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EL AÑO GALILEO, capítulos anteriores

Novela por entregas, original de Miguel Ángel Tenorio

 

Miguel Ángel Tenorio

 

INSTANTÁNEAS DE LA CIUDAD:

ASÍ DE FUGAZ EL PARAÍSO

 

Entrevista

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   

 

Novela por entregas, original de Miguel Ángel Tenorio

 

El año galileo

sexta parte

 

 

Sigamos adelante con esta historia que ya pronto tendrá que acabarse, una historia en la que mis tres reyes magos, Galileo Galilei, Isaac Newton y Nicolás Copérnico, los tres me están llevando por un viaje en el tiempo y en el espacio para acercarnos a la vida del propio Galileo Galilei, quien tuvo una vida, ahora sí que de mucha lucha. Una vida donde hubo muchos descubrimientos. Hubo también grandes momentos de tristeza. Pero también grandes momentos de felicidad. Una vida, tal vez como la de cualquiera de nosotros. Una vida vivida por Galileo, con gran pasión.

Y recuerdo que la semana pasada nos quedamos en ese momento en que Galileo nos dice que:

–Y a veces cuando uno cree que más felicidad no puede haber, pues resulta que sí y entonces que descubro otra cosa.

–¿Qué? –  preguntamos todos.

–Según lo que se observaba en el telescopio, todos los cuerpos que formaban parte del Universo estaban en movimiento. Y la Tierra también.

Mi rey mago Galileo estaba feliz y nosotros con él. Pero nuevamente, como nos había pasado con él ya varias veces en esta historia, de un segundo a otro, su rostro pasó de la alegría a la seriedad, y nos dijo:

–Y una vez más, no sé por qué sucede, pero parece que siempre sucede. Cuando más feliz estás, algo pasa que viene a estropearte ese momento. Sucede que entonces vienen otra vez los aumentos de precios. Y yo que ya me había acostumbrado a vivir bien, de pronto me encontré con que otra vez debía mucho dinero.

–¿Qué haré? – me pregunté.

–Y entonces tuve que adelantar la presentación de mi más nuevo telescopio. Yo quería todavía seguir trabajando en perfeccionarlo, pero no tenía otra posibilidad más que ir a ver a los señores del Senado de la República y pedirles un aumento de sueldo, a cambio del telescopio mejorado. Ellos lo vieron, me hicieron muchas preguntas, todas se las respondí. Y uno de los Senadores les dijo a los demás:

–Imagínense que de veras es el gran invento del siglo. Nosotros le aumentamos el sueldo al señor Galileo. Eso no cuesta mucho. Y nosotros tendremos la posibilidad de hacer muchos telescopios, venderlos y así ganar mucho dinero.

–Parece que eso fue lo que convenció a los otros senadores, que después de unos momentitos en que platicaron ellos solos, regresaron para decirme:

–Muy bien, Galileo, te aumentaremos tu sueldo al doble y te aplaudimos por tu gran invento, así como también te pedimos que sigas adelante, estudiando, investigando.

–Yo me puse feliz otra vez, porque con ese dinero podía salir de deudas y volver a tener tiempo para estudiar. Y además, mi hija Virginia, que ya tenía más de 15 años, iba necesitando cada vez más cosas. Así que, ¡bienvenido el aumento de salario! Pero como digo, viene la felicidad y luego otra vez el conflicto. ¿Por qué? Porque a los pocos días llegan de Holanda unos marineros que vienen pregonando por las calles:

–Mire, señor, señora, señorita, muchacho, lleve su telescopio, un invento nuevo para que le puede bajar a quien usted quiera, la luna y las estrellas. lleve su telescopio, que además está bien barato.

–¿Qué, qué? – se preguntaron los del Senado -. ¿Telescopios y baratos?

–Sí, la gente se arremolinaba alrededor de los marineros llegados de Holanda con ese invento nuevo que estaba causando furor. Todo mundo quería tener su telescopio.

–¡No puede ser! – claman los del Senado – Se nos viene abajo el negocio.

–Y los del Senado, muy enojados, me vienen a ver:

–¿No que tu telescopio era nuevo? ¿No que no había otro igual en el mundo? – me empezaron a reclamar.

–Y yo les decía:

–Es que sí, señores, este telescopio que yo les he mostrado aquí es nuevo, es mejor que todos esos que venden en las calles. Es más, hasta les puedo decir, que muchos de esos que se andan vendiendo por ahí, son copias de los telescopios que yo mismo fabriqué y vendí hace muchos años. ¡Son telescopios pirata! Vean la calidad del mío y compárenla con los que se venden en la calle.

–Nos has defraudado, Galileo – me dijeron los del Senado -. Toda esta confianza depositada en ti, ¿para qué? ¿Para que ahora nos salgas con esto? No es justo.

