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Tulancingo, Hidalgo, México

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EL CERRO DEL TEZONTLE

 

 

 

Tezontle

por Cristina de la Concha

 

 

No es que la muerte fuera un rito para sus moradores, ni que la festejaran o la consideraran siquiera. No, simplemente la muerte estaba allí, a la vista, presente, constante en el tiempo. Destacaba desde kilómetros antes de alcanzar la entrada de la población, se divisaba gris, en ese tono del paisaje lejano, ese tono que a la distancia adquieren las montañas, sin orillas en ese color confuso, fundido con el cielo. Se divisaba como un manto acogedor, un manto oscuro en el borde, color resistente a la intemperie, manto rojizo en su interior, rojizo como la calidez, un manto que protege como una madre que extiende los brazos hacia sus hijos. Se levantaba imponente en aquellos tiempos en el respaldo de la ciudad y la miraban como sin ver desde las calles, en el parque del centro, en el mercado. Se sentía su presencia donde quiera que estuvieran. Por La Floresta, los paseantes percibían su sombra mientras que, la Catedral, en sus enormes columnas de cantera, le daba la espalda quizás en un esfuerzo por ocultarla en esos domingos bulliciosos, en jueves de mercaderes o en martes solitarios. Pocas eran las ocasiones en que se oía hablar de ella, en voz baja y con pésame, cuando se recordaba a alguno de sus hijos perecido a sus pies, porque era una muerte ignorada, los habitantes vivían con ella desde siempre, acostumbrados a ella, pero sin mencionarla, tal vez negándose a crear un culto que provocara más muertes, o quizás para no invocarla. Lo cierto es que muchos habían llegado hasta allá para lanzarse desde su cúspide y caer por las leyes de la física rebasando cincuenta y cuatro metros de tezontle a la velocidad de su peso y arribar al suelo, esperando que la caída los liberara de sus penas o de sus deudas, o esperando que los últimos instantes de vida fueran el calvario suficiente que purgara las culpas, o esperando que la madre tierra erigida en un cerro les cuidara la muerte y les diera la paz, al menos terminara con el dolor de la carne y de la mente. Promesa de protección y alivio del Cerro del Tezontle, promesa alimentada como en un secreto, un hechizo que atraía hacia él y como en un hechizo se quedaba el cumplimiento, suspendido o consumado pero de nadie conocido.

 

 

Vista desde el campanario de la Catedral.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gilberto Izurieta, el "Gilo", fotografía.

 

 

 

 

     

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