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EL AÑO GALILEO, primera y segunda parte

Novela por entregas, original de Miguel Ángel Tenorio

 

Miguel Ángel Tenorio

 

INSTANTÁNEAS DE LA CIUDAD:

ASÍ DE FUGAZ EL PARAÍSO

 

Entrevista

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   

 

Novela por entregas, original de Miguel Ángel Tenorio

 

El año galileo

tercera parte

 

 

 

Hace dos semanas les empecé a contar esta aventura que me tocó vivir, cuando el señor Galileo Galilei me invitó a conocerlo de cerca. Mandó a mis tres reyes magos a que pasaran por mí el cinco de enero a la estación Observatorio del Metro, línea 1 en la Ciudad de México.

Viajamos para atrás en el tiempo y en el espacio y así fue cómo, no sé si por accidente o por qué, pero llegamos a Inglaterra a encontrarnos con el señor Newton, que me dijo que él también quería conocer de cerca al señor Galileo Galilei.

Y allá fuimos todos, el señor Newton, mis tres reyes magos y yo, en busca de Galileo. Llegamos a Italia, vimos la torre de Pisa y encontramos a Galileo niño que miraba la luna y las estrellas, a Galileo que se peleaba con su papá, que quería que fuera matemático como él, pero a Galileo le aburrían las matemáticas … hasta que un día, descubrió que las matemáticas eran necesarias, y ahí fue cuando el papá de Galileo y el propio Galileo se encontentaron.

Uf, pues este fue un rápido recuento de lo que pasó en estas dos semanas. Y ahora vamos, con el capítulo tres de esta aventura.

A partir del momento de la reconciliación Galileo y su papá se empezaron a llevar muy bien y a platicar mucho. Y en una de esas pláticas, Galileo, que andaba por los 26, 27 años, le dijo a su papá:

-         Fíjate que una de las cosas que me más me gustaría tener es algo, algo así como un instrumento, un algo para poder ver más de cerca la luna y las estrellas.

-         Oye, hijo, pues yo he sabido de algunas personas que están trabajando precisamente en ese invento.

-         ¿Quiénes?

-         No sé, pero es cosa de preguntar.

Y juntos, el papá de Galileo y el propio Galileo, preguntaron a muchas personas, hasta que finalmente se enteraron de que había un señor llamado Juan Roget, que había inventado un aparato llamado “telescopio”, que era una palabra compuesta de dos palabras griegas: “lejos” y “ver”. Es decir, el telescopio era para “ver lejos”.

Galileo se puso a hacer sus observaciones con un telescopio como el que había inventado Juan Roget, pero no le convencía. Miraba, tomaba notas, pero cada día pensaba más y más en que tendría que él inventar su propio telescopio.

De pronto, uno de mis tres reyes magos, el de chaleco blanco, se separa del grupo y me dice a mí:

-         Yo soy el propio Galileo Galilei. Y como verás, te puedo decir que esos años fueron de mucha felicidad para mí, porque le había encontrado el gusto a las matemáticas y me la pasaba haciendo observaciones con ese telescopio y anotaba muchas cosas, y seguía observando y observando. De veras, fue una de las etapas más hermosas de mi vida. Pero …

Los ojos de Galileo, de este Galileo que ahora me contaba su propia historia, se enrojecieron y se humedecieron, hizo una pausa, para luego decirme:

-         No sé por qué sucede, pero parece que siempre es así. Cuando mejor te está yendo en la vida, de pronto los problemas se te aparecen. Un día, cuando más feliz estaba, llegó mi padre y me dijo:

-         Galileo, hijo, tengo algo muy importante qué decirte.

-         Dime, padre.

-         Hijo, yo veo que estás muy contento con tus experimentos y con tus estudios y, créeme, me da mucha pena tener que decirte lo que te voy a decir, pero te lo tengo que decir.

-         Pues dímelo ya, papá, que no sé qué es eso que pueda ser tan terrible.

-         Resulta que estamos muy mal económicamente. Ya no nos alcanza el dinero. Por lo tanto, ya no te podemos tener aquí en la casa, ya no te podemos mantener. Te tienes que ir y buscar la forma de hacerte de dinero por ti mismo.

