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EL AÑO GALILEO, capítulos anteriores

Novela por entregas, original de Miguel Ángel Tenorio

 

Miguel Ángel Tenorio

 

INSTANTÁNEAS DE LA CIUDAD:

ASÍ DE FUGAZ EL PARAÍSO

 

Entrevista

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   

 

Novela por entregas, original de Miguel Ángel Tenorio

 

El año galileo

cuarta parte

 

 

Como seguramente ya te acuerdas el cinco de enero a las doce del día inició esta aventura que te estoy contando, con mis tres reyes magos que me llevaron hacia atrás en el tiempo para encontrar, primero a Newton, luego al propio Galileo Galilei, y luego a Nicolás Copérnico, con quien ahora nos vamos. Año de 1473, ciudad de Torún, en Polonia, la ciudad donde nació precisamente Nicolás Copérnico.  Y allá vamos.

Nuestro tiempo y nuestro espacio volvieron a agitarse velozmente y pronto estuvimos frente a una gran casa, que podría parecer como una gran tienda, donde la gente entraba y salía en busca de mercancías. Luego entonces, pues sí, sí era una tienda.

–Y ahí estoy yo – dijo mi rey mago Nicolás, señalando a un niño de 10 años -. Y ése es mi papá.

Efectivamente, ahí, dentro de la tienda, el papá de Copérnico le estaba diciendo al niño Copérnico:

–Mira, hijo, todo esto que ves aquí, un día será tuyo.

–¿Ah, sí? – preguntaba el niño Copérnico, que parecía no entender muy bien a qué se refería su papá, con eso de que “todo esto un día será tuyo”.

–Sí, hijo – insistía el papá -. Todo esto, un día, será tuyo.

–¿Y tu barco, apá? – preguntó el niño Copérnico, que pensaba que el barco podía ser más interesante que las mercancías de la tienda, porque con el barco podría viajar y …

–La vida está en el comercio, hijo – dijo el papá de Copérnico -. El comercio es la vida, y yo quiero que tú, hijo mío, tú seas un comerciante como yo. ¿Cómo ves?

–Pues está bien – dijo el niño Copérnico, que lo dijo sin ningún entusiasmo, porque el comercio no era su vida. Sí, claro, veía que la gente iba y compraba y buscaba cosas en la tienda, pero en general a Nicolás, la vida de su papá, excepto por los viajes, le parecía una vida más o menos aburrida.

Claro que el día que le dijeron:

–Nicolás, Nicolás, Nicolás.

–Sí, voy – respondió el niño Nicolás.

–Nicolás, ven pronto a la casa, que tu papá acaba de fallecer.

–¿Mi papá? Mi papá … Mi papacito. ¿Por qué se fue a morir mi papá? Papá … ¡Papá! … Papá … Mi papá ya no está. Ya no está.

–Quién sabe de qué se había muerto mi papá – dijo entonces mi rey mago Nicolás, que se veía triste por el recuerdo de la muerte de su papá -.  Nunca me dijeron las causas. Tal vez de alguna enfermedad contraída en alguno de sus viajes. Quién sabe, porque yo nunca lo había visto enfermizo ni nada. Pero bueno, así es la vida. La muerte es parte de la vida. Y la muerte es “que todo sigue igual, pero sin el que ya murió”. La tienda siguió igual, pero ya sin mi papá. Y yo pensé que a lo mejor yo me iba a tener que hacer cargo de la tienda, pero aquí es donde entra en escena mi tío Fraustro, que era sacerdote. Pero no crean que era un sacerdote como muchos otros que hemos conocido a lo largo de la historia, no. Era un sacerdote muy especial. Él fue el que le dijo a mi madre:

–¿Qué, que, qué, qué? ¿Cómo que tú quieres que Nicolás se haga cargo de la tienda? No, estás loca.

–¿Pero es que, qué otra cosa puede hacer? – dijo mi madre.

–Nada, nada. Nicolás tiene 10 años, es tiempo para él de estudiar. Y ya luego, si de grande, se quiere dedicar a la tienda, pues que lo haga. Por lo pronto, a estudiar.

