|
|
Cronicajuatenses
por Pterocles Arenarius
El Festival Internacional
Cervantino empeñado en su vocación callejera
Es el último día del Festival
Internacional Cervantino. La asistencia rebasó el número del año pasado.
La huracanadas turbamultas pueblan la pequeña ciudad y la convierten en
un hervidero, es una erupción inacabable; la gente, en su gran mayoría
jóvenes, pareciera ir y venir sin fatiga, como si hubieran aparecido
cien mil extraviados de pronto en Guanajuato. Y eso no es lo peor, sino
el hecho de que un alto porcentaje (¿el 60, el 70?) de ellos se
encuentra en un voluntario y más que bien logrado estado etílico. Y más
aun, no pocos se alcoholizan con singular entusiasmo en la vía pública.
Miles de personas embriagadas recorren la ciudad y no
muchas de ellas cuentan con los medios económicos para pasar el tiempo
con decoro en la ciudad. No hay duda de que muchos de ellos carecen de
dinero incluso para regresar al lugar de donde llegaron, pues duermen al
amparo de los muretes de las fuentes en las plazas y en las bancas de
los jardines debajo de prolijas mantas y al abrazo de la pareja hetero u
homosexual, después de beber cerveza por lapsos de diez a doce horas sin
parar y comer sardinas de diez pesos y bolillos de dos.
Esos muchachos se mean en los callejones, se cagan en los
rinconetes, se embriagan en las calles y hacen cualquier “gracia” –desde
tocar guitarra, tambores, “actuar”, vender besos, hacer trencitas,
dibujar, pintar escenas planetarias con pinturas de espray, ejecutar
acrobacias o los intentos en el baile conocido como breakdance o
de plano, las muchachas bonitas, “talonear”, es decir, pedir dinero a
cambio tan sólo de una sonrisa coqueta; muchos de tales servicios sin
exceso de talento, aunque otros, sorpresivamente, son verdaderos
artistas–, lo que sea para obtener moneda tras moneda de la gente que sí
ostenta poder adquisitivo.
Los hoteles, de cualquier manera, están a tope, incluso
los lugares que en realidad son casas habitación y que brindan
alojamiento pirata y hasta los hostales para estudiantes. Casa llena.
Del público asistente al Cervantino, sin duda la mayoría tiene el dinero
para permanecer aunque sea un tanto precariamente en la ciudad y una
minoría que no deja de ser considerable, estaría totalmente desamparada
si no se las arreglara para sacarle el dinero de alguna manera a los que
sí lo tienen. El gasolinazo y la inflación esperada para enero no
importan.
Además del Festival Internacional Cervantino (FIC)
oficial, ocurre otro no totalmente artístico, pero sí, sin duda, mucho
más vital que aquél. Al festival que no es oficial tendríamos que
llamarlo el FIC callejero. Este no asiste a los lujosos (y relativamente
caros) teatros que presentan los espectáculos del FIC oficial y tiene
como eje de actividad la embriaguez, principalmente de dos tipos: la
alcohólica y la mariguana. Esto a pesar de que desde hace tres o cuatro
años las autoridades panistas han hecho traer a la Policía Federal
Preventiva (PFP) a reprimir a los asistentes al Cervantino (y este año
actuaron disfrazados de civiles para espiar –traicioneramente– a los que
violen los reglamentos). Lo cual, a pesar de todo, ante las ingentes
masas que arriban al festival, suele resultar al menos inoperante, si no
es que completamente inocuo: de un millón de visitantes durante las tres
semanas, son detenidos unos 400 por semana, mil 200 en total, debido a
que cometieron faltas administrativas. El número de detenidos es mínimo
con respecto a los visitantes y también con respecto de los que cometen
las mencionadas faltas administrativas –que van desde realizar las
deyecciones fisiológicas en vía pública, beber en tránsito, pelear a
golpes e incluso fornicar en descampado– son un número mucho más grande
que los detenidos.
