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INSTANTÁNEAS DE LA
CIUDAD
por
Miguel Ángel Tenorio
Hoy
presentamos:
“DISYUNTIVAS”
–¡Cuidado!– grita ella, él
voltea. Los ojos de ella, asustados, se encuentran con los ojos de
él. Estación Eugenia del Metro, línea 3.
Minutos atrás: él entra,
mete su boleto, baja las escaleras hacia los andenes. Disyuntiva:
¿Dirección Indios Verdes o Universidad? Indios Verdes. Camina hacia
el andén. El convoy se acaba de ir. Esperar otros dos o tres minutos
al siguiente. Camina hacia el frente, hasta adelante, donde no haya
nadie que pueda mirar su dolor en el pecho.
Media hora atrás:
–No, mire, ya revisamos su
currículum y está bien, es interesante, se ve que tiene usted mucha
experiencia, pero definitivamente necesitamos a alguien más joven,
con más energía, más empuje y usted … 55 años ya y/
Esta mañana:
–¿Y qué piensas hacer si no
te dan este trabajo? – le pregunta la esposa.
–No lo sé, pero yo creo que
sí me lo dan. Tengo todo. Experiencia, el idioma. Yo sí soy fully
bilingual, no como otros que se dicen fully bilingual y a la hora de
la verdad, se atoran con su inglés liga gringas.
–¿Pero la edad?
–Eso de la edad es un mito –
dice él, que se termina de poner la corbata, se pone loción y está
listo para salir.
–Yo nada más te digo una
cosa– le dice su esposa antes de que él abra la puerta–.
Lo que yo gano nos alcanza para pagar todo, menos las colegiaturas.
Y ya no puedo seguir pidiendo prestado dinero a mi familia. Ya no.
Así que yo no sé cómo le vas a hacer, pero mis hijos no van a ir a
escuela de gobierno.
El convoy se acerca. Un año
atrás:
–Necesito que me ayudes– le
pide a él, su mejor amigo.
–Pero es que ahora sí no
tengo dinero– le responde él –llevo seis meses sin trabajo.
–Y yo ya llevo dos años–
dice el amigo, que confiesa -Ya vendí todo lo que podía vender,
estoy endeudadísimo, ya no puedo más.
Dos noches después, en la
contestadora escucha el mensaje: el mejor amigo acaba de fallecer.
¿Cómo? ¿Qué pasó? Se echó al paso del metro.
El convoy se acerca. Él se
mira a sí mismo cruzando la línea amarilla. De pronto, escucha:
–¡Cuidado!
Él voltea, descubre: los
ojos de ella, 30 años, asustados. Luego, una ligera sonrisa, él abre
los labios como para decir algo. Ella parece tender la mano hacia
él, que avanza hacia ella, que ahora sí ya dibuja la sonrisa en su
rostro. Él ve la blusa semiabierta, ve la línea que divide sus
pechos. Suspira: un instante supremo de gozo. Ella le sonríe, ahora
sí, franca, abierta. Las puertas del convoy se abren. Suben juntos.
–Perdone, pero lo vi que
estaba a punto de caerse– le dice ella, que de pronto parece
descubrir la verdad y su rostro se ensombrece -¿O usted quería …?
Él se queda mudo, ella lo
abraza. Bajan en la estación Etiopía. El convoy arranca, él y ella
en el andén.
–¿Por qué lo iba a hacer?–
le pregunta ella, urgente.
Él está a punto de formular
su respuesta, pero ella ya no lo deja y suelta lo que por dentro le
quema:
–Hace 5 años me iba a casar
con mi novio, ya estaba todo listo y una semana antes, se echó al
paso del metro. ¿Por qué?
Ella rompe en llanto. Él la
abraza, ella lo abraza, le busca los labios, se besan. Llega el otro
convoy, la gente sube, baja, se escucha la chicharra, y él y ella
caminan abrazados hacia la calle, abrazados hacia algo nuevo que
inicia con un café y las manos entrelazadas, las piernas rozándose
bajo la mesa, en el Woolworth de Xola y Cuahtémoc, las piernas
entrelazándose en un hotel de la colonia Narvarte, los sexos
acoplándose, donde ambos se dan cuenta que están rodeados del
ambiente del 14 de febrero y que los dos son ahora, cada uno para el
otro, su Valentín.
Y él, al regresar esa noche
a casa, descubre para sí mismo que uno no se muere, mientras le
queden las ganas de sentir.
–¿Y ahora, qué piensas
hacer?– le pregunta su esposa.
–Pues seguir luchando, ¿qué
más?– contesta él, con una sonrisa, que a la esposa le parece
inexplicable.
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