–Por favor, señores, antes de que me digan cualquier cosa, vean a través de mi telescopio y luego observen a través de los telescopios de la calle. Podrán notar entonces la gran diferencia.

–Nada, nada. ¡Eres un traidor! ¡Un mentiroso!

–¡Pues lárguense de aquí, desgraciados senadores, que ustedes viven muy bien, mientras el pueblo tiene muchas necesidades! ¡Ya deberían haber hecho algo para impedir que subieran los precios! ¡Ustedes nada más hablan y hablan y o hacen nada! ¡Y ustedes se creen que son los que pueden decidir los destinos de la gente! ¡Los farsantes son ustedes! ¡Los traidores son ustedes! ¡Lárguense de mi casa! ¡Lárguense!

–Y los corrí.

Todos nos quedamos serios, tratando de saber qué había sucedido después. ¿Cómo habían reaccionado los del Senado en contra de Galileo, por lo que les había dicho?

–Los del Senado se fueron. Y entonces yo dije:

–Me tengo que proteger.

–Y busqué a mis amigos y les dije que quería que me ayudaran a publicar todos mis descubrimientos, entre ellos, el más importante, que Copérnico tenía razón al decir que la Tierra giraba alrededor del sol, pero además, lo nuevo que yo había descubierto, que todo el Universo estaba en movimiento.

–Si publico los resultados de mis descubrimientos – pensaba yo – ahora sí podré enseñar en la universidad lo que yo quiero, y no lo que yo no quiero. Y además, tengo mi telescopio para demostrar que lo que digo es cierto. Copérnico estaba en lo cierto, pero no tenía forma de demostrarlo. Yo sí.

–¡Cuidado, Galileo! – me dijeron mis amigos -. ¡Cuidado! Te puede pasar lo mismo que a Giordano Bruno.

–¿Qué? – pregunté.

–Giordano Bruno fue quemado en la hoguera por no obedecer los mandatos de la Iglesia. Y tú, Galileo, si te atreves a decir que la Tierra gira alrededor del sol, también te pueden quemar, porque la Iglesia dice que tenemos que creer en eso que dicen ellos, de que la Tierra es el centro del Universo, y el Sol gira alrededor de la Tierra.

–Mis amigos no me querían ayudar a publicar mi libro. Yo les decía:

–Hoy, todos esos que tienen el poder, podrán decirle que no a la ciencia. Pero tendrá que llegar un día, tal vez no mañana, ni la semana que viene, ni el próximo mes, ni el próximo año, o incluso ni siquiera el siglo venidero. Pero tendrá que llegar el día en que existan hombres y mujeres que usen su imaginación mejor que nosotros y sean capaces de entender el mundo. Pero si nosotros no hacemos nada hoy, esto va a tardar mucho más. Y por otra parte, yo ya no quiero seguir enseñando en la universidad las cosas que son mentira. Ahora lo puedo demostrar. Necesito publicar mi libro.

–¡No, Galileo! ¡No! – me decían mis amigos.

–Pero yo estaba decidido a hacerlo entonces sin su ayuda, por mi propia cuenta. Pero uno de mis amigos me dijo:

–Piensa en tu hija. A lo mejor los de la Iglesia la agarran contra ella.

–Y eso fue lo que me detuvo. Me puse a pensar en cuál era mi situación. Los del Senado, enojados conmigo. Por lo tanto, mi aumento de sueldo prometido, nunca llegó. Y mis deudas seguían creciendo. Decidí no publicar el libro, pero empecé a escribir cartas a los distintos gobiernos de las otras repúblicas de lo que hoy conocemos como Italia, y les pedí trabajo. Y me dije a mí mismo:

–Mientras llega la oportunidad, no queda de otra más que seguir trabajando y aguantarse las ganas de decir la verdad.

Mi rey mago Galileo se quedó largo rato en silencio, pensativo. Fue esa pesada pausa, la que tal vez hizo que mi rey mago Newton tomara ahora la palabra y dijera:

–Es muy interesante ver así de cerca la vida de ustedes, Nicolás, Galileo, porque sí, yo debo decir que mi vida fue distinta. Yo, de veras, nunca tuve problemas económicos ni con los gobernantes. Yo puedo decir de mí mismo que fui muy favorecido. Creo que ya les había dicho que a los 27 años, yo ya era profesor de Cambridge y daba clases de lo que más me gustaba, que eran las matemáticas. Y a los 30 años entré a la Sociedad Real, que es donde se encontraban los personajes más importantes de la época. Y desde entonces siempre tuve un buen salario, es decir, una beca por parte de mi gobierno. Una beca para poder estudiar. Yo por eso nunca tuve que preocuparme del precio del huevo ni de la leche ni del pan, ni salir a las calles como lo hizo nuestro buen amigo Nicolás. Y tampoco tuve que vivir con todos los problemas como los que enfrentó nuestro buen amigo Galileo. Y a mí me gustaría tal vez desear para todos aquellos que estudian, que ojalá sus gobiernos les dieran una beca permanente, para que pudieran seguir adelante con sus estudios. Ahora bien, por otro lado, debo decir que me emociona mucho estar escuchando todo esto que nos cuenta Galileo, porque a pesar de muchas cosas en contra que tuvo que vivir, creo que también fue un afortunado, porque su vida, por lo que ahora estamos descubriendo, fue muy emocionante. Por mi lado, mi vida fue muy tranquila, y ahora, a la distancia pienso, que tal vez un poquito de emoción no hubiera estado tan mal.