La capacidad hotelera de la ciudad, por supuesto, no
llega ni al diez por ciento del total de visitantes que en algún momento
de las tres semanas de festival se encuentran en Guanajuato. La ciudad
es una fiesta multitudinaria y los excesos de toda índole no dejan de
presentarse, como en cualquier fiesta y el festival se empeña en
volcarse a las calles. Su vocación es callejera, de hecho siempre lo ha
sido.
Una peculiaridad de este XXXV FIC fue que el país
invitado, China, potencia económica emergente como ninguna, podemos
decir que desairó nuestro festival. Sólo hubo seis, se leyó bien, seis
grupos de China. ¿Con seis grupos se representa el arte de la cuarta
parte de la humanidad que son los chinos? China, sin duda, son muchas
Chinas y seis grupos nos dieron, por más que fueron formidables
espectáculos, una minúscula visión de ese país descomunal.
La asistencia a los grandes eventos culturales de la gran
variedad de países que asistieron no es masiva. Lo cierto es que los
teatros raramente se llenan y eso que hay un buen número de boletos que
se otorgan como cortesía, más los reporteros y fotógrafos que no dejan
de ser un buen número. ¡Pero las calles de Guanajuato están atestadas,
al grado que el tráfico vehicular se cierra y no es posible caminar
libremente por el centro de la ciudad!
El Festival Internacional Cervantino tiene vocación
callejera. A pesar de que no sólo no hay apoyo para los grupos
callejeros y, más aun, se desalienta su presentación pues se les cobra
doble derecho de piso que en época normal. Lo cierto es que a pesar de
todo, hay músicos, mimos, payasos, teatreros, acróbatas, malabaristas,
bailarines y hasta merolicos, por supuesto. Y la gente les hace rueda
tanto que a los artistas o seudoartistas, les conviene, puesto que cada
año aquí están.
Los problemas son los de siempre: las molestias que causa
la congestión de las calles por tanta gente, las que provocan muchachos
embriagados, cantando, gritando, bailando y luego durmiendo en las
calles y el meadero interminable que baja por los callejones, producto
de miles de cervezas que han circulado por los organismos de aquellos
jóvenes.
Quizá debieran las autoridades –pero no lo esperamos de
gobiernos estatal y municipal panistas– elevar la calidad del Cervantino
paralelo, el callejero. De acuerdo, desalentar, incluso reprimir (sin
violencia) la ingestión alcohólica y la insuflación mariguanesca, pero
contratar grupos profesionales que actuaran en las calles y plazas.
Y es que para los habitantes comunes y corrientes de
Guanajuato, el FIC es más bien un conjunto de molestias e invasiones de
su ciudad. El pueblo raso poco disfruta de los “grandiosos eventos de
alta cultura” durante el Cervantino. Su ventaja es que los visitantes,
aunque beban cerveza en la calle, aunque duerman en las plazas y
jardines, aunque coman poco y traten de ganar dinero aquí mismo, sí
realizan una sensible derrama de billetes en la ciudad.
Las élites guanajuatenses se afanan en ser vistos
–politiquillos, caciques que tienen detentando el poder municipal
degeneración en degeneración, a través de un partido o del otro–, están
siempre ávidos que la “gente de su clase” los note en el mejor evento en
el Teatro Juárez, of course, aunque, como las lumpenburguesías de
todas partes, no sepan ni a qué fueron al teatro ni de qué se trató,
pero sí saludaron a los compadres, aliados, secuaces y cómplices.
Pero aún más, Guanajuato es un pueblito que sin duda
estaría olvidado si no fuera por el FIC. Muchas ciudades del estado de
Guanajuato son más importantes demográfica y económicamente que la
capital, pero ninguna puede jactarse de un festival semejante ni del
movimiento cultural que éste genera ni del cosmopolitismo que ha
adquirido Guanajuato capital gracias al Festival Internacional
Cervantino anualmente realizado.
Finalmente un permanente reclamo al FIC es su
desequilibrio en el sentido de que se presentan actos culturales en las
diversas disciplinas artísticas: música, danza, teatro, cine, artes
plásticas, pero, como siempre, el FIC está huérfano de literatura,
aunque se haga también anualmente, aunque en otra época del año, un
Coloquio Cervantino que generalmente transcurre con un poquito más de
pena que gloria. |
|
|