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Novela
por entregas, original de Miguel Ángel Tenorio
El año
galileo
séptima parte
Y hoy llegamos al final de esta aventura
que inició el cinco de enero a las doce del día en la estación
Observatorio del metro, línea 1, cuando pasaron por mí, mis tres reyes
magos, Nicolás Copérnico, Isaac Newton y Galileo Galilei.
La semana pasada nos quedamos en ese
momento en que Galileo nos dice que:
–Fui
a Roma y el Papa me dijo que no. Yo le quise demostrar las cosas, quise
que viera el telescopio, pero me dijo:
–No,
no, no. Esas cosas pueden ser del Demonio. No, no, no.
–¿Cuál
demonio? – le dije yo. Pero el Papa no quiso escuchar razones. Y cuando
ya estaba por regresar de Roma para Florencia, recibí la visita del Jefe
de la Santa Inquisición, que me dijo:
–Señor
Galileo, eso que anda usted diciendo no nos gusta.
–Yo
lo único que digo es la verdad, y tengo pruebas.
–Señor
Galileo, le pido que se acuerde de Giordano Bruno. Dijo muchas cosas que
no nos gustaron y lo mandamos quemar vivo.
–Yo
sentí esa advertencia como una punzada en el estómago. Sentí un
verdadero horror de imaginar a Giordano Bruno gritando:
–¡Lo
que digo es verdad! ¡Lo que digo es verdad!
–Y
al mismo tiempo sentir que se está quemando vivo. Sentí miedo. Pero al
mismo tiempo yo decía:
–Pero
caray, a diferencia de Giordano, que él no tenía forma de demostrar que
lo que él decía era verdad, yo sí la tengo.
–Mire,
señor Galileo – me dijo el Jefe de la Santa Inquisición -. Nosotros
somos los únicos que sabemos cuál es el bien y cuál es el mal. Así que
usted se calla. Puede hacerlo por las buenas o puede hacerlo por las
malas, pero se calla.
–A
mí me hubiera gustado discutir con el señor de la Santa Inquisición,
pero pensé en lo que mis amigos me decían:
–Piensa
en tu hija, los de la Iglesia la pueden agarrar en contra de ella.
–Tomé
entonces el camino de regreso a Florencia, y mientras viajaba, al tiempo
que miraba el paisaje, yo pensaba:
–Ya
tengo más de 50 años. Tengo una hija de más de 20. Tengo las pruebas
para demostrar lo que yo creo. Pero no soy un héroe. No tengo ese
espíritu. Yo no aguantaría las torturas. Y lo que menos aguantaría es
que torturaran a mi hija. Por lo tanto, ni modo, tendré que callarme.
–Así
que regresé a Florencia a seguir trabajando. Tuve que volver a dar
clases para justificar el sueldo que me pagaban. Pero seguí estudiando.
Y aquí es donde vuelvo a decir que de alguna manera o de otra, el
trabajo que hace uno a lo largo de su vida, ese trabajo tiene
consecuencias. A Florencia empezaron a llegar estudiantes de ciencias
que querían estudiar conmigo. Eran alumnos que llegaban de distintas
partes de Europa. Y lo mejor de todo, esos estudiantes me pagaban por
estudiar conmigo. Era como si yo tuviera mi escuela particular. Y
gracias a ese dinero que ellos me daban, yo me podía defender mejor en
la vida, porque, como siempre, los precios de los alimentos y otras
cosas subían y subían, y mi sueldo en cambio no crecía. Y menos ahora,
cuando había sido señalado por los de la Santa Inquisición, menos se
podía pensar en que me dieran un aumento de sueldo. Y además, otra cosa.
Los de la Santa Inquisición enviaron espías para que nos estuvieran
vigilando. No nos hacen nada ni nos dicen nada, pero ahí están todo el
tiempo. Ahí están. Los alumnos y yo lo sabemos, pero seguimos
trabajando. Y un día, uno de mis amigos llega y me dice:
–Galileo,
¿ya sabes que hay nuevo Papa?
–Pues
no.
