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EL AÑO GALILEO, capítulos anteriores

Novela por entregas, original de Miguel Ángel Tenorio

 

Miguel Ángel Tenorio

 

INSTANTÁNEAS DE LA CIUDAD:

ASÍ DE FUGAZ EL PARAÍSO

 

Entrevista

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   

 

Novela por entregas, original de Miguel Ángel Tenorio

 

El año galileo

quinta parte

 

 

Ya estamos empezando a entrar en la recta de final de esta historia, que inició el cinco de enero de este año, cuando mis tres reyes magos pasaron por mí a la estación Observatorio del Metro, línea 1, de aquí de la Ciudad de México, para llevarme al encuentro con la vida de ese gran científico, llamado Galileo Galilei. Con sus tristezas y alegrías. Como la tristeza que tuvo al ver que el casero se llevó el telescopio que había construido, porque ésta era la única forma en que Galileo le podía pagar la renta.

–Y la oportunidad para irme a otro lado, no llegaba – prosiguió diciendo mi rey mago Galileo -. Y yo me puse a pensar: “¿Qué haré, qué haré? ¿Qué haré para conseguir dinero sin tener que distraerme de mis estudios?” Fue entonces cuando se me ocurrió eso de fabricar telescopios. Pedí prestado, me endrogué con todos mis amigos. Y afortunadamente las cosas empezaron a salir bien. Pero sí, es cierto, todo esto era producto de un momento de desesperación. Era mi última carta. ¿Qué hubiera pasado si fabrico los telescopios y nadie los quiere comprar? ¿Qué hubiera hecho con todo el dinero que le hubiera quedado a deber a mis amigos? No lo sé, pero tal vez me hubiera subido a lo más alto de la torre de Pisa y de ahí me hubiera dejado caer, porque, de veras, ya no tenía salida. Sin embargo, las cosas funcionaron, y así me pude dar tiempo para ser profesor en las mañanas y por las tardes andar de casa en casa vendiendo telescopios. Y por las noches, estudiar. La vida era difícil, pero no había de otra más que luchar. Apenas y dormía. Muchas veces a media mañana o a media tarde, los ojos se me cerraban solos y yo creo que debo haber caminado muchas veces dormido. Pero como sucede muchas veces en la vida de las personas, cuando más exhausto estás, cuando ya parece que tus fuerzas no te van a alcanzar, entonces viene un giro inesperado de la fortuna y las cosas que por mucho tiempo se te habían negado, de pronto se te aparecen. Un día, un amigo me anduvo siguiendo todo el día:

–Galileo. Galileo. Galileo.

–Me fue a buscar a la Universidad.

–Acaba de salir – le dijeron.

–Galileo. Galileo.

–Andaba detrás de mí de casa en casa.

–Sí, por aquí acaba de pasar, pero ya tiene rato – le dijeron en varias casas. Hasta que por fin:

–Galileo – me encontró cuando yo comía algo, sentado a un lado de la torre de Pisa. Yo estaba, entre que comía y que me caía de sueño.

–Galileo – me dijo.

–¿Qué pasó?

–Pues nada, que hace algunos días, varios de tus amigos estuvimos platicando de ti con unos señores que eran enviados de la República de Venecia. Les regalamos algunos de tus telescopios. ¿Y qué crees? Acabo de recibir una carta donde me dicen: “Estimado amigo: Tenga la bondad de decirle a su amigo, el señor Galileo Galilei, que aquí en la Universidad de Padua, hay un interés muy grande por desarrollar lo del telescopio. Le podemos dar un buen sueldo como profesor de matemáticas y le ofrecemos mucho tiempo libre para que desarrolle su invento del telescopio, que a nosotros nos interesa mucho. Pero dígale también que es preciso que venga de inmediato para que esta llama del interés no se apague. Quedo de usted, su estimado y fino amigo …” Así que, mi estimado Galileo, creo que deberías empacar de inmediato para irte a la República de Venecia.

–Y claro que no lo pensé mucho y rápidamente me puse a empacar mis cosas. Dejé mucha ropa, dejé muchas cosas. Estos momentos siempre son buenos para descubrir cuáles son las cosas realmente necesarias y cuáles no. Luego fui a casa de mis padres.