Mi rey mago Galileo, el que me estaba contando su historia, se sentó, puso los codos sobre sus muslos y la cabeza sobre las palmas de sus manos, pareció llorar en silencio, y luego levantó la vista para decirme:

-         Tal vez ahora, con el paso del tiempo, con el cambio de época, suene ridículo lo que voy a decir, pero para mí esa noticia fue terrible. Sentí que me hundía, que caía al abismo. Yo lo que quería era seguir estudiando, nada más.

Mi rey mago Galileo soltó ahora una ligera sonrisa. Sonrisa que hizo que su rostro se suavizara para contarme algo, que por lo visto le causaba gracia; o tal vez no sólo gracia, sino alegría.

-         Pero también parece que los seres humanos tenemos la capacidad de encontrar soluciones importantes cuando estamos al borde de la desesperación. ¿Qué crees que hice?

-         No sé – le respondí.

-         Me puse a vender telescopios.

-         ¿De veras? – le pregunté sorprendido.

-         Sí. Primero empecé a fabricar un telescopio igual al primero que había hecho, y luego otro y otro y otro, y los empecé a vender. Ya me imagino, si estuviera en tu época, a lo mejor ahí andaría en el metro, como vendedor ambulante: “Llévese sus telescopios, para mirar la luna y las estrellas”. “Llévese su telescopio para mirar la luna y las estrellas”. Pero si en mi época no había metro, lo que sí tenía era la posibilidad de ir de puerta en puerta vendiendo mis telescopios. Al principio parecía que ahí me iba yo a quedar, vendiendo telescopios toda mi vida, pero no, siempre se las ingenia uno. Cada nuevo telescopio que hacía, lo iba mejorando; es decir, yo seguía estudiando. Y al mismo tiempo, como cada nuevo telescopio era mejor, ganaba más dinero. Y como ganaba más dinero, entonces tenía más tiempo libre, y así seguí y seguí y seguí hasta que logré inventar el telescopio que yo quería, el telescopio astronómico, donde ahora sí podías ver la luna, las estrellas y los planetas, y distinguirlos. Claro, que me llevé muchos años para hacerlo, porque fue hasta cuando cumplí mis 55 años, que logré inventar ese telescopio. Y debo decir que la fortuna estuvo de mi lado, porque el telescopio se puso de moda. Todo mundo quería tener su propio telescopio.

Los merolicos parecían decir:

-         ¿Qué le pasa a usted, señor, señora, señorita, que todavía no tiene su telescopio? Tener su telescopio es como tener la llave del mundo, el que tiene su telescopio lo tiene todo. Recuerde que esto es una moda y las modas sirven para que todos tengamos la necesidad de tener. ¡Llévese su telescopio!

Mi rey mago Galileo se levantó de pronto y puso al señor Newton en el centro y a los otros dos reyes magos y a mí alrededor de Newton, y a todos nos dijo:

-         Ya con mi telescopio y las observaciones y deducciones, pude descubrir que las lunas de Júpiter giran en torno al planeta.

Mi rey mago Galileo nos puso a dar vueltas alrededor del señor Newton, que la hacía del planeta Júpiter. Estábamos bailando una danza muy chistosa.

-         Y fue entonces que se me ocurrió una idea importante, aunque al principio dije: “No, no puede ser”. Pero luego seguí pensando y dije: “¿Y qué tal que sí es así?” Luego volví a pensar: “No, no, no. No creo”. Pero luego otra vez pensé: “No, pues sí, sí, sí. ¡Claro que sí!”

Todos detuvimos nuestro movimiento y nos le quedamos viendo fíjamente a mi rey mago Galileo, que entonces, con una gran sonrisa nos hizo la pregunta que nosotros, o por lo menos yo, tenía en la punta de la lengua:

-         ¿Y qué estaba pensando yo?, se van a preguntar ustedes.

Y no sé si los demás, pero yo sí exclamé:

-         Pues sí, señor Galileo, eso es lo que me estoy preguntando.

-         Pues lo que estaba pensando yo – dijo mi rey mago Galileo – es que Copérnico tenía razón. Muchos lo llamaron loco, pero por lo que se podía ver aquí, Copérnico tenía razón. ¿Y en qué tenía razón Copérnico?, se van a preguntar ustedes.

