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El año
galileo
primera parte
Novela
por entregas, original de Miguel Ángel Tenorio
En el último día del año
pasado recibí una carta que me entregó el cartero en propia mano. Cuando
me vio me dijo que llevaba varios días que me andaba buscando para
entregármela personalmente, porque así decía el sobre que me la tenía
que entregar.
-Gracias– le dije.
El cartero se fue y yo vi
que efectivamente la carta venía dirigida a mí. Luego vi que hasta
abajo, con letras escritas a mano, había una leyenda que decía:
“ENTREGAR EN PROPIA MANO AL INTERESADO”.
Y luego vi el nombre del
remitente:
Sr. Galileo Galilei,
Torre de Pisa,
Italia.
¿Cómo? ¿El gran
científico Galileo Galilei me escribía a mí? ¿Una carta?
Bueno, pues hay que
abrirla, dije, y así lo hice.
Saqué el papel que venía
escrito con una letra muy elegante, manuscrita, y la carta decía:
“Estimado Amigo: ¿De
pronto no sientes como si estuvieras a punto de iniciar una nueva época?
¿No sientes como si las cosas estuvieran cambiando? Yo sí. Yo creo que
sí es cierto que hay muchas cosas que están mal y otras que están peor.
Pero a pesar de todo, yo creo que muchas cosas pueden cambiar si
nosotros queremos. Y yo creo que tú eres de los que pueden querer. Y
porque puedes querer es que yo creo que estás a punto de llegar al
comienzo de una nueva era. No me preguntes por qué: no te sabría
responder. Sólo sé que es algo que siento y que por ahora no lo puedo
explicar.
Ahora bien, yo creo que
cuando alguien siente que una nueva era está por llegar es porque de
veras está por llegar. Y también es porque hay muchos otros que piensan
así y lo que pasa es que no se comunican. Si se comunicaran tal vez las
cosas serían mejores. Tal vez no.
Hablo ahora de la llegada
de una nueva era, porque siento lo mismo que sentí cuando en mis tiempos
yo dije que era el inicio de una nueva era y nadie me quiso creer. Y sin
embargo, ahora, en todos los libros que hablan de la historia de la
ciencia, todos dicen que mi época fue una nueva era para los avances
científicos.
Pues bien, por todo lo
anterior, querido amigo, te invito a que hagas un viaje conmigo y con
otros amigos.
La cita es el cinco de
enero del año que está por empezar, a las doce del día en punto, en la
estación Observatorio del Metro de la Ciudad de México, que es tu
ciudad.
No faltes, que ahí te
estarán esperando tus tres reyes magos de esta ocasión tan especial.
Atentamente,
Galileo Galilei”.
Cuando terminé de leer
esta carta me quedé impactado. La primer pregunta fue: ¿por qué a mí?
Pero la segunda pregunta
fue la que definió el resto de lo que iba a suceder. ¿Quiero conocer a
Galileo Galilei?
Mi respuesta fue: ¡Sí!
Y entonces decidí
prepararme para el encuentro. Entre el día primero del año y el día
cuatro de enero, estuve leyendo todo lo que pude sobre la vida de
Galileo Galilei, en las diferentes enciclopedias que había en mi casa.
También me metí al Internet y encontré información.
El día cinco de enero en
la mañana, me levanté temprano, fui por un cuaderno pequeño, una pluma y
me dije listo para salir.
A las 11 de la mañana
tomar el microbús que me llevaría de mi casa al metro, estación Normal,
línea 2. De ahí, viajar hasta la estación Pino Suárez donde haría mi
transferencia a la línea 1, dirección Observatorio.
Y ahí, en el vagón,
apretujado entre toda la gente que viajaba, yo iba contento y emocionado
de ir al encuentro con Galileo Galilei.
Cuando llegué a la
estación Observatorio del Metro, ya me estaban esperando ahí los tres
reyes magos que decía la carta. No me fue difícil reconocerlos, aunque
no vestían la ropa que yo me imaginé que deberían traer. Venían de
pantalones de mezclilla, camisa blanca los tres, y sólo el chaleco los
hacía diferentes. Uno era verde, otro rojo y otro blanco. ¿La bandera de
México? ¿La de Italia?
Bajé del metro junto con
los demás pasajeros que apresuradamente se dirigían hacia la salida. La
mayoría para continuar su viaje por otro medio, que era lo mismo que me
iba a suceder a mí, aunque yo hasta ese momento no lo sabía.
Cuando ya estaba en el
andén empecé a caminar lentamente hacia la salida, pero de pronto sentí
la necesidad imperiosa de voltear hacia atrás y ahí fue cuando los
descubrí. Al final del andén estaban los tres haciéndome la seña de que
me acercara a ellos. Y así lo hice. Los tres me recibieron con una leve
sonrisa, me estrecharon la mano, y de inmediato, sin ninguna otra
explicación, subimos al convoy del metro que parecía que sólo nos estaba
esperando a nosotros.
El conductor se asomó. En
ese momento no lo reconocí, pero su figura era muy característica, con
su bigote, frente amplia y su pelo lacio hacia atrás. Nos regaló una
sonrisa y se metió a su cabina. Sonó la chicharra que anuncia que las
puertas se van a cerrar. Nosotros tomamos asiento en ese vagón vacío.
Las puertas se cerraron. El convoy empezó a avanzar en reversa.
Por un instante sentí
temor de que fuéramos a chocar con el convoy que viniera en esta
dirección. Mis acompañantes parecieron entender mi temor y con su mirada
y sus gestos me dijeron que no había problema. El corazón de todos modos
me empezaba a latir cada vez más aprisa. Tan aprisa como la velocidad
que estaba tomando el metro, que de pronto dejó de circular por el túnel
y ya estaba sobre una vieja vía de ferrocarril a cielo abierto, pasando
entre los campos de magueyes, nopales y sembradíos de maíz y de caña de
azúcar.
