Inquisición en el siglo XVII (cabe agregar que esta novela parte de la que se considera la primera obra maestra entre las novelas históricas, Los novios, de Alessandro Manzoni, editada en 1823, nueve años después de que Walter Scott inaugurara por así decirlo el género con Waverley; y reeditada después en dos tomos, en 1840 y 1842 respectivamente).

 

Así pues, la novela de Sciascia parte de una cita del capítulo XXXI de la obra de Manzoni, en donde éste menciona que una eminencia jurídica, en vez de encomios, le mereció repudio por haber procesado bajo el cargo de brujería a Caterina Medici, una mujer inocente.

   

         (Entre paréntesis, no se debe olvidar que Manzoni fue un sagaz observador de las limitaciones del drama histórico, lo cual explica no sólo su opción por un nuevo género para incidir en los hechos históricos, sino también la maestría con la que incursionó en tal género.)

 

            A su vez, la novela de Böll narra la reacción que para salvar su buen nombre adoptó una mujer ante las calumnias y la difamación que la prensa al uso se encargaron de magnificar.

   

            Por último, buscando hacer visible a una mujer, Dacia Maraini hurga en una nota policial veronesa de enero de 1900, el descuartizamiento de Isolina Canuti, ente invisible para los tribunales, cuyos fragmentos rescatados en el río Adigio  ni siquiera fueron considerados dignos de registrarse en la nómina del cementerio local.

 
   

            En los hechos que las tres tratan hay además otra constante: la legalidad que imparten instituciones cuyo propósito, jurídico y publicitario, no es hacer justicia o expresar la verdad sino encubrir a los culpables y dejar a salvo los privilegios sociales de que gozan éstos. 

 
   

A medida que avanzo en este texto, me doy cuenta de que mis elecciones parecen postular el sacrificio, la victimización. Y no creo que esto sea producto del azar, así que intentaré explicarme. 

 

Para el momento actual, para el momento histórico actual, me parece más adecuada --o de más necesaria veracidad--, la novela histórica desde el punto de vista de los vencidos. Esto es, más que por pruritos morales, mi predilección por ciertos temas en las novelas históricas obedece a la necesidad de equilibrio. Y es que, como reza el lugar común, la historia la escriben los vencedores. Porque, los vencedores, si quieren serlo de veras, necesitan impedir que los vencidos den su versión.

   

Como señala Juan Pedro Viqueira Albán en el penúltimo párrafo de su obra ¡Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el Siglo de las Luces, “Como es bien sabido –dice-- los archivos guardan siempre la memoria de las clases dominantes; para rescatar algunas briznas del pasado lejano de los dominados, no hay otro remedio que el de utilizarlos críticamente.”

 
   

            En fin, para no agraviar más a la audiencia y a mis compañeros de mesa con tan elementales reflexiones, ya concluyo:

 
   

El tema de los métodos historiográficos, cada vez más precisos y acabados, o la sustancial ambigüedad de la realidad, cada vez más evidente, no deben servir de escudo ni a los historiadores ni a los autores de novelas históricas, para, respectivamente, falsear los hechos o mentir con técnicas de verosimilitud. Hoy, como siempre, o quizás hoy más que nunca, novelista e historiador se funden o se convierten en colegas. Lucien Febvre decía que “historiador no es el que sabe. Es el que busca...” y por lo tanto sentenciaba que había que hablar más bien de “adaptación al tiempo”.

 

Se trata, pues, de aprovechar los instrumentos cognoscitivos, desde las ciencias duras, pasando por las disciplinas sociales y artísticas, hasta los géneros periodísticos de opinión, para acercarnos lo más humanamente posible a las verdades, a la verdad. Estoy convencido de que tanto las disciplinas sociales como las técnicas narrativas, no sólo permiten sino que obligan a una veracidad cada vez mayor por parte de quien recurre a ellas.

            La novela histórica, repito, puede constituir una revelación. Con el único asegún de que, al fin verdad humana, siempre será susceptible de correcciones o aun de desmentidos. Y, al contrario de ciertos tribunales de la ignominia, jamás podrá dar veredictos inatacables. Razón de más para ser rigurosamente veraces si queremos incursionar en el género, o subgénero, como también se le considera, de la novela histórica, esa invitada especial de hoy a la Feria del Libro de Antropología e Historia que, como dijo Benito Taibo, llega con esta edición a su mayoría de edad, 18 años.

 

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