–Y mi tío Fraustro, hermano de mi mamá, me puso a estudiar. Me mandó a las mejores escuelas y en las tardes se ponía a estudiar conmigo. Como a él le encantaba andar ahí leyendo un libro y otro y anotando, pues yo creo que me contagió ese gusto por aprender. Y por eso yo, en lugar de ser comerciante como mi papá, terminé siendo un científico. Y eso sí, cuando yo cumplí mis 18 años me dijo:

–Pues ahora sí, mi buen Nicolás, llegó la hora de que te vayas a la Universidad. Y como ya soy Obispo, y pues, ni hablar, tengo mis influencias, pues te vamos a inscribir en la mejor universidad, en la de la ciudad de Cracovia.

–Cracovia – dijo mi rey mago Nicolás – en esa época, era la ciudad donde se reunían los científicos más avanzados de la época, y estábamos entrando a esa etapa de la historia que después se conocería como del Renacimiento. Por las calles se gritaba:

–¡Queremos libertad! ¡Queremos dignidad!

–Era una época – siguió diciendo mi rey mago Nicolás – en la que todos se negaban a creer en las cosas nada más porque sí. Querían saber. Querían encontrar las explicaciones para todo. Pero no sólo preguntaban por qué y por qué y por qué. Sino que más bien decían:

–¿Quieres saber por qué? Pues mira.

–Y entonces enseñaban el resultado de todas sus investigaciones. Todos querían investigar. Y yo, Copérnico,  estaba ahí, en medio de todo ese movimiento. Había unas ganas enormes de explorar, de irse de aventura. Y yo, a mis 23 años, dije: “Creo que esta ciudad de Cracovia, aunque sea la capital del conocimiento, esta ciudad ya me está quedando chiquita y yo quiero ver mundo”. Recuerdo que mis amigos me decían:

–¿A qué te vas? Aquí es donde está lo mero bueno. Aquí es donde está la onda. Aquí es “where the action is”. Aquí.

–Pero yo estaba en la necia y decía: “Yo quiero ver mundo”. Y me fui a Italia. Me metí a la Universidad de Padua para estudiar medicina.

“Qué chistoso”, pensé yo, “Galileo y Copérnico se parecen hasta en que estudiaron medicina los dos.”

–Y claro – prosiguió mi rey mago Nicolás - como yo venía del lugar que se consideraba el centro de la moda de los pensadores, pues todo mundo quería platicar conmigo. Me hice de muchos amigos y aproveché el tiempo para aprender muy bien el latín y el griego, que eran los idiomas importantes de aquella época. Y a los 30 años regresé a Polonia, dejando una gran cantidad de amigos en Italia.

–Y una gran cantidad de novias – dijo de pronto una muchacha italiana que irrumpió en nuestra conversación -. Cuando te fuiste, Nicolás, muchas te lloramos. Dijiste que volverías. Yo me quería casar contigo, Nicolás. Tú nunca me dijiste que no.

–Pero tampoco te dije que sí– repuso mi rey mago Nicolás.

–Ay, Nicolás, tu perdonarás– dijo la muchacha – pero ya que estoy aquí, no puedo irme si es que acaso un beso tuyo no recibo.

–Yo tampoco quisiera que te fueras así, Magdalena.

No soy Magdalena, soy Giuliana.

–Perdón, sé que sí fueron muchas las que yo conocí. Y a todas las quise. Y a ninguna, y eso que en nuestra profesión eso es más posible que en otras, a ninguna le prometí bajarle la luna y las estrellas.

–No, no, no, no– repuso Giuliana -, yo no estoy acusándote, Nicolás, tú eras … Él era, un gran conversador. Creo que a todas nos encantaba escucharlo hablar.

–Querida Giuliana, perdóname, tengo que seguir contando esta historia, pero esto no quiere decir que lo nuestro termine aquí. ¿No quisieras acompañarnos? Digo, si los demás no se molestan.

Mis otros dos reyes magos, Galileo y Newton, movieron la cabeza negativamente, y yo, por supuesto que no le iba a decir que no a Nicolás. Además, como que ya iba siendo tiempo de que apareciera al menos alguna mujer en esta aventura, ¿no creen?