–¡Papá! ¡Papá! ¡Mamá! ¡Mamá!

–¿Qué pasa, hijo? – me dijeron los dos, que yo creo que pensaron que venía a darles la noticia de que ahora sí ya no tenía ni un centavo para comer. Y pienso que pensaron eso, porque en cuanto me vieron, yo me di cuenta de su cara de preocupación. Pero entonces fue que yo los sorprendí cuando les dije:

–¡Papá! ¡Mamá! ¡Me voy!

–¿Adónde?

–A la República de Venecia.

–¿Pero a qué? ¿Por qué? ¿Cómo?

–No tengo tiempo para explicarles, luego les escribo una carta ya con todos los detalles, pero quiero que sepan que estoy bien y que estoy muy contento y emocionado. Sé que en todo este tiempo han estado muy preocupados por mí, por mi situación económica, pero quiero que sepan que las cosas van a cambiar. Los quiero mucho. ¡Adiós!

–Y me fui. Me fui a una ciudad que era totalmente desconocida para mí, pero que por otro lado, era la ciudad donde estaban puestas todas mis ilusiones. La carreta avanzaba a gran velocidad y mi corazón también latía a esa gran velocidad o hasta más. Y sin embargo mi cerebro me decía que algo se me había olvidado.

–¿Qué habré olvidado? – me preguntaba -. Debe ser algo sin importancia, porque no me acuerdo.

–Seguí pensando y pensando hasta que finalmente recordé.

–¡Mi novia! No me despedí de ella … Bueno, después de todo, creo que no me quería mucho … En fin.

–Quién sabe si ella de veras me habrá querido, Pero a estas alturas yo ya no me inquietaba por eso. Sólo decía: “No es que ya no la quiera, simplemente que la olvido.”

–Y llegué a la República de Venecia y rápidamente me instalé, consiguiéndome una casa cómoda y tranquila. Y si bien era cierto que tendría más tiempo para estudiar, también era cierto que tendría que dar clases, enseñar a mis alumnos algo con lo que no estaba de acuerdo. ¿Con qué no estaba de acuerdo? Pues con eso de tener que enseñar que la Tierra fuera el centro del Universo. Pensaba igual que Copérnico, que la Tierra giraba alrededor del sol. Pero no podía enseñar esto a mis alumnos, porque no tenía pruebas todavía. Mi telescopio aún no era lo bastante potente, como para comprobar eso que yo pensaba. Por eso, después de dar clases, siempre me salía a caminar horas y horas para olvidar el malestar que me producía enseñar algo en lo que no creía. Y en una de esas caminatas fue que conocí a una muchacha de la ciudad.

–Hola.

–Hola.

–¿Eres nuevo por aquí?

–Sí.

–¿Qué haces?

–Doy clases en la Universidad.

–¿De qué?

–De matemáticas.

–Ah, qué bien.

–Y también estoy experimentando con este telescopio.

–A ver, ¿me dejas ver?

–Sí, claro.

–¿Y qué es lo que ves?

–La luna y las estrellas.

–Sí, pero, ¿qué es lo que buscas al mirarlas?

–¿De veras te interesa? – pregunta Galileo, con una emoción profunda, al sentir que el interés de ella es auténtico.

–Sí, sí me interesa – responde ella -. Me interesa, porque me parece ver en tus ojos esas ganas de saber, de entender, de conocer, de …

–Sí – dice Galileo -. Ando en busca de la posibilidad de demostrar lo que ya dijo Copérnico. No es el sol el que gira alrededor de la Tierra, sino la Tierra la que gira alrededor del sol.

Galileo le platicó de su telescopio y de todo lo que lo entusiasmaba. A la muchacha lo entusiasmó también. Y al poco tiempo se casaron. Y cuando Galileo cumplió sus 30 años, se convirtió en papá. Gracias a su hija, Galileo se olvidó un poco de los enojos que tenía cada mañana al ir a la universidad a dar su clase.