-         Pues sí – dije yo – eso es lo que precisamente me iba a preguntar yo.

-         Te lo voy a decir en secreto – me dijo mi rey mago Galileo – porque en aquella época era una idea prohibida. ¿Sabes qué es lo que pensaba Copérnico?

-         No, por eso lo quiero saber – clamé yo, en un tono, que ahora pienso que a lo mejor hasta fue grosero, pero es que ya estaba ansioso por saber todo de una vez.

-         Pues Copérnico pensaba que la tierra giraba alrededor del sol.

Seguramente debo haber hecho una cara de “uy, eso cualquiera lo sabe”, porque vi cómo mi rey mago Galileo se puso serio y me dijo:

-         Claro, ahora ya todo mundo sabe eso, pero en la época de Copérnico, decir eso, aunque fuera sólo de broma, te podía costar la vida.

Seguramente ahora mi expresión fue de tanta incredulidad, que mi rey mago Galileo, se puso más serio y me preguntó:

-         ¿Quieres que vayamos en persona a conocer al señor Nicolás Copérnico?

-         Pues sí – le respondí.

-         Nicolás – dijo Galileo.

-         Aquí estoy presente – dijo mi segundo rey mago, el del chaleco rojo.

-         Nicolás – volvió a decir mi rey mago Galileo -. ¿Podrías tú ser nuestro guía en el viaje a tu época?

-         Con mucho gusto – dijo mi rey mago, que ahora yo descubría que se llamaba Nicolás -.  Señores, ¿listos para partir?

-         Listos – dijeron todos, menos yo.

-         ¿Y tú? – me preguntó mi rey mago Galileo.

-         Yo, pues … nada más quiero saber, ¿cómo le vamos a hacer para viajar al tiempo de Copérnico?

-         ¿Cómo que cómo? – me preguntó Galileo, que ni siquiera me dio tiempo a responder y me dijo -. Lo haremos tal y como lo hemos hecho hasta ahora, con la imaginación.

 

Todo empezó a dar vueltas a gran velocidad, nos metimos como si estuviéramos en el centro de un gran torbellino y así fue cómo llegamos hasta Polonia, año de 1473, ciudad de Torún, que es la de más grande desarrollo comercial, y que fue la ciudad donde en ese año nació Copérnico.

-         Sí, aquí nací yo – dijo mi rey mago Nicolás.

-         ¿Tú? – le pregunté yo, sorprendido.

-         Sí, yo. Yo soy Nicolás Copérnico – me dijo mi segundo rey mago, al que hasta ese momento sólo conocía por el nombre de Nicolás.

-         Entonces, ¿usted …? – me voltee a ver al tercer rey mago, al del chaleco verde, como tratando de adivinar su nombre.

-         Yo creo que ya lo sabes – dijo mi tercer rey mago -. Yo soy Isaac Newton.

Yo me quedé estremecido. La invitación que me había hecho el señor Galileo Galilei para este viaje era algo … extraordinario.

-         Hay una canción que yo he escuchado de tu época – me dijo mi rey mago Galileo, al verme con esa cara de asombro que seguramente tenía -. La canta, creo que un señor que se llama Juan Manuel Serrat y que dice algo así como … “Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así”.  Y yo te digo que así es esto, así es la vida. Cada día puede ser un gran día. En mucho, depende de cómo lo hagamos cada uno de nosotros. Así lo descubrí yo, después de muchos años de lucha.

-         No, pues sí – dije yo -. Éste ya no sólo “puede ser”, éste ya es un gran día.

-         Oigan –dijo entonces mi rey mago Nicolás -, y para seguir adelante yo les propongo que en lugar de quedarnos en 1473, que es cuando nací, ¿por qué no me acompañan a 1483, cuando yo ya tenía 10 años?

-         Ésta es tu época, tú mandas – le dijo mi rey mago Galileo a mi rey mago Copérnico.

Y lo que sucedió después, pues eso te lo contaré en el cuarto capítulo de esta historia que se llama EL AÑO DE GALILEO.

 

 

 

*sábados a las 10 de la mañana, por www.codigoradio.cultura.df.gob.mx

   

 

 

 

 

 

 

   

 

 

 

 

 

 

   

 

 

 

 

 

 

   

 

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