–Pues
sí, y este nuevo Papa es alguien a quien le gustan las matemáticas. Tal
vez esta sea tu oportunidad. ¿Quieres que te ayudemos para ir a Roma
otra vez?
–Claro
que sí.
–Y
nuevamente me preparé para ir a Roma. Una vez más estaba yo muy
entusiasmado, aunque me encontré con el pesimismo de mis alumnos que me
decían:
–No,
maestro, todos los Papas son iguales, no le van a hacer caso.
–Y
mi hija me decía:
–Voy
contigo, papá.
–No,
hija, no quiero que los de la Santa Inquisición te vean conmigo. Digo,
ya saben que eres mi hija, pero no quiero que de pronto estés sola allá
en Roma, y algo pueda pasar. Aquí en Florencia estás con mis alumnos y
me siento más seguro así.
–Mis
alumnos y mi hija me dieron una hermosa despedida, nos abrazamos, y salí
para Roma, otra vez.
–Pase
por aquí, señor Galileo – me dijeron en cuanto me anuncié con el Papa -.
El Santo Padre ya lo espera.
–Señor
Galileo, qué gusto de conocerlo, he sabido que es usted un profesor
excelente.
–Eso
dicen, señor.
–Y
a ver, cuénteme, ¿cuál es el motivo de su visita?
–Pues
verá, señor Papa, quiero decirle que durante muchos años en las
universidades hemos enseñado algo que no es verdad. Hemos enseñado que
la Tierra es el centro del Universo. Y señor Papa, con todo respeto,
quiero decirle que ya es tiempo de que enseñemos la verdad.
–¿Y
cuál es esa verdad que usted dice, señor Galileo?
–Es
una verdad que puedo demostrar, señor Papa. Y la verdad es que en el
Universo, todos los cuerpos están en movimiento. Y la Tierra gira en
órbitas alrededor del Sol. Señor Papa, he construido un telescopio. He
empeñado mi vida entera en ese instrumento, y me gustaría que usted, que
es un hombre de ciencia, me permitiera el honor de mostrarle cómo se ve
el Universo a través de mi telescopio.
–Señor
Galileo, ha sido un placer conocerle. Que tenga buena tarde.
–Pero
señor Papa, ¿no quiere usted ver mi telescopio?
–Señor
Galileo, puede retirarse.
–Pero
señor Papa.
–¡Señor
Galileo, salga inmediatamente de aquí!
–Señor
… ¿O sea que …no?
–¡No!
–Señor.
–¡Ya
dije que no! ¡Y no es no!
–Totalmente
decepcionado regresé a Florencia. Mis alumnos me dieron ánimos y la
escuela particular siguió funcionando. Poco a poco fui recobrando el
entusiasmo y la alegría, y entonces volví a pensar en que había que
publicar los resultados de mis investigaciones.
–Sí,
maestro, eso es lo que hay que hacer – dijeron los alumnos.
–Claro
que sí, papá – dijo mi hija.
–Y
nos pusimos todos a trabajar. Largos años pasaron.
–Perdón
que te interrumpa, Galileo – dijo de pronto mi rey mago Copérnico -. Yo
les quiero decir que aunque yo sí dije que se publicara mi obra después
de mi muerte, en realidad no sucedió exactamente así. La verdad es que,
a pesar de que el Papa me había dicho que no, finalmente sí se hizo una
publicación.
–¿Cómo?
– preguntamos todos.
–Mis
amigos me insistieron en que era muy importante, y entonces, lo hicimos.
Cuando salió a la venta, los de la Iglesia dijeron:
–Es
una obra sin importancia, dice locuras.
–Yo
no me puse a contradecirlos. Está bien, que dijeran que estaba yo loco,
a mí no me afectaba. El problema es que los libros se empezaron a vender
bien. Y cuando los de la Iglesia se dan cuenta que se vende bien mi
libro, entonces dicen:
–¡Ese
libro queda prohibido!
–Y
yo mismo dije: No la voy a hacer de tos. Total, yo ya sabía que esto
pasaría, así que, ni modo.