Todos volteamos a ver con mucho interés a mi rey mago Newton, que ahora parecía quedarse serio. Luego, tal vez sintiendo las miradas, volvió a esbozar una ligera sonrisa y dijo:

–Bueno, ¿y qué pasó después, Galileo? ¿Algún gobierno te respondió?

–Sí, sí. Afortunadamente creo que el trabajo que uno hace a lo largo de su vida no es en balde. De Florencia me hablaron, así que hice mis maletas y con todo y mi telescopio me fui para allá. Y el telescopio se volvió la sensación. Todo mundo quería saber de mi telescopio. Y cuando yo caminaba por las calles, la gente se me acercaba, me saludaba. Me pagaban porque siguiera investigando. Ya no tenía que dar clases en la universidad y enseñar lo que yo no quería enseñar. Otra vez estaba yo feliz, a plenitud.

Mi rey mago Galileo volvió a quedarse serio.

–¿Y entonces? – urgió mi rey mago Newton.

–Pues entonces, como siempre me pasó a mí. Cuando más feliz estaba, algo venía a ponerse en contra. Esta vez, una epidemia.

–¿Cómo? – preguntamos todos.

–Las casas, los comercios y las escuelas tuvieron que cerrar. La peste, así se llamó esa terrible enfermedad que acabó con muchas personas, familias enteras. Los comerciantes aprovecharon la ocasión para vender la comida al doble o al triple. Cómo me hubiera gustado haber tenido la energía de Copérnico y salir a las calles y organizar a la gente para protestar, pero no se podía. Aquel que quisiera rebelarse podía morir a manos de los guardias. Y entonces, tuve que tomar una decisión que me dolió muchísimo, pero que era necesaria. Hablé con mi hija y le dije:

–Hija querida, por tu bien, será mejor que te mande a vivir a otra ciudad.

–¿Nos vamos a ir todos? – me preguntó ella.

–Sí, te vas a ir tú, y tu nana y el hijo de tu nana.

–¿Pero, y tú, papá?

–Yo me tengo que quedar, hija, porque no puedo abandonar mis libros y mi telescopio. Mudarme con todo esto, me costaría una fortuna que no tengo.

–Yo me quiero quedar contigo, papá. Que si la muerte viene, que nos lleve a los dos.

–No, no, no, hija, nosotros no tenemos que pensar en la muerte. Tenemos que pensar en la vida. Y para pensar mejor en la vida, lo que hay que hacer es protegerte a ti de la enfermedad y que yo no deje de trabajar.

–¡Papá, no!

–Así tiene que ser, hija. Es lo mejor.

–Y nos dimos un largo abrazo, se nos salieron las lágrimas a los dos, y mi hija se fue con su nana y el hijo de su nana. Y yo, al quedarme solo, pensé que también iría a morir ahí. Y en esos días pensé mucho en ti, Nicolás. Me pregunté por qué no habías publicado en vida, tus descubrimientos. Sé que pediste que se publicaran después de tu muerte.

–Sí, así fue – dijo mi rey mago Nicolás -. Recuerdo que mis amigos me decían:

–Nicolás, hay que publicar tus descubrimientos. Que la gente sepa que es la Tierra la que gira alrededor del Sol, y no al revés, como nos dice la Iglesia.

–Pero yo les decía: No, no, no es el momento.

–¿Por qué? – me preguntaban todos. ¿Por qué no es el momento si estamos en el Renacimiento, las ideas fluyen?

–Porque van a decir que estoy loco. A pesar de que estemos en el Renacimiento, todos creen que la verdad es como la dice la Iglesia, es decir, al revés de cómo la digo yo.

–Perdóname que interrumpa, Nicolás – dijo mi rey mago Galileo -, yo pensé que tú no habías publicado tus descubrimientos en vida, porque tal vez no tenías una forma de demostrar lo que estabas diciendo. Cosa que yo sí tenía al alcance, tenía el telescopio.