–¡Ay, pero otra vez! ¡Otra vez resulta que cuando más feliz estaba, las desgracias se dejaron venir! Murió mi esposa. Me quedé solo con mi hija Virginia. Fue muy triste, porque, caray, había yo encontrado a una mujer que me quería, que me entendía, que me acompañaba en mis aventuras y de pronto, esa mujer ya no estaba conmigo.

En ese momento, tanto mi rey mago Nicolás como mi rey mago Newton, Giuliana, la novia de Nicolás y yo, todos compartimos la tristeza de Galileo. Recuerdo que le dimos un gran abrazo. Creo que a todos nos hubiera gustado decirle algo así como “ánimo, estamos contigo” o esas cosas que sé que se dicen en los velorios, pero ninguna palabra salió de nuestras bocas. Tras el abrazo nos quedamos ahí mirándonos, mirándolo a él, que lloraba en silencio.

Tras unos instantes y secándose las lágrimas, retomó el hilo de su narración y nos dijo:

–Esta situación me trajo nuevos problemas. Tuve que contratar a una señora para que fuera la nana de mi hija, porque yo tenía que estudiar y tenía que irme a la universidad a dar mis clases. Claro que esto no impidió que muchas veces yo cargara a mi hija y me la llevara a pasear y platicara con ella. Yo le decía:

–Ya verás, Virginia Galilei, tu papá, que es este señor que ahora te carga, un día va a descubrir la verdad sobre el movimiento de la Tierra y entonces se va a convertir en un señor muy importante y tú estarás orgullosa de tu papá.

–Y decir esas cosas, decírselas a mi hija y sentir que ella estaba contenta conmigo, eso fue lo que trajo una vez más la alegría a mi vida. Claro que también tengo que decir que a veces me enojaba con mi hija, porque lloraba en la noche, cuando yo estaba bien metido en mis estudios. Y digo, me enojaba, porque tenía yo que interrumpir lo que estaba haciendo y tenía que ir y cargarla y arrullarla hasta que dejaba de llorar. Y aunque digo que me enojaba, porque me tenía que levantar para ir a verla, también es cierto que apenas llegaba a su cuna y la veía, se me bajaba el coraje y me salía la sonrisa y pensaba:

–Ay, qué bonita mi niñita, qué bonita.

–Y yo creo que muchas veces mi hija sólo quería eso, un abrazo, unas palabras y un beso del papá, pues casi siempre se volvía a dormir. Y yo podía seguir estudiando.

Y entonces, por lo que he podido investigar yo, el que les cuenta esta historia, vinieron buenos tiempos para Galileo, porque como era muy observador, inventó varias cosas que vinieron a solucionar algunos problemas de la ciudad. Inventó una bomba para regular la entrada de agua a la ciudad y una nueva idea para regar el campo, sin que se gastara tanta agua. Esto, entre muchas otras cosas. Y claro, cada nuevo invento le significaba un aumento de sueldo.

Así que llegó un momento en que todo parecía perfecto para Galileo: vivía cómodamente, estudiaba mucho, era respetado por toda la población y su hija crecía sana. Galileo a los 40 años era un hombre feliz.

Sólo le faltaba una cosa para sentirse realizado, para sentir que verdaderamente había triunfado en la vida: estaba empeñado en demostrar que Copérnico tenía razón, y eso era lo que le faltaba por hacer.

Todas las noches siguió trabajando, buscando la manera de perfeccionar su telescopio.

–Y en una de esas – dice mi rey mago Galileo – en una de esas cuando andaba probando uno de mis últimos modelitos del telescopio, recuerdo que me le quedé viendo detenidamente a la luna y algo descubrí que me llamó mucho la atención. Hice anotaciones, dibujos. Imaginé muchas cosas. Y de pronto, ¿qué creen que fue eso que descubrí?

–¿Qué? – preguntamos todos.

–Que el brillo de la luna no es de ella, sino un reflejo de la luz del sol.

Todos soltamos la sonrisa de asombro. Asombro no por lo que nos decía Galileo, porque eso bueno, ahora ya todos lo sabemos, sino tal vez era una sonrisa con la que compartíamos la misma sensación que él debe haber tenido cuando descubrió eso.