–Y
yo, por el contrario – dijo mi rey mago Galileo -. Después de tantos
años de lucha, yo me decía a mí mismo, que había que seguir adelante con
la publicación. Mis alumnos estaban convencidos. Mi hija también. Y
digo, pasaron largos años. Cuando realmente me di cuenta de lo mucho que
habíamos avanzado, yo ya tenía 70 años. Y es que hubo un momento en que
dije, y perdona que lo diga de esta manera, Nicolás, pero así lo dije:
–Copérnico
cometió el error de publicar su libro en un lenguaje culto, en latín. De
ahí que su libro sólo los especialistas lo pueden leer. Nosotros vamos a
publicar nuestro libro en lenguaje accesible para todo mundo. Que sea un
libro popular, al alcance de todos.
–Y
todo lo que ya habíamos escrito en latín, ahora lo volvimos a escribir
en los idiomas que la gente hablaba, el florentino, el romano, el
veneciano. Hagan de cuenta que el idioma italiano de hoy en día. Y el
libro se publicó y fue un éxito, porque además le hicimos, como dicen
ahora en el siglo XXI, mucha promoción. Escribimos panfletos, que ahora
le llaman volantes, para anunciar el libro, y tuvimos la fortuna de que
los juglares, los cuenta cuentos de aquella época, andaban recorriendo
plazas, calles y parques, contando los descubrimientos que venían en el
libro que fue cruzando todas las fronteras. La gente de Florencia viene
a mi casa a saludarme.
–Oiga,
don Galileo, me vengo a echar un cafecito con usted. ¿Cuándo va usted a
mi casa? Lo invitamos a desayunar, a comer, a cenar.
–Hagan
de cuenta que yo era como son las estrellas de la televisión. Todos
querían mi autógrafo, tomarse la foto conmigo. Otra vez estaba yo en el
clímax de la alegría. Pero, y bueno, me imagino que ya saben lo que les
voy a decir.
–Que
otra vez vino el cambio de fortuna – dije yo.
–Pues
sí – dijo Galileo, esta vez no tan sombrío como las veces anteriores -.
Efectivamente vino el cambio de fortuna, porque el éxito de mi libro y
de mi persona, no le gustó a la Iglesia, y entonces que me llaman a
juicio.
–Usted
está mintiendo – me dijeron los de la Santa Inquisición -. Usted está
envenenando las almas de las personas.
–Yo
por un momento, estuve a punto de responderles y tratar de razonar con
ellos, pero me di cuenta que con los señores de la Iglesia no se puede
razonar. Y por otro lado, me puse a pensar:
–Ya
estoy viejo. Tengo más de 70 años. No voy a ponerme aquí, a estas
alturas de mi vida, a hacerle al héroe. Mi libro ya salió, la gente lo
conoce. Los alumnos de mi escuela se han ido a sus lugares de origen
para difundirlo entre más gente. La verdad, yo ya gané. Y vuelvo a
pensar en lo que alguna vez les dije a mis amigos, que por cierto,
muchos o casi todos, ya murieron. Yo recuerdo haberles dicho:
–A
lo mejor los que tienen el poder hoy, le dicen que no a la ciencia, pero
las generaciones futuras, los niños de los siglos venideros, ya no
podrán ser engañados.
–Y
durante el juicio, mientras me acusaban y me insultaban y me decían
muchas cosas, para mis adentros yo pensaba:
–Pues
sí, dirán todo lo que quieran, pero de veras que mi libro ya les ganó.
Porque además, por cada libro que se lee, hay como treinta, cuarenta,
cincuenta contadores de cuentos, juglares, que van contando mis
descubrimientos. Cada uno de mis alumnos está formando una nueva
escuela.
–Y
yo los escuchaba que me gritaban, los escuchaba que me insultaban, que
me provocaban para hacerme enojar, pero yo por dentro estaba feliz. Y
tan feliz estaba de lo que yo había logrado, que cuando de pronto me
dijeron:
–Señor
Galileo, si se quiere usted salvar de la hoguera, tiene que decir que
todo eso que dice usted en su libro es falso. ¿Lo va a decir?