–Y entonces– prosiguió mi rey mago Nicolás –nos quedamos en que regresé a Polonia y tuve que buscar trabajo. Por primera vez me di cuenta de que costaba mucho trabajo buscar trabajo. Pero, y aquí sí tengo que decir, que tal vez yo fui muy afortunado en mi vida. Cuando mi tío que ya era obispo, me vio que andaba sin trabajo, me dijo:

–Oye, sobrino, ¿y no quieres venir a trabajar conmigo?

–¿Y de qué, tío?

–De mi secretario.

–¿Y qué hay que hacer?

–No es mucho trabajo. Vas a tener que organizar mis citas con gentes importantes y tomar notas. Pero a cambio, te vas a ganar un buen sueldo y podrás seguir estudiando.

–“Pues órale, me late”, le dije a mi tío, y empecé a trabajar con él. Y la verdad es que me la pasaba muy bien. Tan bien me la pasaba que hasta me daba tiempo de andar metido en muchas cosas, como por ejemplo, cómo recuerdo aquella vez en que los comerciantes querían subir el precio de la leche y el pan. Los ricos, como siempre sucede, no tenían problema, porque podían seguir comprando al precio que fuera. Pero las grandes mayorías, como siempre, vieron que la cosa se ponía difícil. Y se organizaron manifestaciones y la gente salía a gritar por las calles: “¡Que se baje el precio del pan! ¡Que se baje el precio de la leche!” Y ahí andaba yo, en las manifestaciones, protestando. Recuerdo que mis amigos y mis familiares, que también eran ricos, todos me decían:

–¿Pero tú, para qué te metes?

–Y yo les respondía: “¿Cómo que para qué? Para que bajen los precios. Y déjenme decirles otra cosa: por culpa de gente como ustedes, que no quiere hacer nada, las cosas se pueden poner peor”. ¿Y saben qué pasó? Pues que ganamos. Logramos que al pan le pusieran un precio que todos podían pagar y los comerciantes prometieron que el precio no subiría, por lo menos, en mucho tiempo.

De pronto. y cuando más metidos estábamos escuchando la narración de mi rey mago Nicolás, se escuchó que alguien tocaba con violencia a la puerta. Mi rey mago Galileo fue el que se inquietó y fue hacia la puerta de ese lugar que en ese momento me di cuenta que era un pequeño cuarto.

–Señor Galileo– se escuchó una voz allá afuera –vengo a cobrar la renta. Ya son varios meses y no lo puedo seguir esperando.

–Discúlpeme, señor– respondió Galileo –pero es que no tengo dinero. He buscado y buscado, pero no encuentro.

Mi rey mago Newton nos dijo a los demás que estábamos ahí en el cuarto, que ahora supongo que era el de Galileo:

–Yo es algo que sí puedo decir de mi vida,  nunca tuve esos problemas de renta y demás, porque desde los 27 años fui profesor en la Universidad de Cambridge, en Inglaterra Daba clases de matemáticas y tenía mucho tiempo libre para estudiar cosas que me interesaban. Y la verdad es que me pagaban muy bien por dedicarme a lo que más me gustaba, las matemáticas. Por eso incluso debo decir, que nunca me preocupé por saber si en mi país había problemas económicos o no.

Yo de pronto veía a mis tres reyes magos que eran hombres con vidas tan distintas, aunque los tres tuvieran la misma profesión de científicos. Nicolás Copérnico andaba en las revueltas callejeras. Newton, por su parte, estudiando muy tranquilo. Y Galileo Galilei, luchando por sobrevivir.

–Si usted no me consigue el dinero para el fin de semana, lo voy a echar de la casa– sentenció el casero.

–¿Y de dónde quiere que lo saque? – respondíó Galileo -. A los maestros nos pagan muy poco.

–Pues usted ya está advertido– le dijo el casero, que se fue.

–¿Qué hacer?– se preguntó Galileo, que regresó cabizbajo a encontrarnos en la reunión, al tiempo que se seguía preguntando -. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer?