–Pero ahora, permíteme interrumpirte yo a ti, Galileo – dijo mi rey mago Nicolás -. No creas que yo era un conformista. Yo tenía el gusanito de publicar mi libro, claro que sí. Y cuando cumplí 69 años, yo mismo me dije:

–Pues se lo voy a enviar al Papa, que era Paulo III, a ver qué dice.

–¿Y si le mandaste el libro? – pregunté yo.

–Sí, claro.

–¿Y te respondió?

–Sí.

–¿Y qué te dijo?

–Que yo estaba equivocado.

–¿Y entonces?

–Entonces pensé en eso que nos acaba de decir Galileo. Yo sabía que no tenía pruebas contundentes.

–Y como yo sí tenía pruebas contundentes – dijo mi rey mago Galileo -, pues entonces yo fui el que pensó ahora, en ir a ver al Papa de mi época. Así que busqué a mis amigos, y ellos me dijeron:

–Órale, pues, haremos todo lo posible porque el Papa te reciba. Pero si él te dice que no publiques tu libro, hazle caso, por favor.

–Yo les dije que sí, que sí. Y mientras ellos buscaban los contactos, yo me puse a trabajar en volver a escribir algunas partes de mi libro. Y como al mismo tiempo, la epidemia de peste había terminado, mi hija regresó a casa.

–Papá

–Hija.

–Qué bueno que estás bien, papá.

–¿Ya ves, hija? Los dos estamos bien. Lo que hicimos fue lo más inteligente, porque los dos pensamos en la vida y no en la muerte.

–Te quiero, papá.

–Yo también, hija querida. Yo también. Y mira, estoy preparando todo esto para presentarle mis descubrimientos al Papa y pedirle que me dé la autorización para que se publiquen. Y una vez que mis descubrimientos se publiquen, hija mía, la vida va a cambiar. Habremos dado un paso adelante. La vida será mejor. Porque sí, sí, sí, no hay ninguna duda, se puede ver, todos los cuerpos que forman parte del Universo, están en movimiento. Y la Tierra que es uno más de esos cuerpos del universo, la Tierra también se mueve.

–Pero entonces, de pronto, algo vino a quitarme otra vez, esa felicidad que ya tenía.

–¿Qué? – preguntamos todos, como incrédulos de que pudiera haber algo que hubiera empañado esa enorme felicidad que tenía Galileo.

–Pues resulta que el hijo de la nana de mi hija, de pronto me pregunta:

–Oiga, señor Galileo, y si la Tierra se mueve, ¿por qué no nos caemos? ¿Por qué no la sentimos?

–Yo me quedé mudo y pensativo, porque por más que deseaba tener una respuesta, no la tuve en ese momento … ni después.

–Bueno, Galileo – intervino mi rey mago Newton, que, como dije,  era un señor muy tranquilo, muy apacible, bondadoso tal vez -. Tú ya habías descubierto demasiadas cosas. Ya mero no dejas nada para los demás. Digo, por lo menos a mí me tocó descubrir por qué no nos caemos si la Tierra está siempre en movimiento. ¿Por qué no la sentimos? Digo, a mí me tocó descubrir la existencia de la fuerza de gravedad. Mucha gente cuenta esa famosa anécdota mía de que estaba yo sentado bajo la sombra de un árbol y de pronto me cayó una manzana en la cabeza. Y sí, yo ahí me pregunté por qué la manzana se podía caer solita de un árbol. Y pensé en ti, Galileo, pensé en eso que decías de la Tierra siempre en movimiento. Me puse a estudiar. Y como digo, como no tenía que preocuparme ni de los precios ni de la renta, creo que pude avanzar bastante rápido en mis investigaciones, y así pude decir:

–Señores, la Tierra está siempre en movimiento, tal como lo dijo el gran Galileo Galilei. ¿Y por qué no nos caemos o nos mareamos o sentimos ese movimiento? Ah, pues porque existe una fuerza que nos jala hacia el centro de la tierra, y esa fuerza la llamaremos La Fuerza de Gravedad, de la cual podemos extraer la Ley de la Gravitación Universal.

–En la Sociedad Real todos me aplaudieron y me apoyaron.

–Yo en cambio – dijo mi rey mago Galileo – fui a Roma y el Papa me dijo que no. Yo le quise demostrar las cosas, quise que viera el telescopio, pero me dijo:

–No, no, no. Esas cosas pueden ser del Demonio. No, no, no.

–¿Cuál demonio? – le dije yo. Pero el Papa no quiso escuchar razones.

 

¿Y qué sucedió después? Ah, pues eso lo sabremos en el capítulo final de esta historia que se llama EL AÑO GALILEO, que poco a poco está llegando a su fin.

 

*sábados a las 10 de la mañana, por www.codigoradio.cultura.df.gob.mx

   

 

 

 

 

 

 

   

 

 

 

 

 

 

   

 

 

 

 

 

 

   

 

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