–Y
seguramente ellos pensaban que me iba yo a poner a discutir, pero
entonces los sorprendí cuando les dije:
–Sí,
sí, lo digo.
–¿Qué
dice?
–Digo
que qué tengo que decir
–Repita.
–Repito.
–Yo,
Galileo.
–Yo,
Galileo.
–Acepto
que todo lo que dije en mi libro …
–Acepto
que todo lo que dije en mi libro …
–Es
falso.
–Es
falso.
–Que
la única verdad verdadera …
–Que
la única verdad verdadera …
–Es
la que nos dice la Iglesia.
–Es
la que nos dice la Iglesia.
–Muy
bien, señor Galileo, se ha salvado de la hoguera.
–Muy
bien, yo, Galileo, me he salvado de la hoguera.
–No,
hombre, yo estaba contento. Claro, los que no estaban contentos eran los
de la Santa Inquisición, que no pudieron llevarme a la hoguera, que es
lo que querían. Pero entonces lo que dijeron fue:
–Señor
Galileo, en vista de que tenemos dudas de usted, lo vamos a poner
prisionero.
–Por
un momento sí me sentí mal, porque pasar mis últimos años en una cárcel,
como que no era muy bonito que digamos. Pero alguien debe haber hablado
en mi favor, que entonces me dijeron:
–Su
condena, señor Galileo Galilei, será arresto domiciliario.
–¿Preso
en mi casa? – pregunté yo.
–Sí,
preso en su casa.
–Y
sí, mi condena fue quedarme preso en casa. Digo, la verdad fue una
condena muy cómoda, porque yo estaba en mi casa de Florencia leyendo,
escribiendo, estudiando. Y de vez en cuando recibía yo visitas. Eso sí,
la escuela ya no siguió adelante, pero no importaba, porque mis alumnos,
ahora ya cada uno, dirigía su propia escuela. Y eso sí, cada vez que
venía una visita, pues teníamos que hablar en clave, porque los espías
vivían ahí en la casa. Pero la verdad, hasta nos divertíamos mucho. Para
decir que “la tierra es la que gira alrededor del sol”, decíamos:
–“lafa
tierrafa girafa alrededorfa delfa solfa”
–Y
de ahí nos soltábamos a eso de “sol fa” “sol fa mi re do”
–Losfa
defa lafa Iglesiafa sonfa unosfa burrosfa.
–Y
nos carcajeábamos, y luego hasta los guardias se reían. A lo mejor sí
sabían lo que decíamos, a lo mejor no, pero la verdad, nos la pasábamos
bien.
De pronto mi rey mago Galileo
se levantó y se acercó a su cama, se recostó y en sus labios apareció
una gran sonrisa de tranquilidad, de paz, y nos dijo:
–Y
a mis 79 años, llegó la hora de mi muerte. Esa hora me llegó y yo estaba
satisfecho con mi vida. Sentía que había cumplido, a pesar de todo, mi
compromiso con la humanidad, mi compromiso conmigo mismo, y hasta me
había dado la oportunidad de burlarme de la Santa Inquisición.
–Y
ese año en que tú moriste, Galileo, ese año nací yo, Newton. No sé si
existe una razón oculta para que esto haya sucedido así, pero pareciera,
porque yo, sin haberlo pensado, yo vine a ser tu relevo. Nicolás
Copérnico descubrió muchas cosas y escribió un libro que sólo
entendieron los científicos. Galileo Galilei conoció esos
descubrimientos e hizo muchos otros y escribió para la gente del pueblo.
Y yo, Isaac Newton, conocí todo aquello, y tuve la fortuna de poder
hacer crecer el conocimiento, aunque debo reconocer, que todo lo que
escribí fue para los especialistas.
–Por
eso te trajimos aquí – me dijo a mí, mi rey mago Galileo -, para que nos
ayudes a contar esta historia en un lenguaje que mucha gente pueda
entender, esperando que muchos de los que te escuchan, sientan la
curiosidad o la inquietud o el deseo, de dedicarse al mundo de la
ciencia como nosotros.