–A ver, a ver, a ver– lo interrumpieron Newton y Copérnico - ¿Qué, no nos contaste que habías solucionado tus problemas económicos vendiendo telescopios?

–Sí– respondió Galileo -, pero no crean que la historia fue así tan de inmediato como les dije al principio. Porque bueno, tuve que salir de casa de mis papás, porque ya no me podían mantener, encontré un pequeño lugar que lo empecé a pagar con lo que ganaba como profesor en la Universidad, pero con eso no me alcanzaba y siempre quedaba a deber. Y recuerdo aquella tarde, cuando el casero me amenazó. Me fui a pasear al campo con mi novia.

Y allá a lo lejos apareció la novia de Galileo y mi rey mago Galileo se acercó a ella, mientras nos seguía contando:

–Me llevé mi primer telescopio que había hecho. Con él nada más se veían un poco más grandes las estrellas. Y cuando me fui al campo a pasear con mi novia, yo sí le pude decir de a de veras: “Mira, con esto sí que te bajo la luna y las estrellas”. Pero recuerdo que ella tomó el telescopio y vio que sí, que se veían más grandes, pero luego me dijo:

–¿Éste es todo el chiste?

–Pues sí, ¿te parece poco?

–La verdad, la verdad, sí.

–A mí se me cayó el mundo esa noche. Regresé a casa desilusionado con ella, desmoralizado con todo. Busqué algo de comer y no había. Pensé en que además de la renta que debía, le debía también al de la tienda. Y luego me dije: “Y en la Universidad estoy dando clases, enseñando algo con lo que no estoy de acuerdo”. Me sentía completamente en el suelo y pensé que tal vez la única posibilidad que me quedaba era la de irme de ahí. Lo platiqué con algunos amigos, que me dijeron que iban a tratar de ayudarme. Y no me queda la menor duda de que mis amigos hicieron todo lo posible por ayudarme, pero la oportunidad no se presentó. El que sí se presentó fue el casero:

–¿Qué pasó, señor Galileo? ¿Ya?

–No, señor casero, todavía no.

–Y ahora con el paso del tiempo, pienso en Copérnico, pienso en que me hubiera gustado ser como él y haber tenido la capacidad para organizar a la gente y protestar contra las injusticias. Pero pues en mi tiempo, como que la gente sí se quejaba, pero a la hora de intentar hacer algo, nadie podía. “Tan mal, tan mal no estamos”, decían algunos. Otros decían: “Por lo menos podemos sobrevivir”. Y hubo todavía algunos otros que hasta decían: “Date de santos que las cosas no se han puesto peor como en otros países”. No, pues sí, gran consuelo. Y entonces, no sé por qué, tal vez ya como un acto de desesperación, fue que le dije al casero: “Mire señor, no tengo nada, y lo único que le puedo ofrecer a cambio de lo que le debo, es este telescopio que yo hice con mis propias manos”. Y él, primero me hizo un gesto como de “¿qué me está diciendo? Y luego me dijo:

–No, no, no, no, no. ¿A mí de qué me sirve esa cosa? Con eso yo no como.

–No, pues eso lo sé perfectamente, señor, pero de veras, no tengo nada más.

–Bueno, a ver, déjeme verlo … Mh. ¡Mh! ¿Mh? ¡Mh! Mh. Está bien, vamos a hacer lo siguiente. Usted me da su telescopio, con esto borrón y cuenta nueva. Pero le advierto que no le voy a aceptar una siguiente vez que me salga con que me va a pagar con estas cosas. ¿De acuerdo?

–De acuerdo– le respondí, al tiempo que lo veía cómo se iba con ese primer telescopio que yo mismo había fabricado.

Y lo que sucedió después, pues eso te lo contaré en el quinto capítulo de esta historia que se llama EL AÑO  GALILEO.

 

 

*sábados a las 10 de la mañana, por www.codigoradio.cultura.df.gob.mx

   

 

 

 

 

 

 

   

 

 

 

 

 

 

   

 

 

 

 

 

 

   

 

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