–Recuerdo que dije:

–O sea que la luna no tiene luz propia y el sol sí.

–Y luego me acuerdo que también dije:

–Usemos la imaginación para pensar que estamos en la luna y desde ahí vemos a la Tierra. Seguramente, también la veremos brillar y será porque el sol le está dando luz y la Tierra sólo está reflejando esa luz que le llega del sol.

–Recuerdo que me entusiasmé con este descubrimiento y seguí estudiando y perfeccionando el telescopio, y entonces que me encuentro con otro gran descubrimiento.

–¿Cuál? – preguntamos todos.

–Que las manchas de la luna, no eran manchas, sino cráteres de volcanes.

Todos volvimos a soltar esa sonrisa de asombro que nos permitía sentir algo parecido a lo que debe haber sentido el propio Galileo, al momento de hacer su descubrimiento.

–Creo que ese día enloquecí. Corrí por toda la casa, me subí a las mesas, a las sillas, aplaudí, bailé, lloré. Y luego, cuando vino el otro descubrimiento, ahí sí que me puse peor, porque no me pude contener y fui a despertar a mis vecinos, que no me pudieron entender, pero es que para mí era extraordinario. ¿Saben qué fue lo que descubrí?

–¿Qué? – preguntamos todos.

–Descubrí que La Vía Láctea no era una línea blanca continua, sino que era una larga fila de estrellas.

De pronto todos vimos a mi rey mago Galileo que empezó a correr por toda la habitación, que ahora se había vuelto grande, y corría y se subía a las mesas y a las sillas. Lo vimos cómo gritaba y bailaba. Me recordaba a los jugadores de futbol cuando meten un gol y lo festejan con mucha alegría.

–¿Y luego, saben qué? – nos dijo con un gran rostro de felicidad.

–¿Qué? – preguntamos todos, que seguramente también teníamos un gran rostro de felicidad, porque estábamos contagiados de su euforia.

–Seguí perfeccionado mi telescopio y empecé el estudio del sol y descubrí que el sol también tenía unas manchas oscuras, de las cuales nadie había hablado hasta ese momento. Yo era un hombre inmensamente feliz, porque cada descubrimiento nuevo me hacía creer con más fuerza que una nueva época estaba a punto de iniciarse para la humanidad. En la República de Venecia apreciaban mi trabajo, me daban premios, me subían el sueldo. Me querían.

Todos nos miramos y efectivamente descubrimos en nuestros rostros una alegría similar a la que el propio Galileo tenía en su rostro. Rostro que de pronto, se ensombreció, y seguramente a nosotros nos pasó lo mismo. Mi rey mago Galileo dijo:

–Lo único que sí me dolía es que todos esos reconocimientos no me los hubieran dado en mi país. Cómo hubiera yo querido que todo esto que me daban acá en Venecia, me lo hubieran dado en la ciudad donde nací.

–Ni modo – pensé y seguí trabajando. Y así fue cómo, con un telescopio más potente, pude un día observar el planeta Júpiter y sus lunas. Descubrí que las lunas giraban alrededor del planeta. Y entonces dije:

–¡Por fin! ¡Por fin a mis 45 años creo que puedo demostrar lo que tanto he querido demostrar! ¡Que Copérnico tiene razón!

–Y a veces cuando uno cree que más felicidad no puede haber, pues resulta que sí y entonces que descubro otra cosa.

–¿Qué? – volvimos todos a preguntar.

–Según lo que se observaba en el telescopio, todos los cuerpos que formaban parte del Universo estaban en movimiento. Y la Tierra también.

Mi rey mago Galileo estaba feliz y nosotros con él.

 

Y lo que pasó después, ah pues eso lo sabremos en el siguiente capítulo, con el que poco a poco nos estaremos acercando al final de esta historia que se llama EL AÑO GALILEO.

 

*sábados a las 10 de la mañana, por www.codigoradio.cultura.df.gob.mx

   

 

 

 

 

 

 

   

 

 

 

 

 

 

   

 

 

 

 

 

 

   

 

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