Luego subimos a unas
cumbres muy altas donde hacía mucho frío y minutos más tarde, allá a lo
lejos, vimos el mar, y el tren avanzaba súper veloz hacia allá.
Por fin llegamos al
Puerto de Veracruz. Bajamos del tren, que ya no era el metro, sino uno
de esos trenes antiguos. El conductor, a quien seguí sin reconocer en
ese momento, se despidió de nosotros. Caray, yo a él ya lo había visto
antes, con ese bigote, su frente, su pelo lacio cayendo hacia atrás, sus
ojos melancólicos.
Bajamos del tren antiguo
y descubrimos que no sólo el tren era antiguo. Todo lo demás también.
Las calles, los pocos coches. Las personas que andaban con ropas que yo
sólo había visto en las películas mexicanas de los años cuarentas.
Caminamos por las calles,
entre la gente, que parecía que no nos veía.
De pronto, mis tres reyes
magos, se detuvieron y deliberaron. ¿Ir a tomar el barco de una vez o
no?
–Primero vamos al Café de
La Parroquia–escuché claramente decir a uno de ellos.
Y hacia allá nos fuimos,
al Café de La Parroquia, fundado en 1808 y que es una tradición en
Veracruz, y ahora ya en muchos otros lados también.
Pero acá en Veracruz era
muy especial, porque ahí en todas las mesas se hablaba de política. Por
eso supe que estábamos en los años en que Miguel Alemán Valdés era el
presidente de México, 1946 a 1952. Unos músicos tocaban canciones de
Agustín Lara.
Luego del café ya nos
fuimos a tomar el barco, que empezó a avanzar a toda velocidad.
No llevábamos mucho de
camino, cuando de pronto sentimos cómo el barco se movía como si hubiera
un temblor de tierra, pero temblor en el mar, que apenas ahora descubro
que eso se llama maremoto.
Pero no, no era ningún
maremoto, eran los submarinos alemanes que estaban atacando a los barcos
mexicanos.
Al nuestro no le dieron,
pero al que estaba cerca sí. El barco que iba con el nombre de Faja de
Oro, a ese sí lo hundieron.
Claro, estábamos viajando
atrás en el tiempo, y estos eran los días de la Segunda Guerra Mundial.
El presidente de México era el General Manuel Ávila Camacho, que le
declaró la guerra a Alemania, precisamente por haber hundido barcos
mexicanos.
Y así seguimos viajando
por el mar y en el tiempo. Vimos pasar junto a nosotros el barco llamado
“El Ypiranga”, que es donde viajó a Francia Porfirio Díaz, que había
sido Presidente de México muchas veces hasta que vino la Revolución.
También vimos un barco
que venía viajando hacia México, con Maximiliano y Carlota abordo. Uy,
se veían tan felices. Si supieran lo que les esperaba, a lo mejor ni
hubieran venido.
Y seguimos viajando por
el mar y por el tiempo, mil ochocientos, mil setecientos cincuenta, mil
setecientos. El barco estaba agarrando mucha velocidad y de pronto … ¡pas!
Llegamos a un lugar, que
luego descubrí que no era precisamente el lugar y el tiempo que yo
pensé. Sin embargo, esto hizo que esta historia que les cuento se
volviera tan singular
Cuando llegamos en el
barco a lo que parecía el final del trayecto, vi que mis tres reyes
magos se habían quedado dormidos y pensé que yo tal vez, podría
aventurarme y adelantarme y así encontrar rápidamente a Galileo.
Pensé que la Fortuna
estaba de mi lado, porque no tardé mucho en descubrir, allá a lo lejos,
en el campo, a un señor que observaba a través de un telescopio.
–Claro, ese debe ser
Galileo Galilei– pensé, y me le acerqué, y le dije:
–Buenos días, señor
Galileo, ya llegué.
Y este señor volteó y me
miró con extrañeza. Le expliqué lo de la carta que me había enviado.
Se me quedó mirando largo
rato, hasta que finalmente me dijo:
–Es que yo no soy
Galileo.
–Ah, caray. Y entonces,
¿quién es usted?
–Yo soy Newton y estamos
en Inglaterra, en el año de 1668. Ya para esta época Galileo ha muerto,
pues yo nací el mismo año en que él murió.
–¿Y entonces?– me
pregunté yo.
–¿En qué te puedo
ayudar?– me preguntó muy amable el señor Newton.
–Es que estoy buscando a
Galileo Galilei.
–A mí también me hubiera
gustado conocerlo de cerca – respondió el señor Newton.
–¿De veras?– le pregunté.
–Sí, claro.
–Pues entonces, venga,
vamos al barco, que ahí están mis tres reyes magos, que tienen la
encomienda de llevarme con Galileo Galilei.
–¿De veras?– preguntaba
ahora él.
–Sí, claro– respondí
ahora yo, que le mostré el camino y ambos llegamos al barco donde ya se
estaban despertando mis tres reyes magos, que en cuanto lo vieron, sólo
sonrieron, ni siquiera hubo saludos ni nada, el barco simplemente zarpó.
–¿A dónde vamos?–
preguntó el señor Newton.
–A Italia, por supuesto–
le contestaron al unísono, mis tres reyes magos.
Y lo que sucedió después
… ah, pues eso te lo contaré la próxima semana en el capítulo dos de
esta novela por entregas llamada “El Año Galileo”. Hasta entonces.
*puedes escuchar la versión radiofónica el sábado 17 de enero, a las 10
de la mañana, por
www.codigoradio.cultura.df.gob.mx
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