–Ojalá
que esta historia que hemos compartido contigo – dijo mi rey mago
Nicolás – tú ahora, en tu siglo, la puedas compartir con mucha gente.
–Gracias
por haber aceptado la invitación de Galileo – me dijo mi rey mago
Newton.
Y yo, que estaba más que
emocionado, conmovido, lo único que pude decir fue:
–No,
pues gracias a ustedes que me trajeron a este viaje.
–Y
como esto ya terminó – dijo una voz de alguien que entraba en ese
momento en la habitación -. Es hora de partir.
Cuando me di cuenta, el que
estaba ahí era el conductor del metro y que luego se volvió en
maquinista del viejo ferrocarril en el que habíamos iniciado este viaje.
Ese personaje al que yo recordaba, pero que no reconocía.
–Tú,
¿quién eres? Yo te conozco – le dije.
–Sí,
claro que me conoces, lo sé. Llámame Albert.
–¿Einstein?
– exclamé asombrado.
Y él asintió, y al hacerlo de
inmediato el cuarto donde estábamos empezó a girar a gran velocidad. Un
destello de luz y luego ya mis tres reyes magos, Nicolás Copérnico,
Galileo Galilei e Isaac Newton, así como Giuliana, la novia de
Copérnico, y la hija de Galileo, el propio Albert Einstein y yo, todos
íbamos … ¡en el Tren Suburbano que une el Estado de México con la Ciudad
de México, en la época actual!
Llegamos a la terminal
Buenavista, nos bajamos al igual que todos los pasajeros. Y ahí, en el
andén, ahí nos detuvimos todos para darnos un largo abrazo de despedida.
–Esperamos
que pronto escribas esta historia – me dijeron todos.
–Sí,
claro que sí – respondí, y de inmediato me asaltó la curiosidad de saber
cuánto tiempo había pasado en este viaje. La verdad es que había perdido
la noción de los días. Lo único que sabía era que ya había anochecido en
la Ciudad de México. Vi el reloj del andén y decía que eran las 7 de la
noche.
–¿Qué
día será? – me pregunté.
–Hoy
es cinco de enero – me respondió Albert.
–¿Cinco
de enero? – pregunté incrédulo y voltee a ver el reloj del andén, donde
también se daba la fecha, y sí, no había duda, ahí con sus números
aparecía un cinco y un uno, es decir, cinco de enero.
–¿Pero
de qué año? – me atreví a preguntar, porque por lo menos tenía que haber
pasado un año para tantas aventuras.
–Del
mismo año.
–¿Cómo?
¡Pero eso es imposible!
–No.
En tiempo real, transcurrieron 7 horas, aunque en tiempo mental hayan
pasado muchas más horas, días, meses, años.
–¿Y
eso, cómo fue?
–¿Qué
no has oído hablar de la relatividad?
–Pues
sí – respondí.
–Pues
entonces, deduce tú mismo, qué fue lo que aquí ocurrió. Hasta la vista.
Y de pronto, mis tres reyes
magos, Copérnico, Newton y Galileo, junto con Giuliana, la novia de
Copérnico, y Virginia, la hija de Galileo, así como Einstein, todos
ellos caminaron hacia el final del andén del tren suburbano, luego
parecía que caminaban sobre la vía, y por ahí por la vía, al seguir
caminando, desparecieron.
Esta vez, al llegar a casa ya
no puse mi zapato ni hice carta a los Reyes Magos. Para mí, ellos ya se
habían adelantado y me habían dado como regalo, uno de los viajes más
extraordinarios, donde pude conocer un poco de la vida de Copernico y
Newton, pero un mucho sobre la vida del gran Galileo Galilei.
Y lo que alcancé a descubrir
es esta historia que he contado para ustedes.
Por su atención, muchas
gracias.
*sábados a las 10 de la
mañana, por
www.codigoradio.cultura.df.gob.mx
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